La moral norteamericana

El origen del mundo

Puede que los tiempos hayan cambiado pero también es posible que lo hayan hecho solo en apariencia. Tal vez Estados Unidos ya no se visibiliza, a nivel mundial, como la gran potencia todopoderosa. Supongo que la gran crisis financiera ha puesto en evidencia las deficiencias de su sistema a ojos de todo el planeta. No descarto que ahora resulte más rentable un inversor chino, incluso ruso, que un norteamericano. Pero Estados Unidos sigue teniendo el poder más importante que existe: el del control de nuestras conductas.

La ‘norteamericanización’ de la cultura universal es de una obviedad aplastante. A los pueblos no se les domina con armas y ocupaciones militares. Así se les puede someter pero tarde o temprano se producirá la revuelta. Es infinitamente mucho más rentable colonizar las mentes, hacer creer a toda una nación que un refresco de cola, un villancico de Bing Crosby o un establecimiento de comida rápida les pertenece tanto como un recuerdo familiar. Y esa es la gran conquista norteamericana: hacer que los cinco continentes sientan la Coca Cola, el McDonalds y Nike como propios. Si antes mencionaba al poderoso imperio chino, con una historia que se remonta a más de 5000 años, resulta inquietante que hasta esa civilización milenaria esté sucumbiendo a la efectiva introducción de la cultura norteamericana desde finales del siglo XX. Vestir de una manera occidental, la irrupción de grupos de rock o pop –con claras influencias estadounidenses- e incluso los estilos de vida que ven en las películas de Hollywood están modificando a la población oriental.

Yo, que soy bastante consciente de mi identidad a pesar de ser fruto de una cultura audiovisual dominada por los Estados Unidos, a pesar de disfrutar de una hamburguesa y de un cocido, a pesar de emocionarme con una copla y con un blues, hay algo que me preocupa bastante más que la escalofriante cantidad de Starbucks que hay en mi barrio, aunque eso me alarme en el fondo. Se trata de la imposición de la moral norteamericana. No solo modifican nuestra cultura sino que están empezando a contaminar nuestra visión del bien y el mal. Buena prueba de ello son los criterios de censura de contenidos que se manejan en las redes sociales, controladas por mentalidades estadounidenses.

Hace poco leí un artículo que apuntaba que los norteamericanos no tienen moral individual sino colectiva. Manejan una moral social. A ellos eso de que cada persona sea responsable de sus actos les parece algo aberrante. Prefieren el grupo al individuo, la complacencia a la curiosidad, la conformidad a la originalidad y la seguridad a la libertad. Ahí radica gran parte de su potencial; da igual que uno sea demócrata o republicano, ante la nación no hay ideologías. Eso produce un tipo de moral muy controvertida; esa que, como en los escalofriantes retratos de las mujeres texanas que realizó la fotógrafa Shelley Calton, es capaz de abrazar a un niño sin soltar el arma de fuego de la mano.

Es cierto que el control de las redes sociales por grandes grupos norteamericanos está imponiendo una moral en la conducta individual que me resulta preocupante y, ante todo, muy poco saludable. Con unas normas más antiguas que el hilo negro, la compañía que dirige Mark Zuckerberg –hablo de Facebook y desde 2012 también de Instagram-, impone unos principios de moral social que anteponen la masa frente al individuo. En su obsesión por la seguridad, ante la duda de que un menor pueda ver el cuerpo desnudo de un hombre o una mujer, la moral social norteamericana decide vetar el desnudo. Prohibir, la fórmula más torpe de educar. Se estigmatiza el cuerpo humano frente a otro tipo de contenidos infinitamente más violentos. En un alarde de progreso, llegan a permitir la publicación de fotografías de mujeres dando el pecho siempre y cuando no se muestre el pezón. Incluso una persona está autorizada a denunciar tu foto si considera que es un contenido inapropiado según su estricto baremo de lo inmoral. Eso provoca situaciones tan absurdas como la que llevó a un internauta francés a denunciar a Facebook por cerrarle su perfil personal al colgar en él una imagen del cuadro El origen del mundo de Gustave Courbet, expuesto en el Museo de Orsay, en París. O la reciente prohibición del emoticono de la berenjena en Instagram para que no se pueda crear un hashtag seguido del dibujito de la verdura ya que tiene connotaciones sexuales y, según la moral estadounidense que rige estas redes, se empleaba para reconducir al usuario hacia fotografías de desnudos, algo realmente escandaloso.

Me preocupa que esa falsa moral pueda estar colonizando nuestra saludable capacidad de disfrutar de la imagen de unas nalgas desnudas o un par de tetas. Prefiero la España que encumbró a Sabrina Salerno por dejar escapar su pecho en un especial de nochevieja que a los Estados Unidos que crucificaron a Janet Jackson por exactamente lo mismo, llevando su caso a la Suprema Corte de Justicia y multando a la cadena con 550.000 dólares por indecencia. Quizá la verdadera colonización se produce cuando logras que a un pueblo le escandalice lo mismo que a ti porque entonces será mucho más sencillo que le convenzas de lo que le tiene que gustar.

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