Nueve razones para amar el verano

Me gusta el verano. Esta afirmación, propia del apartado out de una de esas revistas de tendencias que dividen el universo en ‘lo que se lleva’ y ‘lo que no se lleva’, me ha enfrentado, en el último mes, a más miradas de desaprobación que las recibidas por el futbolista Nuno Silva al presentarse a jugar en España vistiendo una camiseta con la imagen de Franco. Sin embargo, tras años de experiencia en el noble arte de desactivar la agresión para convertirla en orgullo, les voy a exponer aquí nueve razones por las cuales prefiero sudar como un costalero a temblar de frío en el escaparate de lo cool.

1. La luz. No descubro nada si apunto que los ritmos biológicos del frío y el calor determinan nuestro ánimo. Y que no hace falta vivir en el parque de Jellystone para saber que en el invierno entramos en un estado de hibernación. Nos refugiamos, nos protegemos y es el calor y la luz lo que nos invita a salir. En verano, las horas de luz se multiplican, las noches se convierten en puntos de encuentro y, de hecho, sonreímos más. El cerebro libera serotonina, un neurotransmisor asociado a la sensación de bienestar y disfrute.

2. El gazpacho. Como lo están leyendo. Por supuesto que se puede beber gazpacho en febrero como puede uno nadar en la playa para celebrar el año nuevo pero estarán conmigo que cuando el cuerpo recibe con bullicio esa extraordinaria receta es en verano. Con el calor, nuestro organismo busca una hidratación constante y el gazpacho tiene un alto contenido en vegetales y agua, lo que hace que pudiésemos alimentarnos exclusivamente con él. No es mi caso. La sandía, un buen trampó o los helados son alimentos que hacen del verano un lugar muy apetecible.

3. El nudismo. Me gusta el desnudo humano. Me alegra ver a la gente con poca o ninguna ropa. Pensarán que soy un voyeur pero más allá del ardor que pueda provocar un cuerpo desnudo, más allá de la insinuación que late bajo una pequeña y traslúcida capa de tela, existe la satisfacción de ver a la gente sobrevivir al prejuicio. El calor nos libera, acabamos por renunciar a la ropa sin importarnos si estamos o no musculados, si la operación bikini acabó como La matanza de Texas; preferimos la comodidad y la frescura a ocultar el michelín y la tripa. Que nos clasifiquen S es lo mejor que nos puede pasar.

4. La piscina. Habrá quien sustituya este punto por la playa. Lo comprendo. Sin embargo, pese a ser insular nunca he sido un gran consumidor de la arena y el sol. Me gusta pero siempre llega el límite. No he logrado acostumbrarme a la incomodidad de la playa, a su arena indiscreta, a pasarme el día como un nómada moviendo mi campamento al antojo del baile que el eclipse que mi sombrilla proyecta sobre la arena. Por eso prefiero la piscina. Especialmente, la de uso privado. Esa que no tengo. Durante estos meses, que alguien me invite una tarde a su piscina es la mejor demostración de amor que puede hacerme.

5. Los amores de verano. Ya lo cantaban Sonia y Selena: “cuando llega el calor, los chicos se enamoran”. Los amores de verano son centrales energéticas que alimentan nuestra autoestima durante gran parte de los meses venideros. Porque los amores de verano siempre son perfectos. No tienen que soportar horarios, ni malas contestaciones del jefe, ni estrés. Son amores que sobreviven a la vida real porque nacen y mueren en la vacación, una época del año en la que estamos más predispuestos al disfrute, a la experimentación. Son amores de corto pero apasionado recorrido. Y, lo mejor de todo: nunca vuelven.

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6. La vacación. La vacación es el mejor estado del ser humano porque combina tiempo y dinero. No siempre disfrutamos de ambos conceptos a la par, de ahí que cuando se da esa combinación haya que deleitarse en ello. Es cierto que ya no estamos en los años 70, cuando parecía que todo un país veraneaba en agosto. Pero aunque mis vacaciones coincidan con tu trabajo, liberaré toda mi serotonina sobre ti y eso hará que tu jornada laboral sea mucho más agradable que en cualquier otra época del año. Piénsalo.

7. La ducha. Como instalación de higiene personal y como espacio de ensoñación erótica. Sí, otra vez el sexo. Es lo que tiene el verano, es una estación en la que todo el calentón de la primavera explota cual castillo de fuegos artificiales. Empleamos la ducha como la manera más asequible y accesible de refrescarnos. Nos duchamos más. Y una persona saliendo de la ducha siempre abre una puerta al deseo. Piensen en Kevin Spacey en American Beauty, o en Angie Dickinson en Vestida para matar. Incluso en Javier Albalá y Gustavo Salmerón en Más que amor frenesí. Sé que usted podrá recordar la escena de Psicosis para desmontar mi teoría pero es que hasta en esa escena hay un alto componente de erotismo.

8. La siesta. Porque tras décadas de tener que soportar que ese hábito mediterráneo era propio de vagos, ahora son los científicos y médicos estadounidenses quienes aseguran que la siesta es muy recomendable porque repara el sistema inmunológico y el impacto hormonal de dormir poco por las noches, porque reduce la presión arterial y el riesgo de problemas cardiovasculares, porque mejora el funcionamiento cognitivo y, además, favorece la empatía. Y pocas cosas hay más agradables que quitarse la ropa, bajar la persiana y echarse una siesta de luz.

9. La oposición. Detesto el frío. Sé que esta razón es lo suficientemente precisa como para anular las ocho anteriores pero no iba a permitir que una simple antítesis destruyese esta columna. El invierno hace que los dedos se me queden ateridos, escribo y me siento como el poeta Rodolfo en la buhardilla de los cuatro bohemios, a punto de encender una hoguera con mis manuscritos para no sucumbir a la empresa de gas que promete calentar mi invierno a cambio de mi alma y la de mis descendientes. Lo único que no me gusta del verano son los aires acondicionados y las expectativas pero eso ya se lo explico el año que viene por estas fechas.

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