La distante elegancia

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La elegancia siempre fue distante. No estoy hablando de moda, ni de tendencias y mucho menos de alta costura. Hablo de la actitud, de esos detalles de las relaciones humanas que catalogamos como distinguidos y que colocamos sobre un pedestal de refinada sobriedad al que hemos dotado de unos valores que son, precisamente, opuestos a las propias relaciones humanas. Los vínculos entre individuos se sustentan sobre una correspondencia que, con el tiempo y la afinidad, pueden convertirse en afecto e incluso amor. Pero es necesaria esa reciprocidad. De lo contrario, nos relacionaríamos con los demás como hacemos con nuestro tenedor o con nuestro cepillo de dientes. Sin embargo, la elegancia alimenta su encanto con una imposición de la cortesía, con una seductora frialdad, con un distanciamiento de la emoción, que la hace tan atractiva como inquietante.

En los códigos de las buenas formas, lo emocional es incómodo por todo lo que tiene de visceral, de espontáneo. Lo elegante es no mostrar emociones que vayan más allá de una sonrisa complaciente. De hecho, uno es más elegante cuanto más escucha y menos habla. Opinar te dota de un protagonismo que la elegancia rechaza por manido. La elegancia es deslumbrar desde el segundo plano.

Hemos adaptado de tal manera esos roles a nuestra vida cotidiana que los gobernantes, los grandes empresarios, los directivos, se han apropiado de esas connotaciones de la elegancia, como parte de su patrimonio, dejando lo emocional, lo susceptible, lo tosco, en el remanente de la ciudadanía, de los trabajadores, de los empleados, entendidos todos como una especie de tribu a la que domesticar. De ahí que me impactasen las imágenes de los directivos de Air France huyendo descamisados de una turba de trabajadores ‘viscerales’ que luchaban por sus empleos. No tanto por la violencia implícita, que la había, sino por la alteración de las normas convencionales que asumen que no importa lo cruel que sea tu agresión siempre que la promuevas desde la frialdad, la distancia, la elegancia.

Detesto la violencia. En todas sus acepciones y modalidades. Me parece el peor lenguaje de la humanidad y sufro cuando tengo que asumir que es congénita al ser humano. Mi única esperanza reside en la virtud de someterla o, en el peor de los casos, limitarla. Pero al situarme ante las fotografías que mostraban a Frédéric Gage, presidente de Air France, huyendo con su camisa hecha jirones, y al responsable de Recursos Humanos de la aerolínea, Xavier Broseta, saltando una alambrada, a pecho desnudo, como un inmigrante ilegal buscando una segunda oportunidad, no pude evitar pensar si estábamos asistiendo a una broma del destino, a un cambio de roles, a una revolución efímera que, dicho sea de paso, nadie ha sabido sacarle más rendimiento histórico a una revolución que Francia. Ellos son de barricadas, no se andan con medias tintas. Para lo bueno, y para lo malo.

El Gobierno francés ha dicho que esas actitudes dañan la imagen del país. Lo emocional, lo impulsivo, lo visceral, es nocivo. La elegancia con la que la empresa piensa despedir a 2.900 trabajadores es modélica, admirable. El uso de la agresión física, la violencia, deslegitima toda reivindicación. En eso estamos todos de acuerdo. Pero…¿qué es más violento? ¿Recibir una bofetada o quedarse sin trabajo en esta sociedad que hemos construido? Seguro que alguno me acusará de demagogia, lo sé, pero antes de imputarme reflexionen un momento sobre los nuevos modelos de violencia. Pegar a alguien, escupir a alguien, insultar a alguien, es violencia. Desahuciar de su casa a alguien, despedir de su trabajo a alguien, pagar sueldos miserables a alguien son responsabilidades, planes de ajuste y rentabilidad. En los tiempos que corren, ¿hay algo más violento que dejar a una persona en el paro?

Los gobernantes, los empresarios, los directivos son elegantes porque son distantes, porque no se implican en tu problema ni en las consecuencias que sus decisiones tendrán en tu vida. No pueden empatizar porque eso les hace vulnerables. Se alejan del conflicto. Te miran a los ojos y con la voz calmada te dicen que no van a contar más con tus servicios. Y, haciendo honor al código de las buenas formas, tú debes corresponder con elegancia a ese despido. Darles las gracias por los años trabajados en su empresa y confiar en que, cuando las cosas vayan mejor, vuelvan a contar contigo. Pero sin extenderte demasiado. El victimismo es muy poco atractivo y, por supuesto, nada elegante. Nunca te dejes llevar por la rabia, por tu instinto primitivo de supervivencia, porque entonces mostrarás tu impotencia, tu vulnerabilidad, tu sensación de injusticia y, es posible, que todo eso destile enojo, irritación, violencia. Y eso te deslegitima. De hecho, las mismas personas que te acaban de despedir pueden denunciarte por “violencia agravada”. Supongo que nadie será capaz de afirmar que este es el mundo que soñó cuando era pequeño pero quizá deberíamos empezar a modificar algunos pequeños detalles ahora que somos mayores.

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