Víctimas del discurso

Cuando hablamos de que una persona tiene principios estamos dotando a las normas de una connotación positiva porque comprendemos que el objetivo final de las tesis defendidas es la felicidad, el desarrollo, el bienestar de la mayoría. Varoufakis tiene principios y Christine Lagarde, no. Simplemente porque la lectura de las acciones del primero hablan de solidaridad, de la dignidad de un pueblo, mientras que las de Lagarde hablan del beneficio de unos pocos, de la rentabilidad del poder. Pero las teorías neoliberales también son principios.

Quizá por la misma razón, somos mucho más exigentes con lo ético y moral que con lo puramente empresarial y/o económico. Como si asumiésemos que hay principios que llevan implícita la ausencia de honestidad y no contemplásemos el desencanto ni la desesperanza ante sus atropellos. Aceptamos que son así, que qué podíamos esperar, mientras que con el discurso ético somos implacables. No hay nada negativo en ello, de hecho es bastante lógica esa reacción. Lo que sucede, a mi entender, es que obliga al defensor del discurso ético a luchar en más batallas de las que su energía puede combatir y a posicionarse siempre en lo que los demás –su público, su electorado- esperan de él, provocando que un discurso ejemplar se radicalice, impidiéndole transitar por la noble calzada del sentido común.

Asumo que solo hay una cosa peor que quebrantar la ley y es quebrantarnos a nosotros mismos. Y que no es justo tener que cumplir una ley injusta. Pero en esta sociedad neoliberal, donde los principios se convierten en la única manera de sobrevivir a la inmoralidad de una ideología basada únicamente en la rentabilidad, la victoria de las fuerzas de participación ciudadana en las pasadas elecciones, y sus alianzas con fuerzas tradicionalmente de izquierdas, está visibilizando una defensa a ultranza de unos principios que ni eran los que habían movilizado al pueblo ni ocasionaban ningún conflicto en la convivencia de la comunidad. De hecho son temas que si los sometemos a la lógica del sentido común, quizá comprendamos que su defensa a ultranza nos acabará convirtiendo en aquello que no nos gusta.

Desde este verano Palma es una ciudad antitaurina y contraria al maltrato animal. Como idea, la aplaudo. Pero leo, con cierto asombro, que lo primero que hay que hacer es eliminar la calesas y sustituirlas por un coche vintage. La razón de esa inquietud social la provoca un caballo que se desplomó, en pleno Paseo Marítimo, por las altas temperaturas y las largas jornadas laborales a las que les someten sus dueños. Sinceramente, creo que prohibir las calesas tiradas por caballos es ser víctima de un discurso y no valorar el sentido común. Coches tirados por caballos, o trineos tirados por perros o renos en los países nórdicos, son un atractivo turístico en todas las ciudades del mundo. No veo ninguna necesidad de prohibirlos. Basta con regularlo y hacer cumplir la ley. Prefiero negociar a prohibir y creo que tampoco hay tantas calesas en Palma como para no poder tener un control más férreo con ellas y más sostenible con los caballos. Sin ser concejal de nada se me ocurre marcar un horario máximo de tiempo en el que una calesa puede trabajar, en un calendario que irá rotando, cumpliendo siempre una serie de normas relacionadas con la calidad del servicio, la higiene del vehículo y el bienestar del animal. De lo contrario, el dueño de la calesa será multado con posibilidad de retirada de la licencia. Recordemos que son muy pocas las calesas y estás perfectamente localizadas. No es difícil hacer cumplir la ley.

Como la idea de quitar las terrazas del Passeig des Born. Me pregunto yo, que tengo tan claro quienes son los culpables de nuestra decadencia, ¿qué daño nos han hecho las terrazas? Si de verdad queremos recuperar espacio para la ciudadanía hagamos peatonal todo el Born, desde la Plaça de la Reina hasta la de Rei Joan Carles I. Dejemos que las terrazas ocupen los laterales y la gente pueda circular por el paseo central. Los ciudadanos ganan espacio a la ciudad y se lo restamos a los coches. Mucha mejor idea que atacar a las terrazas que son puestos de trabajo en una ciudad, y una isla, sustentada mayoritariamente por su sector servicios. Incluso me atrevería a decir que hay una lectura arbitraria a la hora de atacar a las terrazas del Born frente a otras terrazas situadas en barriadas más populares. Somos víctimas de nuestro discurso cuando creemos que en las terrazas del Born se sienta gente distinta a nosotros, con problemas distintos a los nuestros y con sueños diferentes. Dotamos a la terraza, por su enclave urbano, de una connotación ‘pija’ que nos hace menos afines a lo que ahí suceda. Prejuicio. Se acaba haciendo política del rencor, como la que lleva alimentando ideológicamente al PP desde hace décadas, y se pierde, precisamente, su conexión con el pueblo, con la gente. Prefiero regular a prohibir. Especialmente porque prohibir es la más manera más torpe de educar.

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