La política del miedo

No me gusta que me asusten. Ni siquiera cuando hay razones para sentir temor. Prefiero la pedagogía a la disciplina. De ahí que aplauda antes la prudencia que la coacción. Y no, no estoy hablando de Halloween aunque me venga al pelo recordar que algunos llevamos media vida optando entre susto o trato.

El miedo es lo que divide el mundo. Podría parecer a primera vista que la categorización más acertada es la de ‘ricos’ y ‘pobres’ para que todo parezca, simplemente, una cuestión de dinero. Pero no. Es una cuestión de poder y la mejor herramienta del poderoso, desde el origen de los tiempos, nunca fue económica; fue la escalofriante capacidad de infundir temor. El planeta se polariza desde el miedo –miedo a perder el trabajo, miedo al desahucio, miedo a estar solo, miedo a la velocidad, miedo a la violencia, miedo al fracaso, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte,…- y son los gobiernos poderosos, las grandes corporaciones, las religiones y los grupos armados quienes gestionan mejor que nadie nuestros miedos para convertirlos en nuestras argollas.

Se llegó a admitir la legalidad de una guerra porque se vendió como “la guerra contra el terror”, dando a entender que solo infundiendo pánico podemos aplacar nuestro espanto. Aceptamos que es una respuesta al peligro sin cuestionar el peligro. Nadie parece estar trabajando en desvanecer el temor, en desarmarlo, en construir la paz no desde la ‘no violencia’ sino desde la ausencia de miedo. No quiero con esto dar a entender que seríamos más felices si nos extirparan la capacidad de sentir temor. Eso es tan ilógico como desear no volver a amar después de sufrir un fracaso sentimental. El miedo, como el amor, es una construcción cultural y no siempre es saludable, por mucho que nos quieran hacer creer que desencadena un mecanismo de defensa para responder a la adversidad. A veces, lo único que provoca es cobardía.

El poder trabaja con nuestro miedo. De hecho, la incómoda sensación de intranquilidad que precede al pánico es un rasgo que los coach de los grandes emprendedores inculcan en sus alumnos. Robin Sharma, el experto en liderazgo y desarrollo personal, publicó hace años El monje que vendió su Ferrari, que no es otra cosa que un libro de autoayuda para triunfadores disfrazado de fábula espiritual. El típico tiburón de los negocios que un buen día, tras un infarto, viaja al Himalaya y cambia su manera de vivir. Pues bien, Robin Sharma, por poner un ejemplo, explica en sus conferencias a grandes empresarios que no les van a pagar esas cantidades indecentes de dinero por trabajar; les van a pagar ese dineral por estar asustados. Él explica que los negocios se destruyen cuando el empresario entra en la zona de confort. Se vuelve adicto a la distracción y eso marca el principio de su fracaso. Un triunfador siempre debe estar incómodo porque “si quieres ser mejor que los demás no puedes vivir como los demás”. ¿No les resulta aterrador? Si el poder emplea de tal manera su miedo, ¿qué no será capaz de hacer con el nuestro?

Aún no he llegado a comprender las razones que han impulsado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a anunciar que las carnes procesadas y rojas provocan cáncer. Temo más a las personas o instituciones capaces de crear una alarma social que aquellas que trabajan para mejorar nuestra calidad de vida. No le resto razón al comunicado de la OMS como seguramente también la tienen aquellos que nos avisaron de los otros 118 agentes que “con seguridad” causan cáncer, no “probablemente” como sucede con la carne roja. En esa lista, elaborada por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, nos recuerdan que el tabaco, los rayos ultravioleta y hasta el arsénico que se encuentra en el agua potable, sobre todo en las subterráneas, es cancerígeno. Y así hasta 118, incluidas industrias y ocupaciones profesionales. Es imposible que exista una persona en el planeta que no esté incluida, de una u otra manera, en esa lista. Todo un planeta construido desde el miedo. El miedo a la enfermedad, el miedo a no ser detectada a tiempo, el miedo a no poder tratarla, el miedo a la sanidad privada, el miedo a no tener dinero para costearla, el miedo a perder el trabajo, el miedo a levantar la voz ante las injusticias,…la cadena del miedo.

¿Es tan difícil esforzarse en crear metodologías educativas que conduzcan a la Humanidad hacia un respeto hacia sí misma y su entorno que nos permita vivir mejor en lugar de vivir con más cosas? Supongo que sí. Es tan imposible que por eso sigue funcionando el miedo como única estrategia de control. La maniobra perfecta porque si ignoras el miedo, todo lo que suceda después es tu absoluta responsabilidad.

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Un Comentario

  1. Completamente de acuerdo. El miedo es efectivo. Lo peor es no ser conscientes muchas veces de la manipulación que sufrimos con el chantaje del miedo.

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