La locura de Esperanza

Habitamos un universo de luces y sombras. Algunos hasta hemos llegado a disfrutar de ambas con la misma intensidad. Sin embargo, todos entendemos que la luz resulta una metáfora mucho más alegre que la oscuridad. Y en estos tiempos de superación, de competitividad, de extrema supremacía, solo ganar nos alegra.

Los que conocemos el lado menos centelleante de la vida nos acostumbramos a valorar la posibilidad de perder como un riesgo más (no deseado, las cosas como son). Durante mucho tiempo pensé que era pesimista por tener siempre en cuenta que las cosas no podían salir como deseaba pero tras asumir que la fe ciega en el optimismo me había abocado a la fosa del desencanto extremo demasiadas veces, opté por enfrentarme a la vida aceptando que siempre hay dos posibilidades: que las cosas salgan como deseo o que no salgan. Me vacuno contra un optimismo exacerbado y voy educando al ego en el arte de saber perder. En esta vida (de momento no conozco ni sé de otra), he perdido más veces que he ganado así que les aseguro que sé de lo que hablo. Saber aceptar la derrota es uno de los tragos más amargos que conozco porque no solo genera dolor sino que te obliga a hacer autocrítica y eso es aún más difícil. Pero dejar en evidencia que no se sabe perder, que uno se niega a aceptar la derrota con dignidad, eso además es patético.

Esperanza Aguirre ha envejecido veinte años en la última semana. Y no es el estrés de la campaña. Ni siquiera los malos datos obtenidos en las pasadas elecciones municipales por Madrid. Es la enajenación que provoca no saber aceptar la derrota. Ya sé que defiende que es el partido más votado y que por un concejal ha ganado las elecciones pero ella, que acusa a los demás de ser partidos al margen de la Constitución, debería aceptar las reglas del juego democrático y asumir que cuando no se tiene mayoría absoluta (opción que desterraría de todo sufragio universal por lo mucho que me recuerda a un absolutismo democrático) uno debe asumir que el resto de fuerzas DEMOCRÁTICAS (cuando uno se presenta a las elecciones y es elegido por el pueblo en las urnas forma parte del sistema democrático) pacten y le quiten el poder. Así son las reglas. Además, no pareció importarle tanto cuando el PP pactó con IU, en 2011, en 60 ayuntamientos para impedir que gobernase en PSOE. Y esos pactos sí que eran contranatura y no un acuerdo entre fuerzas de centro izquierda que, con los datos en la mano, sí fueron la opción política más votada en las pasadas elecciones. Si sumamos los votos, independientemente de los partidos, la mayoría gritaba cambio. O sea, que es más saludable que gobierne la idea que refrenda la mayor parte de la ciudadanía que el partido político que apoyó una minoría de la población total. Para que vean que todos los resultados son interpretativos.

No reconocer la derrota es más humillante que perder. Y cuando se tienen 63 años eso ya resulta grotesco. Cualquier manual de habilidades sociales –algo de lo que presume estar bien dotada la señora Aguirre- dice que los pasos a seguir para quedar como un buen perdedor empiezan por felicitar al ganador. Aguirre se felicitó a sí misma y a su partido. Otro ejemplo más de que los resultados electorales son como el final de Perdidos: cada uno tenemos una versión.

Ustedes recordarán, porque tienen memoria, que durante muchos años escuchamos a todos los partidos políticos, PP el primero, decirle a la izquierda abertzale que las ideas, en democracia, se sometían al veredicto de las urnas y se defendían en el Parlamento, no con las armas. Entonces nació Bildu. Repitieron el mismo consejo tras el 15-M. En estas elecciones, todo ese espíritu se ha manifestado en forma de iniciativas ciudadanas, como Ahora Madrid, que se ha presentado a las elecciones y ha obtenido un importante apoyo de las personas. Lo que no es de recibo es que cuando esas ideas ocupan posiciones en el tablero de la política, el PP reaccione negándoles el pan y la sal. No puedes santificar el sistema, dar lecciones de democracia, si luego no vas a ser capaz de cumplir sus reglas. Lo que ha hecho Esperanza Aguirre esta semana es mucho más antisistema, mucho más radical, con K de Venezuela que diría Bauzá, que un grupo de vecinos impidiendo un desahucio, una marea inundando la ciudad a favor de la Sanidad y la Educación públicas, un lazo naranja en la solapa de los trabajadores de RTVE o millones de ciudadanos hartos de políticos y empresarios corruptos. Y para Aguirre, los radicales son, precisamente, todos menos ella y sus votantes. ¿Existe algo más radical?

Incluso los hay que ya anticipan las intenciones de una Aguirre poseída por el personaje de Glenn Close en Damages, preparando un nuevo ‘tamayazo’, uno de los acontecimientos más deleznables de la historia de la democracia en este país. Hay tanto en juego, tanto constructor ambicioso que se las veía venir felices, que las cantidades que se podrían manejar para comprar un posible voto son obscenas. Sin embargo, no creo que nada de eso vaya a suceder. Primero porque sería tal bofetada a la ciudadanía que tal vez nadie pudiese parar una revuelta seria. Y segundo, porque los posibles partidos vulnerables de ser tentados se juegan más en ese desliz de lo que se creen. Para el PSOE sería su muerte definitiva. Para Ciudadanos sería decir adiós a cualquier ambición política de cara a las generales. Y dentro del propio Ahora Madrid sería tan decepcionante que dinamitaría la ilusión y me atrevería a decir que al propio corrompido, dejando la estela de Podemos a la altura del subsuelo.

Es lamentable acabar una trayectoria abandonándose a la demencia. Como en La locura del rey Jorge, el fin de los días políticos de Esperanza Aguirre (así se vislumbran si algún psicólogo –o psiquiatra- no pone remedio pronto) se anticipan deteriorados, abriendo una seria crisis alrededor de la regencia. De eso sabe mucho Aznar. Cristina Cifuentes no ha tardado ni un instante en postularse como la nueva centro derecha moderada. Líbreme Dios de los moderados modelo Gallardón. Pero en medio de todo este tsunami, o alguien retira a Aguirre de la vida pública –Rajoy y Cospedal lo están intentando- o ella solita termina de hundir al PP de cara a las Generales. Debe ser duro pasar de la cumbre a los infiernos en un solo tropezón. La humildad nunca fue una virtud de la jefa del PP de Madrid. Tal vez ya sea demasiado tarde para enseñarle cuatro nociones de moderación. Ahora es tarde, señora.

aguirre-

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