El arte de decir que no

Un hombre entra en una peluquería. Es el último cliente de la jornada. Sin embargo, el peluquero le ignora. Mientras el hombre hace todo lo posible por llamar la atención del peluquero, intentando ser gentil para lograr un simple corte de pelo, el profesional de la tijera solo le devuelve indiferencia. Es tal el afán del cliente por ganarse su atención que es él quien le acaba cortando el cabello al peluquero.

Ese es el argumento de una obra de teatro escrita por la dramaturga argentina Griselda Gambaro titulada Decir sí. Esa obra, redactada durante la dictadura militar en Argentina, se acabó convirtiendo en un símbolo de la relación entre el poder y el pueblo. El pueblo, interpretado por el hombre, un ser indefenso, incapaz de cuestionar cualquier consigna, por ridícula o peligrosa que parezca, sometido al antojo de un poder (el peluquero) déspota, antipático y cruel. Inquieta que casi cuarenta años después de la escritura de ese texto las cosas sigan funcionando de la misma manera.

La sonrisa y la afirmación han marcado nuestra convivencia transformándose en habilidad social hasta el extremo de convertirnos en víctimas de nuestra propia simpatía. Sonreír, resultar agradable a los demás, evitar el conflicto, tender puentes con el único objetivo de crear un vínculo con el otro que nos permita avanzar, llegar a buen puerto, sea en lo laboral o en lo personal, puede ser una entrada despejada para el abuso. De ahí que, con el tiempo, haya llegado a valorar la enorme utilidad de la negación. El arte de decir que no.

El NO de Grecia es algo más que un ejercicio de democracia aunque algunos poderosos, como el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, lo definan como “circo”. Es curioso que ellos, gestores económicos a los que no les tiembla la mano al empujar a todo un país al foso de las fieras, como en un desalmado circo romano, se atrevan a hacer esas comparaciones. Ese NO, que el rechazado nunca acepta –como el maltratador que le niega a su ex pareja la ruptura con todo aquello que tanto daño le hizo-, es un adiestramiento saludable de la autoestima, del respeto a uno mismo e incluso del valor del ser humano por encima del coste económico que un prestamista es capaz de darle a nuestra vida. Decir que SÍ a todo no es bueno; especialmente para el sometido. El dominante se instala en la negación, en la insensibilidad, como el peluquero de la obra, para lograr que el indefenso actúe según sus reglas, anulando cualquier capacidad de actuación e independencia. No soy un analista económico, no soy capaz de graduar las consecuencias de ese NO griego, ni siquiera sé si podrá mantenerse durante mucho tiempo pero, en esta sociedad nuestra que anhela símbolos como la estepa yerma desea lluvia, esa negación es una bella oposición.

El número de exigencias que somos capaces de enfrentar a los demás nunca se reduce. Al contrario, aumenta. Cualquier analista del potencial humano –ese que jamás tienen en cuenta los poderosos- sabe que sobrecargar a una persona (léase país) es la mejor manera de anularlo. Por eso es necesario, fundamental, decir NO, gritar ¡BASTA!, para que al menos el abusador se tome la molestia de levantar la cabeza del folio y mirarnos a los ojos. El NO griego es un compromiso con la realidad y con el tiempo presente, abre nuevas posibilidades, obliga al acosador a no desentenderse del problema y se centra en lo más importante, que no es una deuda imposible de pagar, esa cifra abstracta e inabarcable que engrasa la maquinaria del sistema, sino unos seres humanos a los que no se les puede exigir más sacrificios. Recuerden que la crueldad de la Troika reclama más recortes en un país en el que la cuarta parte de su gasto público se lo lleva la banca. No les están diciendo que recorten del pago de la deuda que tienen con el codicioso; les están aconsejando que reduzcan de las prestaciones de protección social (desempleo, pensiones), que suban el IVA, que se bajen los sueldos e incluso, como apuntaron ciertos políticos alemanes, que vendan sus islas. En definitiva, que se busquen la vida. La mayor bofetada al espíritu europeísta.

Creo que ya le debemos algo más a Grecia, más allá del invento de la democracia. Les debemos la reinvención de la democracia. El arte de decir que no otorga honestidad y respeto al que sabe hacerlo y emplea la negación sin miedo, como barricada frente a la injusticia, el atropello y el despotismo. Puede que todo esto se quede en una anécdota romántica, en una utopía truncada con la que alimentar los sueños de futuras generaciones pero, en cualquier caso, es importante que haya sucedido porque nos ha permitido visibilizar a aquellos que prefieren abocar a un país a la miseria antes que cuestionar los argumentos de su ambición.

Solo una cosa más. En Decir sí, la obra de teatro, después de que el hombre se somete a todo tipo de humillaciones con el único fin de lograr su corte de pelo, el peluquero le acaba invitando a tomar asiento y, sin mediar palabra, lo asesina. Todo eso sin escuchar un solo SÍ durante toda la representación.

Greece Financial Crisis

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