Occidente

La opinión pública ya no se nutre de editoriales prestigiosos, ni con la firma de intelectuales de renombre. Ahora la opinión pública se genera en estados de Facebook y tuits. Un bazar en el que demostrar quién es el más honesto, el más informado, el más comprometido, el ciudadano ejemplar. Convertimos todo en una competición. Es así. Esta es nuestra civilización.

Tras los atentados yihadistas en París, cuando aún no lográbamos salir de nuestro estupor, cuando aún el horror nos impedía articular un argumento válido, asistí a la materialización de eso que algunos ya definen como ‘falsa izquierda’ que, en un uso indecente de la actualidad, se atreve a juzgar al peso el dolor por la muerte de más de un centenar de ciudadanos en París frente al sentido hacia las víctimas del atentado en Beirut de un día antes. Ese pensamiento ya es una ofensa. Primero, porque se sacan conclusiones erróneas sobre un principio periodístico básico: el impacto de una tragedia es mayor cuanto más cerca nos pilla. Es así y valorarlo con esa frase de “muertos de segunda” es miserable. Y segundo, porque vivimos unos tiempos muy ingratos para dar lecciones de coherencia. Y más cuando la realidad tiene tantas aristas. Ninguno de aquellos que afearon el comportamiento de las personas que mostraban su dolor por la tragedia de París supieron reaccionar cuando, cinco días después, morían treinta y dos personas y ochenta resultabas heridas en un mercado de la ciudad nigeriana de Yola tras un atentado integrista de Boko Haram. Son los mismos que juzgan las largas colas de Primark para comprar prendas confeccionadas en países con condiciones de trabajo indignas mientras tuitean con un iPhone 6 que fabrican en China con jornadas intensivas de dieciocho días seguidos, sin días libres. Son tiempos difíciles para dar lecciones de coherencia.

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Esa ‘falsa izquierda’ despliega un argumentario que la hace sentirse más respaldada cuanto más se ataca a Occidente: la culpa del yihadismo es nuestra, somos unos hipócritas, ellos nos matan porque nosotros los bombardeamos, es Occidente quien financia al Estado Islámico,… Se demoniza Occidente y, aunque no le reste valor a esa crítica, creo que se nos olvida algo. Nosotros somos Occidente también y no somos responsables de las atrocidades que cometan nuestros gobiernos. De hecho, me siento afortunado por ser consecuencia de siglos de filosofía, cultura y pensamiento libre y luminoso, que es el oxígeno de nuestra razón. Y eso también es Occidente.

Amo Occidente. Porque Occidente me permite enfrentarme a Occidente, cuestionarlo, rebatirlo, criticarlo, desvelarlo, acusarlo, modificarlo, con la misma entrega con la que puedo admirarlo, idealizarlo, disfrutarlo, asimilarlo, vivirlo. Los fundamentalismos son la muerte de la razón, del pensamiento, de la libertad; en definitiva, del ser humano. Ningún sirio puede escribir contra Daesh, ni manifestarse frente a su sede, ni combatirlo democráticamente porque es asesinado sin pudor ni excusa. Pero para la ‘falsa izquierda’ ese argumento te convierte en una persona que quiere cerrar las fronteras a los refugiados sirios; a un defensor de la guerra, de los bombardeos, del ojo por ojo; en un irresponsable que fomenta el odio al musulmán; en un hipócrita que prefiere no conocer quién financia al Estado Islámico. Y te invade la desolación.

Nadie es más crítico con Occidente que Occidente. Ese es nuestro valor como ciudadanía. Por eso me parece malintencionado ese grito que culpabiliza totalmente a Occidente del veneno del fundamentalismo yihadista. Un kalashnikov no se dispara solo. Es el fundamentalismo el que aprieta el gatillo. El pensamiento no se financia. Por eso creo que deberíamos ser una voz única y robusta contra el oscurantismo y estar analizando las razones por las cuales el ser humano sigue siendo susceptible al fundamentalismo. No olvidemos que armado es más aterrador y efectivo pero no peor. El yihadismo ha matado mujeres a pedradas, ha lanzado homosexuales desde azoteas y cortado cuellos con cristales de las ventanas. Hay una responsabilidad en quien los ha armado, desde luego, pero el mal es algo mucho más complejo.

Vivimos en Occidente. Gracias a nuestra cultura y educación occidental podemos y hemos aprendido a criticar y denunciar las salvajadas cometidas por nuestros gobiernos. Hemos combatido nuestros propios intentos de sumirnos en la oscuridad (inquisición, nazismo) y seguimos haciéndolo. Sabemos de lo que hablamos. Tenemos acceso a la información. Algo que un musulmán sometido hoy por el Estado Islámico no tiene. A ellos solo les damos la opción de huir. Sabemos quién financia al Estado Islámico mejor de lo que posiblemente sepa un ciudadano sirio. Conocemos los errores en la política internacional estadounidense, los intereses económicos y cómo afectan a las relaciones internacionales, nos rebelamos contra aquellos que abogan por combatir el terrorismo rodeándolo de más víctimas inocentes, advertimos cómo la crisis ha sido el caldo de cultivo que ha permitido captar jóvenes europeos sin presente ni futuro que a veces se unen por despecho, por rabia, contra un sistema que no ha podido, sabido o querido buscarles un lugar. No hay ideología para la marginación y de eso se aprovecha el fundamentalismo, ya sea yihadista, de Amanecer Dorado o del Frente Nacional francés: del deseo de venganza contra un país, contra una sociedad, que te han hecho sentir un ciudadano de segunda.

Todo eso lo sabemos porque somos el resultado de siglos de cultura occidental. Porque hemos crecido en la ilustración, el análisis, el debate y la reflexión. Porque hemos luchado contra nuestra propia oscuridad y hemos visto la luz. Occidente no es George Bush, ni Aznar, ni Blair. Ellos no tienen esa autoridad. No en nuestro nombre. No somos responsables del mal que ellos pudieran consentir y sí somos víctimas. Y culpabilizar a Occidente es culpabilizarnos a nosotros. Repito, yo no tengo nada que ver con esos señores, no me representan. Pero tampoco me representa esa ‘falsa izquierda’ para la que la vida son polos opuestos donde no hay cabida para un discurso matizable. Para ellos, hay asuntos en los que una mentalidad progresista tiene que tener una postura clara. Por ejemplo, en el caso del Sáhara o en el enfrentamiento Israel-Palestina. Para esa ‘falsa izquierda’ hay que defender la causa saharaui o palestina aunque se vulneren los derechos humanos. Y aunque estoy más cerca de esas dos causas que de sus contrarios, es cierto que si se vulneran los derechos humanos, si se mata y asesina, estamos ante una realidad que te impide posicionarte sin matices. Y cuidado con los argumentos empleados que podemos acabar justificando la venganza y ese sentimiento es peligroso porque se retroalimenta. Algo parecido sucede cuando subimos al ring mediático a Oriente y Occidente. Y no me siento cómodo en esa polarización interesada. Los ciudadanos no merecemos la satanización de nuestras culturas, orientales u occidentales, y sí deberíamos saltarnos cualquier frontera para combatir, con ilustración, con cultura, con pensamiento libre, cualquier indicio de radicalismo.

Aunque Occidente sea el lugar donde siempre se pondrá el sol, no debemos dejar de trabajar a favor de la luz.

¡No a la guerra!

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