Siempre Zerolo

(NOTA: ESTE ARTÍCULO FORMA PARTE DE LAS COLUMNAS QUE ESCRIBO PARA ‘EL ASOMBRARIO’ Y QUE NO ENLAZO A ESTE BLOG NUNCA PORQUE CREO QUE ES EN LA PROPIA PÁGINA DE “EL ASOMBRARIO” DONDE DEBEN LEERSE. SIN EMBARGO, EN ESTE CASO, LO HAGO. POR PEDRO, POR LA MEMORIA, POR LA DIGNIDAD DE GAYS, LESBIANAS, BISEXUALES Y TRANSEXUALES, POR LOS DERECHOS HUMANOS)

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La orfandad no siempre es un estado relacionado con la paternidad. Nos sentimos huérfanos mucho más de dos veces en la vida, que sería lo naturalmente lógico. Y ese desamparo está más relacionado con la percepción de una ausencia ligada a nuestra estabilidad, a nuestra tranquilidad, a nuestra seguridad. Habitamos un planeta en el que miles, tal vez millones de personas, soy incapaz de cuantificarlo, se levantan cada día con un único objetivo: hacerle la vida más fácil, más justa, más ecuánime, a los demás. Esa es una batalla agotadora, por incomprensible que nos parezca. Y esos miles, tal vez millones, que son minoría si contabilizamos al grueso de la humanidad, son los miles/millones que hacen del progreso una realidad. Por eso el martes 9 de junio de 2015, he vuelto a sentir la orfandad. La orfandad instantánea del que siente que pierde a alguien que velaba por su felicidad, por sus derechos, por su libertad. Ese alguien era (es) Pedro Zerolo.

Parto de la base -lo he dicho tantas veces que me agota pensar que voy a repetirlo- de que no soy ni me siento activista. He visto tal entrega, tal perseverancia, tal contundencia en los activistas que he conocido en mi vida que sería un atrevimiento indecente por mi parte querer sujetar su pancarta. Me limito a ser alguien coherente conmigo mismo y responsable con mi tiempo y mis contemporáneos. Poco más. Y mi primer contacto con el activismo llegó, como tantas otra cosas, desde el cine. En aquel momento no le ponía nombre a lo que veía. Me limitaba a admirar esas personalidades. Luego, con el tiempo, comprendí que el Jefferson Smith que interpretaba James Stewart en Caballero sin espada (Frank Capra, 1939) o el Atticus Finch que inmortalizó Gregory Peck en Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) eran activistas. Y la primera vez que escuché hablar a Pedro Zerolo, con su acento dulce pero implacable, con su sonrisa entregada y su melena rizada y casi simbólica, supe que le admiraba como sólo se admira a aquellos que son capaces de luchar por los demás.

Llegué tarde a Jordi Petit. Tal vez por eso Zerolo es para mí, para muchos de mi generación, la primera imagen pública de alguien que se sentía orgulloso de ser homosexual, que hablaba desde el convencimiento que da combatir por los derechos civiles. Era nuestro Harvey Milk mucho antes de que yo supiera quién era Harvey Milk. De ahí que hoy no pueda existir un gay, una lesbiana, un bisexual, un/una transexual en este país que no tenga el corazón enlutado por el fallecimiento de Pedro Zerolo. Lo contrario sería indecente. Conocieras personalmente o no a Pedro, hoy debes rendir tributo a quien peleó por tus derechos cuando tú te protegías en un armario, o te buscabas entre tus compañeros de la clase de gimnasia, o recorrías los parques oscuros buscando un encuentro fortuito, o no salías a celebrar el orgullo por miedo a que un periodista te sacase una foto y fuese portada de algún medio de comunicación. Pedro Zerolo, nunca solo, eso sí, es un nombre propio fundamental en la historia de los logros civiles en este país y en la lucha del colectivo lgtb, siendo uno de los artífices que colocó a España, por primera vez desde el siglo XVII, en la vanguardia mundial al conseguir la ley de matrimonio igualitario. Nuestro bienestar, nuestras satisfacciones de hoy, fueron su lucha y sus desvelos. Y solo por eso hay que estarle eternamente agradecidos. No solo el colectivo lgtb; cualquier ser humano de bien.

La vida me regaló la oportunidad de conocer a Zerolo. Compartí con él puntuales instantes que siempre adquirían una traza singular gracias a su arrolladora presencia. Le escuché oficiar bodas, darle ‘carta de ciudadanía’ a un niño que no hizo la comunión pero también tenía derecho a celebrar que entraba a formar parte de una comunidad, preparar conjuntamente un programa de televisión que nunca llegó a materializarse, le escuché bromear y le presté atención cuando hablaba de su enfermedad con la entereza y valentía que yo siempre he necesitado en los demás para ver si de una puta vez se me pegaba algo. Incluso le atendí cuando, con una elegancia extrema, renunció a entrar en el juego de aquel indeseable que habló de “castigo divino” cuando le diagnosticaron el cáncer.

He escuchado, en apenas unas horas desde que conocimos la noticia de la muerte de Zerolo, gente que es capaz de matizar su trayectoria hasta su entrada en el PSOE, como si eso deslegitimase todo lo demás. Y lamento a un país sin perspectiva, que confunde la actitud crítica con la desafección, que se refugia en la inmediatez para minusvalorar conductas y actuaciones que difícilmente podrían estrechar con el ancho de su abrazo. Es cierto que la clase política no ha tenido una conducta ejemplar en los últimos años pero también estoy seguro de que mucho mejor les hubiera ido a los políticos de este país si hubieran escuchado mucho más a Zerolo. Y, por favor, seamos capaces de valorar con especial respeto a aquellos que pelearon por nuestros derechos cuando nada era fácil, cuando todo era intransigencia y oscuridad, cuando la visibilidad se pagaba con la exclusión. Por favor, que no hay nada peor que los matices desagradecidos.

Si bien al comienzo de esta columna, que rechazo como obituario, hablaba de un sentimiento de orfandad, sería un ingrato si acabase estos párrafos aferrado a esa sensación. Zerolo no lo consentiría. Porque él siempre se reconoció parte de un colectivo activista, donde la suma de muchos hacían posible el logro. Por eso debo decir que no estamos huérfanos de derechos, ni de libertades. Pedro dirigiría a todos, desde algún lugar en el horizonte del camino de baldosas amarillas, para seguir luchando por los derechos humanos. Él no está físicamente pero su fuerza, su valentía y su entrega seguirá abrigando nuestro bienestar e impulsando a los activistas aunque los vientos de la intolerancia soplen fuerte.

Siempre Zerolo. DEP.

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  1. Paco Tomás una entrada estupenda!! Soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la Univerdidad Rey Juan Carlos (Madrid), estoy realizando con unas compañeras un trabajo de sociología a cerca de la homosexualidad, seria de gran ayuda si pudiera contactar con usted.
    Un saludo

  2. Estupendo artículo!! Soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid), estoy realizando una investigación a cerca de la homosexualidad y el consumo que realiza, seria de gran ayuda poder ponerme en contacto con usted.
    Un saludo

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