Los pitidos

Los pitidos no me gustan. Confieso que no soy imparcial. Convivo con uno llamado acúfeno y aunque uno se acabe acostumbrando a su frecuencia les aseguro que resulta bastante incómodo. Por eso cuando las personas emplean el silbido como modo de expresión siempre he pensado que, en el fondo, lo que quieren es molestar. Y sí, molestar forma parte de la libertad individual; y sí, es una forma de expresión.

En democracia la libertad de expresión es un valor fundamental, innegociable. La trampa está en que por mucho que te expreses, puede que nadie te haga caso. Muchos creen que la libertad de expresión es un derecho ligado directamente a la fiabilidad de sus palabras, a la aceptación de sus teorías y a la consumación de sus propuestas. Y no. Es simplemente el derecho a expresarlas, nada más. De ahí que las sociedades modernas, respetuosas con tu opinión pero perfectamente sordas a aquello que no les interesa escuchar, hayan convertido la molestia en un argumento para llamar la atención. ¿Creen ustedes que yo sabría que los técnicos de las subcontratas de Telefónica están en huelga porque trabajan en unas condiciones precarias, con contratos de dos horas diarias para cobrar apenas 800 euros al mes, si no fuera porque me tienen sin internet y sin teléfono fijo desde hace dos semanas? Posiblemente no. Y es que molestar se ha convertido en la única manera de reivindicar, algo que dice muy poco de la consideración que tiene el sistema con sus conciudadanos.

Quizá por eso cuando una monumental pitada recibe al himno español en la final de la Copa del Rey de fútbol lo que deberíamos hacer es intentar comprender las razones, ya históricas, que la han provocado y no, desde mi humilde punto de vista, proponer cambios legales para castigarla y sugerir que no sea reconocida como libertad de expresión. Esa es la intención del Partido Popular. Y llámenme suspicaz pero cuando un partido político avisa de que va a incorporar cambios legales que maticen un derecho fundamental, tiemblo.

Me gustaría tener unos representantes que debatiesen, analizasen y elaborasen unas propuestas para intentar solucionar un conflicto arraigado en la sociedad española desde hace años y no que se limiten a impedir, porque prohibir es la fórmula más torpe de gobernar.

Dicho esto, repito, no me gustan los pitidos. Me gusta el diálogo, no la imposición. Disfruto de la serenidad y detesto la molestia. Y los pitidos me parecen un mecanismo más de expresión de un malestar pero se presentan como la exteriorización más maleducada de todas. Celebrar la victoria de ‘La Roja’ en el Mundial y luego pitar el himno español, disculpen mi ignorancia, me parece una contradicción interesada. Puede que me falte información, no lo descarto, el fútbol nunca fue mi ecosistema, pero si uno tuviera que ser fiel a sus principios quizá sería mucho más honesto aducir objeción de conciencia y no participar de un torneo llamado Copa del Rey, y ahorrarse así el disgusto de tener que soportar un himno en la final. Y si resulta que se llama Copa del Rey como podría llamarse Copa Danone, pues entonces no deberíamos darle mayor importancia. Bastaría con dedicarnos a ir al baño durante el himno, visitar el bar o hacernos selfies y luego disfrutar del partido. Supongo que se llama convivencia. Del mismo modo que no se me ocurriría reivindicar un estado laico en plena ofrenda a La Moreneta. No porque no esté en mi derecho y no crea en ese modelo de Estado sino porque me parece inoportuno. Y porque considero que tengo muchas más oportunidades de reivindicar mi opinión, incluso de forma más efectiva, que esa.

Yo, que soy más partidario de la indiferencia que del desprecio, sopeso las ventajas y desventajas que rodean mi posible participación en un acto o evento para poder decidir si me compensa o no participar en él, si estoy prostituyendo mis principios e ideales por estar ahí. Si la satisfacción que obtengo es mayor, acudo pero no con la necesidad testaruda de reivindicar mi desprecio por algo que, en esa valoración previa, tampoco me ofendía tanto como para renunciar al espectáculo posterior. ¿Me estaré volviendo conservador? Ahora me he preocupado.

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  1. Sobre himonos y pitadas he estado tentado también yo a escribir.
    Al final no lo he hecho y se me ha pasado el arroz. Pero me gusta encontrarme tu entrada por aquí. Me gusta, porque está argumentada, porque llama al diálogo en vez de a enrocarse en sorderas por todas partes.
    Si comenzamos recortando libertades (como ya hemos hecho con la ley mordaza) vamos avanzando hacia el sojuzgamiento, hacia la separación, hacia la soberbia de creer que la razón la tenemos (siempre, siempre) nosotros.
    Los clubes, en este caso, y por otro lado, han dicho aquello de “no hemos sido nosotros los que hemos pitado, han sido los aficionados”. Eso da la excusa para jugar la copa del rey.
    Lo dicho, gracias por escribir esta entrada.
    (y un gusto encontrar tu blog)

  2. Leo esta fantástica entrada cuando los ecos de los pitidos están ya bien lejos… problemas de tiempo, supongo. Si cambamos pitidos por cualquier comentario o twitt incendiario de los que recorres RSS los últimos días el texto mantiene intacta su validez. Gracias por expresar tan bien ideas tan claras. Un gusto leerle

  3. Pedro Javier Megia

    Como siempre, me encuentro tus artículos a destiempo, cuando reviso mi bandeja de entrada y aparecen los correos anunciando los nuevos, pero como por ellos no pasa (el tiempo), los reviso y siempre me gustan, asombran y reconfortan, por la sensatez e inteligencia de tus palabras y argumentaciones, así que es es un gustazo leerlos, aunque sea a destiempo.

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