La cobardía del anonimato

anonymity

La capacidad que tiene la especie humana para pervertir cualquier concepto, elemento o conducta no deja de sorprenderme, aunque cada vez ceda menos espacio al asombro y lo canalice hacia la irritación o la hastiada decepción. Asisto, con estupor y coraje, a la perversión con la que algunos seres hacen uso del anonimato. Recuerdo un tiempo –y no soy tan mayor como a veces presumo- en el que ser un desconocido era lo más habitual. El anonimato iba más allá de la condición que ocultaba el nombre de un autor; era el estado de la inmensa mayoría de los ciudadanos que diferenciaban, claramente, al personaje público del desconocido, al famoso del ignorado. Todo en términos de popularidad. Respirábamos plácidamente sabiendo que a nosotros nadie nos iba a retratar en la playa con el culo al aire y que un día de compra en el supermercado no le interesaba a nadie. Nuestro anonimato era una parcela de nuestra libertad.

Cuando comencé la carrera de periodismo empecé a darme cuenta de que ir por la vida de incógnito podía no ser tan rentable. Comprendí que los comunicadores importábamos lo que valía nuestra palabra, con nombre y apellidos, porque la única manera de romper el anonimato sin perder la dignidad era convirtiéndolo en credibilidad. Y disculpen el pareado.

Hasta que la farsa se volvió espectáculo, el insulto, argumento, y la libertad de expresión, estrategia. Muy pocas personas quieren permanecer en el anonimato. Y quienes se atrincheran en él, pocas veces lo utilizan para hacer el bien.

Ser famoso –o intentar serlo- parece más rentable. La “popularidad” se democratiza en las redes sociales y todos vendemos parcelas de nosotros mismos no a cambio de dinero; a cambio de likes y followers. La fama 2.0. Hay directores de casting que contratan actores y actrices después de ver el número de seguidores que tienen en Twitter o Instagram. Nos parece algo muy moderno pero en el fondo se asemeja más al concepto de fama que tenían en el imperio romano, donde la identificaban con una doncella que habitaba un palacio sonoro, lleno de voces, rodeada de la credulidad, el error, la falsa alegría, el terror, la sedición y los rumores. La televisión encumbró la mediocridad en nombre del entretenimiento y todo aquello que un día pareció racional acabó desvirtuado, convertido en un estridente gran circo lleno de alaridos confusos, muy parecido a la estancia que habitaba aquella vieja fama descrita por el poeta Virgilio.

Y en ese panorama, explicado con un cierto tono apocalíptico, lo sé, pero confío en su capacidad para tamizar el ánimo y rescatar solo la cordura, el anonimato se convierte en una caverna desde la que proferir todo tipo de calumnias, desprecios, arrogancias y miserias que, en algunos casos, son constitutivas de delito. El anónimo quiere ser divulgado pero se niega a pagar el precio de su propaganda. Prefiere lanzar la piedra y esconder la mano.

¿Se han atrevido a leer los comentarios que aparecen debajo de las noticias en algunos medios de comunicación digitales? No se lo recomiendo si no quiere sentir un desprecio incalculable hacia la especie humana. Más bien son ejemplares de despiece humano que flaco favor le hacen al medio de comunicación en sí. Una involución del hater y el troll, dos especímenes del ecosistema digital, buscando sus cinco minutos de fama sin renunciar a su anonimato.

El apartado de comentarios que cierra una noticia, da igual que se informe sobre el asilo a los refugiados, el nuevo iPhone o los pitidos a Piqué, se convierte en un saco de desinformación, mal gusto y ataques personales que resulta muy poco compatible con la información. “Piqué es independentista y gilipollas”, “Somos gilipollas y calzonazos acogiendo en España a tanto inmigrante” o “¿Pero ese no era un sidoso?”, son una pequeña muestra de los comentarios, anónimos, que hoy en día campan a sus anchas por la red. No es una opinión que genere debate, que aporte nuevos datos, que suscriba o desmienta, que felicite o critique a su redactor. Es, pura y llanamente, basura. Un lugar para el comentario, para la participación, convertido en un estercolero.

Y no cometan el error de pensar que estoy hablando de seleccionar aquellos comentarios favorables o desfavorables. Esto no tiene nada que ver con la libertad de opinión, ni de expresión, ni con la ley mordaza. Esto tiene que ver con impedir que la mediocridad y la inquina se asienten en los medios que aún albergan un espacio para la reflexión y las ideas. Pero si al final la cuestión es que ese individuo tiene el mismo derecho que el columnista a “opinar”, entonces se debería jugar en igualdad de condiciones. Del mismo modo que los artículos están firmados con nombre y apellidos, con fotografía, sería interesante que todos aquellos que comenten las noticias también tuvieran su nombre, apellidos y fotografía identificables, y no un nick absurdo y la imagen de una margarita, un ñú o la sombra anónima del peón de turno. Así también podrán llegar a la conclusión de que ellos valen lo que vale su palabra.

NOTA: Aprovecho este artículo para dar las gracias a todos los seguidores de este blog, en el que cuelgo las columnas que escribo para Diario de Mallorca, y les felicito por su respeto, la calidad de sus reflexiones, su cortesía al plantear puntos de vista y opiniones divergentes a la mía, y su fidelidad. Gracias por ser una excepción en un universo 2.0. cada vez más inexorable.

  1. Pilar Bonilla

    Hola de nuevo, acabo de leerte el artículo en prensa escrita. Siempre me he sentido tan identificada con lo que opinas, tanto. En este caso vuelvo a sentirme cómplice, yo sí sondeo las opiniones en los digitales y, nuevamente, vuelvo a compartir tu artículo en su totalidad.
    Un saludo. Pilar

  2. Curioso, llevo una larga temporada sin leer su blog, de repente llego y me encuentro con que el tema es algo que me inquieta bastante últimamente. Una vez más, gracias 👍

  3. Juan

    Qué espera, la historia del anillo de Giges 2.0. Es costoso pensar, y diria que nocivo en cierta medida: pensar demasiado lleva a la duda, a sentir que la certeza y la afirmacion se desvanece en muchos matices. Es mas facil proferir un grito de guerra; le debe dar a uno una sensacion bastante placentera el poder identificarse con un concepto simple, resumir toda la realidad en cuatro sonidos repetidos una y otra y otra vez, un mantra compartido que se autoafirma por el simple hecho de poder reproducirse. Envidio a quien pone el ventilador y esparce mierda sin plantearse nada de lo que dice (o hace) sin consciencia ni reflexion. Sera que me he levantado con el pie pesimista.

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