El rayo de Aladdin Sane

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El pasado fin de semana un amigo que reside en Valencia me aseguraba, con cierto estupor, que en España somos capaces de parodiar cualquier situación. Y eso, que de entrada resulta positivo ya que se trata de un mecanismo de defensa y de supervivencia muy recomendable, nos ha reblandecido la actitud crítica hasta el extremo de llegar a convertir algo intolerable en un divertimento y, por lo tanto, transformar en admisible lo inadmisible.

Él recordaba que en Valencia, cuando la indescriptible Rita Barberá hizo su discurso de la Cridá de Fallas, inventándose palabras como ‘sermó’, ‘bosquem’ o ‘caloret’ -particular traducción de ‘calorcito’ en castellano-, todos los partidos de la oposición mostraron su indignación ante semejante ridículo. Sin embargo, toda esa indignación ante la absoluta impunidad con la que una política era capaz de mostrar a la ciudadanía su escaso nivel para el cargo que desempeñaba, se diluyó entre carcajadas, memes y parodias que acabaron fortaleciendo la imagen de Barberá en nombre de la simpatía. La alcaldesa, en lugar de salir tocada de semejante ridículo, se hizo aún más popular. El video de su intervención tenía, en una noche, medio millón de visitas en Youtube.

Los caminos de la simpatía son insondables. En el momento en el que un personaje nos resulta simpático creamos, inconscientemente, una empatía con él que si bien no estoy diciendo que modifique nuestra intención de voto, sí nos hace ser tolerantes ante lo intolerable. En España hay mil ejemplos de personajes vergonzosos, de una catadura ética reprobable, que acabaron como iconos pop porque nos entretenían. Desde Jesús Gil –recuerden que acabó presentando un programa en la cadena amiga- hasta Aída Nízar pasando por Ruíz Mateos. Pero cuando esa ausencia de filtro contamina la política, las consecuencias pueden llegar a dinamitar la actitud progresista de un país y adormecernos en el tranquilo lecho de la paciencia. Pero vamos, que si algo le sobra a España es paciencia.

No estoy criticando el sentido del humor. Jamás se me ocurriría algo así. Simplemente manifiesto que lo graciosa que resulta Esperanza Aguirre en Qué tiempo tan feliz tiene consecuencias mucho más incómodas para nuestro progreso que el caso de “león come gamba” del joven aprendiz de cocinero en Masterchef. Ambos, sucumbiendo al espíritu del pop art, se convierten en fenómenos virales, populares, divertidos y, por consiguiente, grandes negocios. Perdemos la perspectiva del hecho real y tendemos a crear una afinidad con el objeto de la parodia. Por un lado los hay que se divierten y transforman al objeto de su gracia en una especie de icono pop y, por otro lado, los que se apiadan del volumen de la burla y empatizan con el burlado. En ambos casos, la actitud crítica se diluye.

Cuando un político nos hace gracia, aunque sea por la desvengüenza con la que defiende su ideología y sus actos, al contrario de lo que se espera de un icono pop, no resulta efímero. Más bien al revés, como una maldición gitana.

Ya hace tiempo que el cantante Guille Mostaza, del dúo Ellos, me comentaba que la cultura pop había hecho más por la popularidad y la simpatía hacia personajes deleznables que mil campañas publicitarias orquestadas desde los propios partidos. Y me ponía el ejemplo del rayo de Aladdin Sane. Una parte de nuestra sociedad, moderna y transgresora, convierte a Bowie en un símbolo y a la portada del disco Aladdin Sane en parte de esa cultura icónica. En esa cubierta, Bowie aparece retratado por el gran Brian Duffy con un rayo rojo y azul pintado en la cara atravesando su ojo derecho. Ese rayo ha acabado siendo un símbolo pop hasta tal punto que si lo pintamos sobre el rostro de Ana Botella o Rodrigo Rato, dotamos de una característica positiva, atrayente, interesante, atrevida, a alguien que no tiene ninguna de esas particularidades. Ignoro si una madurez crítica bastaría para poder diferenciar el humor, el entretenimiento efímero del pop, y la responsabilidad con nuestro tiempo y nuestros contemporáneos. ¡Viva el humor! De hecho, desde el humor se hace la mayor y mejor crítica política en este país. Pero no confundamos la risa, la carcajada, con la empatía. Son dos cosas bien distintas.

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  1. quieres, Musaquontas, que te contemos cómo hacemos chistes acá sobre el yogurt de soya y la escueta canasta básica???? luego queremos seriedad… pero seguimos haciendo chistes… y los problemas, convertidos en el hazmerreir de toda la población, nunca se resuelven…

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