Escribo desde el dolor

Cuando nos contaron el cuento por primera vez nos relataron que todo aquello nacía para propiciar y acoger la integración y gobernabilidad en común de los Estados y los pueblos de Europa. Nos hablaron de paz, de reconciliación, de democracia, de justicia y de derechos humanos. Y nos lo creímos. Como nos creímos alguna vez el cuento de Ricitos de Oro y los tres ositos. Hoy, con los ojos irritados de ver tanta ignominia y los labios despellejados por la sequedad, sentimos una profunda vergüenza ante aquellos que nos hablaron de Europa como un ideal ejemplar cuando lo único que les interesaba era la unión monetaria y sus rentables consecuencias. Hoy, casi veintidós años después, sentimos que Europa es una mentira y que la única esperanza de devolverle la dignidad al viejo continente reside, una vez más, en los pueblos y nunca en sus dirigentes, seres que jamás han estado a la altura de las circunstancias.

Escribo desde el dolor y tal vez no debería hacerlo. No resulta muy correcto dejarse llevar por las emociones. Como el médico que no debe empatizar con el dolor de su paciente porque esa es su única manera de sobrevivir. Lo llaman profesionalidad. Me cuesta aceptar la armadura como protección ante el sufrimiento ajeno porque ese blindaje solo tiene sentido en el combate y aquí nadie está peleando; solo hay personas que sufren, que piden ayuda, y personas que tienen en sus manos la facultad de auxiliarles.

Este dolor que acongoja mi escritura me lo ha provocado la imagen del niño en la playa turca. El cuerpo sin vida de Aylan Kurdi de tres años varado en la orilla como un símbolo más del horror. ¿Cuántos símbolos más necesitamos para actuar, para dejar de ponernos la armadura cada mañana?

La fotografía de Nilufer Demir ha recorrido el mundo. Nos ha herido, nos ha cabreado, nos ha movilizado. Como antes lo hicieron las imágenes de los niños palestinos asesinados por un bombardeo israelí en una playa de la Franja de Gaza. O la de Kevin Carter que mostraba al niño sudanés recostado en el suelo mientras un buitre aguardaba tras él. Hasta somos capaces de recordar la instantánea en blanco y negro de Nick Ut en la que una niña desnuda, con el cuerpo quemado por la deflagración, huye llorando del bombardeo en Napalm, durante la guerra de Vietnam. Pero la intensidad de nuestro compromiso dura lo que perdura nuestro interés. La sociedad actual padece un serio déficit de atención. Los estímulos nos bombardean, intercambiamos el dolor por la belleza e incluso el dolor por un sufrimiento nuevo. La actualidad sustituye a los 71 refugiados sirios asfixiados en un camión frigorífico en una carretera austríaca por los cuerpos flotando sin vida frente a la costa libia sin comprender que todo forma parte del mismo mal. Un mal que no es mayor a medida que crece el número de víctimas porque el daño ya reside en la vileza misma de su origen.

Escribo desde el dolor del que detesta la condición humana sin atisbo de esperanza. Que cree en la capacidad para generar el mal sin titubeos morales, impermeable al carácter transformador del castigo –si es que alguna vez existió tal expresión-, que siente como algo que ha caracterizado al ser humano desde el origen de la vida difícilmente podrá ser extirpado de la humanidad. Pero, a la vez, creo en el individuo, en las personas que son capaces de cambiar su entorno, de hacer el bien a pequeña escala. Esa es mi única creencia. Por eso admiré a los ciudadanos alemanes que se movilizaron para acoger a los refugiados sirios que arriesgaron su vida huyendo de la muerte mientras su gobierno intentaba ‘repartir el problema’ entre todos los Estados miembros. Es curioso ver a Alemania reclamando apoyo, unión y solidaridad después de verla gestionar la crisis griega. Pero bueno, supongo que ese es otro tema. O no. Porque la imagen y la historia de Dimitris Christoulas, el jubilado que se suicidó frente al Parlamento griego, tampoco la deberíamos olvidar. No podemos consumir el dolor como si fuera la batería de un smartphone. El dolor es uno y si no somos capaces de evitarlo tenemos la obligación moral de paliarlo.

Por eso hoy, escuchando las palabras de los dirigentes europeos, del gobierno español, palabras impostadas en buenas intenciones pero con los albaranes en la mano, tratando la vida humana como si fuera mercancía, escribo desde el dolor.

  1. José Angel

    No puedo estar más de acuerdo con todo lo que dices. Es decepcionante esta situación. Y consumimos el dolor como una mercancía, cierto.
    A veces me gustaría poder hacer algo REAL.
    Algo como,lo que acabas de hacer tú. Poner en palabras perfectas y emocionantes lo que muchos no somos capaces de verbalizar.
    Gracias.

  2. Jota

    Hola estoy de acuerdo en todo lo que dices, ahora, dinos que hay que hacer para resolver este problema, y no me valen frases como “establecer lazos de cooperación” “cambiar armas por besos”. Pido un plan con las acciones a seguir. A ver si es tan facil y a ver si estáis dispuestos a hacer lo que hay que hacer.

    • Hola Jota. No entiendo por qué se dirige a mí en ese tono, como si yo fuera el presidente del FMI, o un líder del Estado Islámico o alguien con el más mínimo poder para cambiar las cosas. Yo no sé qué hay que hacer para resolver ese problema. En la columna hablo de que mi única esperanza es la gente que hace el bien a pequeña escala. Si usted tiene espacio en su casa y puede acoger a una familia de refugiados, hágalo. Si no puede, porque no tiene espacio ni posibilidades, no pasa nada. Pero si puede hacerlo, hágalo. Por ejemplo. Pero no me diga “a ver si estáis dispuestos a hacer lo que hay que hacer” porque eso me suena a antiguo régimen y me asusta.

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