Edredoning

Me temo –y el temor aquí está fundado- que la política que vemos y nos cuentan, que debatimos en nuestras sobremesas, que criticamos o elogiamos en las redes sociales, esa política que creemos conocer, es tan solo la punta del iceberg. Lo determinante es lo que no vemos. Algunos distinguen en eso el verdadero encanto de la política. Y lo sorprendente es que algo de atractivo debe tener ese universo de codicia, privilegios y poder cuando se es capaz de cualquier cosa por mantenerse en él. Si no fuese así no llevaríamos tres años aplaudiendo los guiones de House of cards. Ya lo dijo Frank Underwood: “No somos nada más ni nada menos que lo que escogemos revelar de nosotros”.

Llevo cuatro años, más temporadas que la serie escrita por Beau Willimon, pensando que aquella visión elitista y -¿por qué no?- admirable de la política, esa metáfora de los fontaneros, esos individuos que a la sombra de un presidente marcaban las estrategias y acumulaban información ‘sensible’, ese espíritu del Ala oeste de la Casa Blanca, ha dado paso a una colección interesada de concursantes de un manido reality con más ambición que principios. Si en la serie protagonizada por Kevin Spacey, Washington es algo parecido a un pozo negro habitado por ratas hambrientas de poder, en España tenemos una clase política encerrada en una casa, con cámaras las veinticuatro horas, dispuesta a enzarzarse en discusiones eternas hasta la crispación o a compartir cama y edredoning a modo de estrategia. En el fondo, son dos caras de la misma intención; dos maneras de protagonizar la historia: una exquisita y maquiavélica, y otra burda pero igual de maquiavélica.

“Hay muchas cosas sagradas a las que les tengo respeto. Las reglas no están entre ellas”, dice el personaje de Frank Underwood, congresista estadounidense con la mirada puesta en la Casa Blanca. Y me he acordado de Catalunya. No en su integridad pero sí en el propósito de algunos de sus representantes. Llevo una semana tratando de comprender las razones que llevan a un grupo de políticos a burlarse de sus conciudadanos y de la ley. Y todas me llevan a House of cards. “La democracia está sobrevalorada”, dice Underwood. Tal vez la Generalitat piense lo mismo.

Tras defender hasta la afonía el derecho de autodeterminación de un pueblo, ver con buenos ojos la convocatoria de un referéndum, creer en el debate y el diálogo por encima de la tozudez y el rodillo, criticar la sinrazón de un nacionalismo español como argumento para impugnar un nacionalismo catalán, me siento profundamente decepcionado ante el curso de unos acontecimientos que ni siquiera me parecen dignos de una gran serie y los veo más en la línea de un reality efectista y vulgar. Si partimos de la base de que los partidos con espíritu independentista confundieron –seguros de su confusión- las elecciones autonómicas del 27-S con un referéndum a favor de la secesión, ya podríamos aventurar la salida de tono. Pero venga, vale, aceptamos pulpo como animal de compañía. Pero lo que resulta difícil de aceptar, sin cuestionarse algunos principios fundamentales, es que el 47,8 por ciento de los votos –no la mayoría- decidan el futuro de toda una población. El pasado lunes, el Parlament de Catalunya inició el proceso hacia la independencia. Setenta y dos votos frente a sesenta y tres. Nueve votos sirvieron para alterar la decisión del pueblo catalán. Supongo que si la legitimidad está en la mayoría parlamentaria, aunque sea por nueve votos, ¿dónde queda la decisión del 53 por ciento restante de catalanes? Eso me recuerda lo que ha hecho el PP durante estos cuatro años: lograr que una minoría de ciudadanos –que las leyes electorales convierten en una mayoría parlamentaria- decidan las políticas que hemos padecido los demás. Será que no hay tanta diferencia entre la forma de actuar del PP y la de Junts pel Sí y CUP. Quizá por eso ha sido imposible el diálogo.

“No existe la justicia. Solo partes satisfechas”, dice Underwood. Desde la Generalitat se deja claro que no obedecer también es una opción. Bueno es saberlo. Se sigue considerando válido el texto aprobado por la mayoría del Parlament que ya refleja la desobediencia al Constitucional. O sea, como si el PP, abusando de su mayoría parlamentaria, decidiese no respetar la sentencia del Tribunal Constitucional respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo. ¿Nos hubiese parecido aceptable? Aún no alcanzo a comprender cómo algo lícito y razonable como reclamar un referéndum puede convertirse en un abuso de poder y una burla a la democracia; cómo puede convertirse un derecho en despotismo; cómo hacer que el espíritu de Berlusconi o Chávez entre en el parlamento catalán; cómo dejar de interpretar una buena serie para pasar a protagonizar una escena de edredoning con los deseos de democracia y libertad de tus ciudadanos.

Pero como nunca he sacado nada instructivo de Gran Hermano y sí mucho de la ficción televisiva estadounidense, voy a terminar con una frase de ese ya mítico personaje que es Frank Underwood y que me hace pensar en Artur Mas. “Lo que un mártir anhela más que nada es una espada en la que caer. Así que afilas la espada, la mantienes en el ángulo correcto y entonces 3, 2, 1…”

artur-mas[1]

  1. Gran artículo como siempre.
    Siguiendo con el juego, igual resulta que estamos ante una de esas series con giros tremendos en la que al final descubrimos que esto es una mascarada tramada entre políticos de las dos derechas(española y catalana) para reforzarse mutuamente. Por lo pronto, mucho me temo que toda la actuación de esta última semana en el Parlament catalán ha servido para darle mucho oxígeno a un Rajoy que andaba tambaleándose sin nada muy sólido a lo que agarrarse y que emerge como firme capitán de una coalición antiindependentista en la que PSOE y C´s tienen un papel de secundarios digno de Michael Ironside…
    Para descubrir cómo Rajoy le devuelve el favor a Artur Mas me temo tendremos que esperara a la próxima temporada (después del 20D)

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