Creer o no creer

Habitamos un escenario en el que la información es estrategia. No importa la cantidad de medios de comunicación que consultemos o las fuentes a las que acudamos para informarnos. Acabamos albergando la sensación de que en este océano de pluralidad hay tantas opiniones que el bombardeo informativo responde a una táctica de confusión mas que a un interés por instruir o revelar.

Es cierto que la realidad es cambiante y que en la era de la inmediatez una información puede sufrir una alteración radical de un día para otro. Sin embargo, me confunde el valor que adquieren las encuestas como testimonio. Los resultados de esos estudios ya no son solo documentación, herramienta de uso y consumo para aquellos que las encargan, y adquieren el estatus de titulares de la información, de noticia en sí misma. Tampoco es algo novedoso pero lo que sí que me resulta propio de estos tiempos es lo mucho que se desvían unas de otras. Eso, al darle a la encuesta la trascendencia y la relevancia de una noticia, solo genera incredulidad. No porque se mienta sino porque se desconfía de una realidad tan caprichosa.

En los últimos meses he leído, con cierta percepción lisérgica, que las elecciones las iba a ganar Podemos, también que volvía a triunfar el PP, e incluso he llegado a ver una en la que ganaba el PSOE, dato que ya cruza la línea que se adentra en el género fantástico. Estamos acostumbrados al mareo de cifras y datos pero nos perturba asistir a una ecuación matemática, con lo exacta que es esa ciencia, que demuestra lo poco rigurosa que es nuestra intención de voto. Esa evidencia no es la que me intranquiliza. Al contrario; me gusta creer que habito en un país donde el electorado está instruido en la democracia, conoce el poder de su voto y lo emplea con la capacidad crítica que exige el compromiso con su tiempo. Es evidente que eso, en España, también entra en el apartado de la ciencia ficción pero bueno… Lo que me confunde es la propia estadística pero, claro, yo soy de letras y aún recuerdo la cara de estupor que se me quedó cuando, en clase de matemáticas, me enfrenté a una derivada y lo que tenía ante mí eran consonantes y vocales entre paréntesis, quebradas o elevadas al k-1 en lugar de números. Ese instante y la aparición de los cenobitas en Hellraiser siguen siendo, para mí, la imagen recurrente del pavor.

No cuestiono la estadística como ciencia. En ella se basa la mayor parte de la investigación científica. Pero lo que siempre me ha generado cierta indefensión es ese valor absoluto y determinante que le otorgamos a unos datos que, si bien son representativos, se sustentan sobre la argumentación quebradiza de lo futurible. No solo me pasa con las encuestas de intención de voto, también me sucede con las audiencias televisivas, un universo en el que convivo a diario y que cada día me parece más tenebroso.

Supongo que lo que me resulta incomprensible es asumir los datos que en muchas ocasiones se destilan de esas estadísticas. Disculpen si ofendo su intención de voto con este comentario pero me resulta incomprensible que alguien, a día de hoy, en España, conociendo lo que conocemos e intuyendo que es solo la punta del iceberg, pueda votar, con la conciencia tranquila, al Partido Popular. Asumo que todos se votan a sí mismos y eso siempre les proporciona una cantidad fiel de votos pero el resto, les juro que sigue siendo una incógnita como cuando equis tiende a infinito. O tener que aceptar que España prefiere ver a unos famosetes en una isla que un programa de actualidad cultural. Tal vez, ante ese miedo que provoca el abismo, tiendo a engañarme buscando fisuras en la estadística, magnificando el error para no tener que asumir la desolación de la evidencia.

Aunque si ustedes escriben “fiarse de las encuestas” en Google, todas las entradas tienen como protagonistas a una estirpe de políticos –Esperanza Aguirre, Alicia Sánchez-Camacho, Javier Arenas– advirtiéndonos de que no hay que fiarse de ellas. Ignoro si eso forma parte de la estrategia que comentaba al comienzo de esta columna pero lo que sí puedo asegurarles es que no hay nada más desmoralizador que descubrir que, en algún momento, has podido llegar a la misma conclusión que ellos. Casi prefiero engancharme a la nueva edición de Supervivientes y dejar que la lobotomía siga su curso.

Un Comentario

  1. Juan

    Me gustaria saber hasta que punto todos, la gente, nos las tomamos en serio. Seria ironico hacer una encuesta y estadistica sobre la confianza que tiene la poblacion en las encuestas y estadisticas.
    Total, cada vez que alguien habla de esto espero la llamada telefonica en la que pueda decir que creo que la tierra es plana y que voy a votar a la falange.

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