El photoshop son los demás

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Me gusta el Photoshop. Me gusta maquillar la realidad. Prefiero los retoques a los recortes y desde que tengo la aplicación Snapseed en mi móvil, no publico una foto en redes sociales sin someterla a los arreglos que considero oportunos. Y, aún así, aplaudí la reacción de la actriz Inma Cuesta cuando el pasado fin de semana se vio a sí misma, en la portada del dominical de El Periódico, rebanada como una pata de jamón y publicó su indignación en Instagram. Aplaudí porque comprendí su gesto que, a mi entender, no era anti PhotoShop sino contra unos cánones de belleza impuestos ante los que todos rendimos cuentas por no sentir el desasosiego de la exclusión. Y si no era esa la intención de Inma, sí es la parte de su discurso que me interesa y yo, como si fuese un maestro del retoque digital, tomo ese fragmento de su alegato y lo convierto en eje del mío. Pura restauración.

El glamour es un invento del Hollywood dorado. Los grandes estudios protegían de tal manera a sus estrellas que diseñaron su propia imagen. Esas fotografías de Joan Crawford, John Barrymore, Jean Harlow, Errol Flynn o Jane Russell que hoy nos parecen icónicas eran, en el fondo, muy irreales. El fotógrafo George Hurrell, uno de los grandes artífices de todo aquel star system, tenía la obligación de convertir a esas personas corrientes en galanes y diosas inalcanzables. Y lo hizo durante décadas. Y ni a ellos ni al público les importó lo más mínimo. Porque a los actores les gustaba verse bellos y sus admiradores preferían el mito a la realidad.

Desde mediados del siglo XX hasta la actualidad, prácticamente todas las fotos –excepto el foto periodismo y las imágenes de nuestros cumpleaños infantiles- están retocadas. Basta con buscar la luz adecuada para que tu rostro cambie. Y no hará falta que les saque el asunto de los smartphone y sus aplicaciones de fotografía, empezando por los veintitrés filtros de Instagram. Por eso me pareció absurdo creer que una actriz como Inma Cuesta, imagen publicitaria de una marca de cosmética –producto cuyo aliciente es hacerte creer que puedes invertir el paso del tiempo-, estuviera lanzando una campaña contra el retoque digital, como algunos creyeron ver en sus declaraciones. Yo, de hecho, me habría tragado la polémica foto sin darme cuenta del retoque si no llega a ser por la queja de la propia interesada. Supongo, como me comentó un amigo esta semana, que a la actriz lo que le molestó no era el ‘arreglo digital’ sino que se notase tanto y antes de que los demás pusieran en evidencia la desigualdad, ella tomó las riendas del asunto convirtiéndose en protagonista de la denuncia. Puede que mi amigo tenga razón. O no. Pero sigo creyendo que lo interesante del discurso de Inma Cuesta no es si se está abusando del photoshop; lo importante reside en su última frase: “(…) reivindicar con fuerza la necesidad de decidir y defender lo que somos, lo que queremos ser independientemente de modas, estereotipos o cánones de belleza”.

Nos engañamos cuando afirmamos que somos lo que queremos ser. Queremos ser lo que vemos que ‘mola’ ser. No nos importa tanto lo que nos gusta de verdad siempre que la imagen que proyectemos reciba muchos likes en la redes. Y eso, cuando hablamos de modas y estereotipos de belleza, puede acabar convirtiéndose en un castigo. Y es ahí donde los medios de comunicación tenemos una importante responsabilidad.

Para mí es mucho más real Amanda Lepore, en la propia ficción que ha creado de sí misma, en su propio canon de belleza, que todos los chulazos que bailan sin camiseta en el Kluster o las chicas que desfilan en la semana de la moda. Veo hombres que muestran su cuerpo de crossfit en Instagram como si ese fuese su único gran atractivo cuando, en realidad, lo que sucede es que sus fotos sin camiseta reciben más ‘me gusta’ que la imagen del último libro que están leyendo. De esa manera acaban asimilando su perfil social no a lo que ellos son sino a lo que los demás quieren ver de él.

En el mail de Wisteria Lane, el programa de dirijo y presento en RNE, recibo correos de chicos que sufren y se sienten discriminados al no encajar en un canon de belleza masculino que ha impuesto el músculo y el abdominal. Y aceptan –y eso es lo terrible- que la única opción es cambiar. No porque ellos quieran hacerlo sino porque se sienten en la obligación de hacerlo. No para gustarse a sí mismos sino para gustar a los demás. Eso es lo perverso. Y con ellas la estrategia es aún más cruel. No critico que cada uno sea como quiera ser. Me preocupa que sean los demás los que decidan cómo debemos ser. Física o mentalmente. Ya sea a golpe de photoshop o a base de rechazos, bloqueos y falta de interés en redes sociales y barras de bar.

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