Defenderse de la ola

Lo seductor de la política es que cuando la comparas, elijas la semejanza que elijas, siempre aciertas. La política es una cloaca, un circo romano, una tragedia shakesperiana, un nido de víboras, un cajón de sastre, una esperanza,… Y todo encaja. Esta última semana sentí que era algo parecido al windsurf. Que ya no basta con aprovechar la ola; que los tiempos indican que hay que aprender a defenderse de la ola.

Confieso que me sorprendió el hecho de que apenas se hubieran consumido veinticuatro horas de la llegada de Manuela Carmena a la alcaldía de Madrid para que el mecanismo más miserable y efectivo de la política se pusiera en marcha. Como la Bernarda de Lorca, veía venir la tormenta pero nunca creí que estallase tan pronto. Imagino que a estas alturas ya tienen una idea formada del caso Guillermo Zapata, el concejal de Cultura y Deportes del recién formado consistorio de Madrid y que en sus tuits, hará cuatro años, hizo gala de un humor que puede que no tuviera mucha gracia. Me sorprende que Zapata, guionista, no hubiese visto House of Cards, o la tercera temporada de The Wire, y no fuera consciente de la selva sin ley en la que se adentraba. De verdad, me asombra tanta ingenuidad. Pero superada la anécdota, y con la cabeza de Zapata colgada en los salones de las termitas de la política, no puedo evitar caer en la tentación de repasar lo sucedido.

Estoy convencido de que fue peor la gestión de la polémica que los propios chistes del Twitter. Yo, en el minuto uno, hubiese puesto mi cargo a disposición de la alcaldesa. Si nos parecía ejemplar que el ministro de Defensa alemán dimitiese por plagiar su tesis doctoral tal vez no hubiese sido mala idea, por injusta que nos parezca, cumplir con el ejemplo, dejar el camino libre al cambio y no ser el argumento perfecto para el desestabilizador. Dicho esto, puede que de cara a la opinión pública esa dimisión sea aleccionadora y una seña de identidad que marque una nueva forma de hacer política. Pero desde el entramado de poder me temo que no es una victoria de la democracia sino del poder y sus estrategas.

Permítanme un pequeño flashback al pasado lunes. Recordemos que habitamos un país en el que no se dimite ni cuando se está imputado en un delito de corrupción –el verdadero cáncer de la política- con lo cual es difícil encontrar la autoridad moral para reclamar la dimisión por cuatro chistes. Pero me interesa más aún que aquellos que se tragaron la indemnización en diferido de Bárcenas considerasen insuficientes las aclaraciones de Zapata. Curioso. Volvamos al presente. Es tremendamente abusiva la escrupulosidad con la que se analiza el pasado y presente de los nuevos electos y lamento que no hayamos sido capaces de ejercerla con todos los concejales, alcaldes, diputados y ministros que nos han representado y gobernado durante años. Estaría bien que todos los partidos pudieran sufragar a esos ‘buceadores de las redes’ (por cierto, esas horas de rebuscar en el Twitter, ¿quién las paga? ¿con qué dinero?) y escarbar en la vida de todos y cada uno de los candidatos y sus listas, aunque solo sea para poder jugar en igualdad de condiciones. Pero claro, el ejercicio de la política nunca fue igualitario.

Hasta hoy hemos votado a gente muy poco respetable bajo la marca de un partido político mayoritario que, supuestamente, les aportaba honorabilidad. Eso ya es pasado. Ahora mismo la marca PP, PSOE, CiU, están desprestigiadas y eso hace que se muevan en política como animales heridos. No les extrañe que detrás de todo lo que hemos visto, y nos queda por ver, no exista una estrategia de los dos partidos mayoritarios, en alianza con otras parcelas de poder como la de los medios de comunicación, por desestabilizar gobiernos municipales hasta provocar mociones de censura que coloquen a uno u a otro al frente de las alcaldías y gobiernos autonómicos. Yo sí he visto The Wire.

Presiento que detrás de todo esto solo hay un interés diáfano en bloquear el acceso de los ciudadanos, de la gente corriente, de usted y de mí, a la gestión política de nuestras ciudades y naciones. Para ellos, nuestra participación empieza y acaba en la introducción de la papeleta en la urna. El resto, siempre que no esté bajo su exclusivo control, les incomoda. Llevan años en su sancta sanctórum, como intocables sacerdotes vitalicios, y la dimisión de Zapata por cuatro chistes de mal gusto les ha dado argumentos para levantar sus barricadas.

Los chistes de Zapata eran lo de menos. Ellos los cuentan iguales o peores –sigan a Pablo Casado, jefe de campaña electoral del PP y verán- pero nadie los saca de contexto. Los tuits de Zapata llevaban cuatro años colgados en la red y nadie se había ofendido. Bastó que los medios de comunicación generales les diesen difusión y alimentasen la polémica para atraer el foco de atención. Esa es la venganza de los medios a las redes. Una llana demostración de poder.

Yo mismo he escrito tuits, muy retuiteados unos y perfectamente ignorados otros, que si tuviese un cargo público podrían utilizarse para atacarme. De igual manera sucede con algunos de mis estados del Facebook, párrafos de artículos o mis preciosas fotografías en Instagram en paños menores. Todo vale para tamizar los criterios que legitiman a un ciudadano para ejercer cargo público. Es muy sencillo confundir en la era de la información. Basta lanzar la liebre que del resto ya nos ocupamos los galgos. Es verdad que ese tipo de chistes y bromas solo tienen sentido en el ámbito privado. En una plataforma pública se abren a los demás y pueden ofender. Defiendo la libertad de expresión pero también las consecuencias de ella. Es tan sencillo como reconocer que ahora, como concejal, no se harían pero que en el pasado, como ciudadano, se hicieron. Y afrontar con honestidad las razones que los provocaron. Puestos a ser tiquismiquis, me resultan menos preocupantes cuatro tuits de un señor escritos cuando ni siquiera se le había pasado por la cabeza entrar en política que los comentarios que hacen voces de las nuevas generaciones de los partidos y que, en su ADN, sí está llegar a ser cargo público. Y repito a Pablo Casado como ejemplo cuando dijo, en un mitin, que los de izquierdas estaban todo el día “con la guerra del abuelo, con las fosas de no se quién”.

No debemos olvidar que la gente de Ahora Madrid, por ejemplo, son, en su mayoría, personas como usted y como yo que han decidido dar un salto honorable a la primera línea. Si excluimos de esa posibilidad a todos aquellos que hayan gastado una broma de mal gusto, que se hayan reído de un comentario machista, que hayan hecho una paja por internet, estamos limitando la entrada de la gente corriente en las instituciones. Estamos vulnerando nuestro propio derecho. Los nuevos concejales de los ayuntamientos, que provienen de partidos recién creados o de iniciativas ciudadanas, no han cometido ningún delito. No se puede decir lo mismo de algunos candidatos de los partidos de larga trayectoria. Sacan a la luz opiniones, salidas de tono, mezquindades, que tampoco invalidan a nadie para cargo público. Una vez lanzada la disculpa, estaremos atentos pero me resulta desproporcionado que pidamos, con la misma intensidad y legitimidad, la dimisión de alguien por hacer un chiste que por tener una cuenta en B con la que financiar ilegalmente a su partido. ¿Hemos perdido la cabeza?

Lo lamentable es que esto no ha hecho más que empezar. Hay partidos políticos y simpatizantes dispuestos a escrutar hasta el último rincón del pasado, hasta la última bolsa de basura, hasta la última telaraña del desván, de todos y cada uno de los candidatos de Ahora Madrid con el único objetivo de deslegitimarlos en sus concejalías. Y ahora, crecidos en su bajeza tras la primera dimisión, insisten en su estrategia empezando a resultar patéticos. Porque los intentos de buscar la dimisión de Rita Maestre o Beatriz Gimeno son de una limitación intelectual asombrosa. Pero claro, cuando ya se ha tragado con cuatro chistes, a ver quién es ahora el guapo que sube el listón.

Me temo que idéntica suerte correrá el equipo de Ada Colau en Barcelona. La verdad, no sé si yo sería capaz de gestionar nada si tengo que estar dando explicaciones cada veinte minutos de lo que hice o dije hace veinte años pero bueno… supongo que la gente ya sabe a lo que se arriesga cuando da un paso al frente. Buen argumento para la cobardía. Pero ya les digo que ese debe ser mi criterio, que visto lo visto, es el criterio de un radical, de un maldito soviet de esos que solo busca desestabilizar algo más que a su báscula.

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