La visita de Marty McFly

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El miércoles pasado recibí la visita de Marty McFly. No voy a decir que me pillase de sorpresa. De hecho la llevaba esperando desde hacía veintiséis años. Los mismos que hace que cayó el muro de Berlín, que se acabó la Guerra Fría y que el PSOE obtenía su tercera mayoría absoluta consecutiva. Como podrán comprobar, se trata de tres acontecimientos históricos irrepetibles. El que los vivió sabe a qué me refiero.

Marty viajó directamente desde los años 80 hasta el 21 de octubre de 2015, o sea, el miércoles pasado. Apareció de la nada, aprovechando unas nubes de tormenta, y lo hizo en el interior de un DeLorean convertido en máquina del tiempo para la ocasión. Antes de dejarle hablar le pregunté por el tipo de gases que despedía su vehículo y me miró con extrañeza. Le consulté si le sonaba a él que ‘Doc’ estuviese trabajando en un software capaz de falsificar las emisiones contaminantes de un coche para engañar a la Agencia de Protección Medioambiental, pero me juró que no sabía de qué le estaba hablando. Me aseguró que el DeLorean empleaba basura como combustible, que era un prototipo muy ecológico y que cómo era posible que no se hubiera implantado ya, tantos años después. Le expliqué que en el futuro, o sea, en su futuro, o sea, en mi presente, había un ministro de Industria y Energía, un señor llamado José Manuel Soria, que detestaba todo lo que fuese energía renovable; que le espantaba imaginar un planeta en el que las personas se autogestionaban la energía y que, ante esa posibilidad, había establecido un impuesto al sol. Marty me preguntó si ese tal Soria era nieto de Biff Tannen. Cuando le dije que no, se preocupó.

Le aclaré que su vehículo estaba en una zona de acceso y estacionamiento restringido de la ciudad y que con seguridad podría caerle una multa o se llevaría el DeLorean la grúa. Tardamos menos en encontrar un expendedor del ticket de la O.R.A. que en descifrar su funcionamiento. Mientras lo intentábamos, McFly me comentó que siempre se había imaginado el futuro mucho más luminoso, con autopistas en el espacio, drones que sacasen a pasear al perro, aeropatines y cerraduras digitales. Le conté que eso solo pasa en las películas pero creo que no lo pilló.

Con nuestro ticket de la O.R.A. en la mano, le expliqué que las zapatillas Nike siguen sin tener cordones robotizados, que la ropa hay que continuar tendiéndola para que se seque y que aún hay personas que entre la Coca Cola y la Pepsi, prefieren la Coca Cola. Le avisé que en el futuro, al menos en ese que él estaba conociendo, las cosas no eran tan esperanzadoras como uno podría imaginar. Todos hemos fantaseado alguna vez nuestro futuro. Siendo adolescentes, en el banco del parque, con los amigos, y siempre nos hemos visto mejor. Trabajando en lo que nos gustaba, cobrando un sueldo digno, enamorados y felices. Pero el futuro nunca se aproxima a lo que soñamos de él. Nos hacen creer en el libre albedrío para luego restarnos el número de posibilidades. No les gusta que seamos independientes y nos construyen un futuro dependiente. No queremos comprender que el futuro es la evolución natural del presente y solo se parecerá a ese sueño que ideamos cuanto más imaginación le echemos a nuestra cotidianidad. Solo imaginando el futuro podemos habitar el presente. Y eso, en esta sociedad del take away, de la fast food y del pic of the day, es aún una utopía. Quizá por eso preferimos sedarnos con la nostalgia.

Marty McFly me miró con los ojos del desencanto e intenté cambiar mi discurso para no alterar la historia. Le expliqué que teníamos Internet y que eso sí que era una autopista en el espacio. Le enseñé mi smartphone y él me preguntó si esa era la razón de que en el futuro la ciudad estuviese llena de hombres y mujeres cabizbajos. Respondí afirmativamente aunque añadí que el smartphone también había revitalizado la profesión de fisioterapeuta. Le aclaré que nuestro presidente del Gobierno era capaz de dar una rueda de prensa a través de una pantalla de plasma, sin turno de preguntas, que eso era muy futurista. Y que en vez de cafeterías teníamos Starbucks; en vez de cines, tiendas de ropa en las que las personas hacen cola como si la fueran a cerrar mañana, y en lugar de teatros, megagimnasios. Y como Marty es estadounidense, sonrió. Le resultaría familiar. Apunté que Tiburón no dio para diecinueve entregas. Sin embargo, en España, Gran Hermano llevaba dieciséis ediciones repitiendo una fórmula que sigue interesando a la gente. Y no me preguntes más por qué.

Antes de volver a 1985, Marty McFly me dijo que solo existen dos maneras de enfrentarse al futuro: con optimismo o sin él. Al estilo Zemeckis o al estilo Scott. Como Regreso al futuro II o como Blade Runner. Creo que lo quería decirme es que solo hay dos maneras de enfrentarse a la vida. Pero qué difícil es eso cuando se han visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäusser. Y, como es habitual en esta época del año, empezó a llover.

Muerte

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