El rechazo

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Me he dado cuenta, porque uno se acaba conociendo con el tiempo, que los instantes en los que el malestar se acomoda en mi sofá suelen tener un denominador común: el rechazo. No podemos aislarnos de él, como si fuera el frío en el invierno, porque forma parte del aspecto más trascendental de la existencia humana, la necesidad de intentar. Intentamos conseguir un puesto de trabajo, intentamos encontrar el piso perfecto, intentamos una subida de sueldo, intentamos tener un bebé, intentamos enamorar a la persona que nos gusta. El intento, el hecho de albergar siempre una posibilidad, es el motor de nuestra conducta. Pero la posibilidad siempre es opción y no siempre voluntaria. Eso supone que debemos aceptar las reglas del juego y el fracaso, el rechazo, siempre aparece en las instrucciones escrito con una letra muy pequeña.

Tranquilos. Ni he desayunado lo mismo que Jorge Bucay ni sueño con acabar mis días convertido en un nuevo Paulo Coehlo –aunque no rechazo su cuenta corriente- pero en esta jornada electoral he decidido no envenenarme la sangre con la miseria que se esconde en algunas intenciones de voto y centrarme en reflexionar, muy superficialmente, sobre el rechazo.

Cuando nos damos cuenta del peso emocional del rechazo siempre es cuando somos víctimas de él, jamás cuando lo llevamos a cabo. Somos mucho más condescendientes con la vida cuando admitimos aquello que no queremos o no nos gusta que cuando los no aceptados somos nosotros. Supongo que es una reacción muy natural pero a mí me cuesta convivir con esa posibilidad. No la bloqueo, sería tan absurdo como pretender vivir en una ficción -¡qué maravilla!-, pero es la llave que nos obliga a sentarnos con nosotros mismos y mantener esa conversación mil veces aparcada.

La búsqueda del amor es, con seguridad, el ámbito humano en el que el rechazo hiere más. En los otros aspectos de la vida siempre hay razones que si bien no atenúan nuestro malestar sí nos sirven para comprender las circunstancias que nos han impedido lograr el objetivo marcado. Sin embargo, en el amor, y me atrevería a decir que también en el sexo, el rechazo ataca directamente a la línea de flotación de nuestra personalidad. No tiene que ver con nuestros estudios, con nuestra preparación o con nuestro poder adquisitivo. Tiene que ver con nuestro carácter, con quienes somos realmente, y en muchos casos, con nuestro físico. Y aunque uno sabe que la vida es una continua apuesta en una máquina tragaperras, esperando que algún día las cuatro fresas aparezcan en línea y el premio se materialice, hay momentos en los que dudamos si la máquina estará trucada, si el premio saldrá alguna vez y sí los afortunados seremos nosotros. Y ese miedo al rechazo puede que nos empuje a no intentar aquello que deseamos. Por lo tanto, puede llevarnos a desperdiciar la vida.

No pretendo escribir una columna de autoayuda. Bastante tengo yo con lo mío como para pretender aconsejar a nadie. Pero esa filosofía vital del optimismo como la única opción válida, del intento por el intento, sin medir las consecuencias, me agota. Necesito mi espacio para el duelo, para sentirme triste ante el rechazo, para naufragar y buscar la orilla. Porque si la vida es un intento duradero, quiero que comprendan que hay días en los que no me apetece volver a perder. Y en esos días repliego velas, me escondo en la madriguera hasta que sienta que el invierno ha terminado. Aunque solo sea una ilusión óptica.

No es cuestión de no atreverse; es cuestión de probabilidades, de estadística, de victorias. Y solo el triunfo avala la determinación con la que nos levantamos cada mañana. Solo ganar nos ayuda a sonreír. Tener que asumir que quienes te desean no son tu deseo y que la causa de tu deseo no te desea es la cuna de la frustración. No la exijo pero sí reivindico su espacio. Que a veces el repertorio de frases hechas –“ánimo, ya verás como todo cambia”, “pues peor para él”, “todo irá bien”- no hacen otra cosa que aumentar la herida.

Estarán conmigo en que he hecho lo imposible para intentar no hablar de política en tal día como hoy. Lo que no tengo claro es si lo he conseguido.

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