La culpa y el perdón

Esto va de culpa y de perdón. Como el tránsito escabroso del ser humano. Como el argumentario de toda ideología espiritual, como aquello que nos estruja el alma, allá donde esté. No me gusta el sentimiento de culpabilidad porque, habitualmente, lo sufre quien no lo merece. Nunca he visto a un tirano, a un gobernante déspota ni a un ser humano mezquino sentirse culpables del daño que hayan podido ocasionar a su alrededor. Sin embargo, las consultas de los psicólogos están llenas de buenas personas que se sienten culpables, responsables de un daño accidental, de una palabra inapelable y definitiva, de su actuación en el siempre desconcertante devenir de los acontecimientos.

Y sí me gusta el perdón. Creo que cuando alguien lo verbaliza se hace más fuerte en su humanidad. No solo es el reconocimiento del error ya que la disculpa no está directamente relacionada con la mentira o la equivocación. A veces la certeza hiere de un modo tan cruel e innecesario que merece un perdón. Pero del mismo modo defiendo nuestra competencia para no perdonar. Dotar al perdón de un valor en sí mismo también hace que podamos distinguir entre aquellas personas y aquellos hechos que lo merecen. Convertir el perdón en una filosofía de resolución de conflictos, como la tradición hawaiana del Hoponopono, me parece una banalización. No todo se soluciona con un perdón. Eso bastará para quienes creen que así tendrán un espacio en el cielo. Creo en la responsabilidad y en sus consecuencias. Y en ese orden de cosas, el perdón es solo un trámite cortés. No es lo mismo pedirle perdón a un amigo por un error cometido que conformarse con pedir perdón por haber llevado a cientos de familias a la ruina o por bombardear un hospital.

“Y toda esta introducción, ¿para qué?”, se preguntarán ustedes. Pues para hablarles de Dani Rovira y Clara Lago. Soy así. Me pongo intenso escribiendo de la cultura pop. Una contradicción en sí misma. Ya tendrán ustedes todos los datos sobre las declaraciones que los protagonistas de Ocho apellidos vascos y su secuela catalana hicieron en el programa de televisión El Hormiguero hablando sobre el ‘acoso’ de los fans. Ellos, en el tono guasón del programa, comentaron que salir juntos a la calle a pasear era “un coñazo”, que se sentían muy observados y bromeaban, con algo de mala leche, sobre la pesadilla de los selfies y las cámaras de los móviles. Inmediatamente, la reacción de los fans –y de otros muchos defensores de causas ajenas que, con seguridad, les importaba un pimiento el tándem Rovira y Lago- se reflejó en las redes sociales. “Esos que os piden fotos son los que os dan de comer todos los días”, “si no quieres que te hagan fotos no seas mainstream”, “hacerse una foto con tus fans no pero que se gasten 10 euros en ver tu peli, sí; para eso no molestamos”, fueron algunas de las muchas quejas de los seguidores de la pareja. Tal fue el impacto de esas declaraciones que la actriz acabó pidiendo perdón.

No discuto la idea de que un artista se convierte en famoso por la cantidad de personas que le conocen, no por la calidad de su trabajo. Esa popularidad es la que no solo le permite obtener más trabajos sino también portadas de publicaciones a las que, de otro modo, no podría acceder y toda una serie de pequeños privilegios que van encadenados a la fama. Sí, un actor, una presentadora de televisión o un cantante cotiza, en el mercado del entretenimiento, de una manera proporcional a su número de seguidores.

Dicho eso, puedo entender las razones que han llevado a Clara Lago a disculparse pero de ninguna manera creo que deba sentirse culpable por manifestar un sentimiento que padece la inmensa mayoría de las personas que se dedican a una profesión con reconocimiento público. Esa especie de usufructo que el fan cree tener sobre su objeto de deseo es, en muchas ocasiones, invasivo, incontrolable y, a veces, hasta grosero. Ser actor, o presentadora de televisión, o cantante, o alcaldesa, no significa que el fan disponga de un privilegio para hacer con ellos lo que quiera. Ese karma que argumenta que como eres famoso te aguantas es tan peligroso como asumir que se puede tratar mal a una persona por el mero hecho de su profesión o estatus social. Por supuesto que es una profesión directamente vinculada a lo público, a la relación con los seguidores a los que les gusta tu trabajo, pero eso no significa que no exista un código de conducta entre ambos. He visto a fans aporrear el portero automático de la casa de una cantante, molestando a los vecinos, pidiéndole que se asomara al balcón. He visto fans agarrando del brazo a actores, separándoles violentamente del grupo en el que estaban hablando, para que se hicieran una foto. He visto fans interrumpiendo en siete momentos un almuerzo en un restaurante. He visto a fans exigir al personaje que se retrate con ellos. Hasta he visto personas entrar en aseos públicos pidiendo una foto a un actor porque un amigo suyo le había contado que salía en la tele.

La admiración no está ligada con la mala educación. No estoy generalizando. Simplemente intento matizar que ni Lago y Rovira hablaban de todos los fans y que no todos los fans son ejemplares. Pensar que va en el sueldo tragar con la mala educación y los abusos es tener una visión deplorable de las relaciones humanas. Son ya muchos los personajes públicos a los que he visto pedir perdón por reclamar intimidad, respeto, sentido común a sus seguidores. Solicitar lo mismo a la otra parte del binomio parece un despropósito. Será que del otro lado está la masa, seres humanos anónimos a los que no se les puede exigir respeto y mesura porque, como el directivo que te amenaza con el despido si no haces lo que te pide, te advierten que pueden dejar de comprar tu disco o ver tu película. Tal vez vaya llegando el momento de repartir la culpa para trabajar mejor el perdón.

Dani-Rovira-en-la-gala-de-los-Goya-2014-junto-a-Clara-Lago

 

 

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