Guía (de mierda) para ligar por Instagram

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INTRODUCCION

Asumo que habito una era digital. No admitirlo me colocaría directamente en el top five de la categoría de ignorantes definitivos y de ahí es más difícil salir que de la lista de morosos de ASNEF.

Desde pedir comida hasta comprar un libro, desde ver una película de cine hasta sacarse un billete de tren, todo tiene una lectura digital. Sin embargo, cuando esa lectura invade un territorio antropológicamente dominado por las relaciones humanas directas, por el contacto visual, por la palabra y el roce, lo usual se convierte en extravagancia y acabamos desvirtuando nuestra propia esencia en nombre de un progreso malentendido. Por eso me he tomado la libertad de escribir esta columna para echarles una mano, si es que les interesa, a la hora de enfrentarse al amor y el sexo en los tiempos de Instagram.

Resulta evidente que la información que publicamos en las redes sociales sirve para que identifiquemos patrones de comportamiento que, tal vez, se correspondan con la realidad. No hace mucho tiempo que apareció un estudio que mostraba como las personas que se atraen en una red social ponen en práctica los mismos mecanismos de conquista/seducción propios de la era digital: visita habitual al perfil de la otra persona e intercambio continuo de mensajes o likes en las fotos.

Ese ritual adquiere características especiales en la que, a mi entender, es la gran red social de esta década: Instagram. Desde que en 2013 incorporó una nueva función que permitía compartir fotos y videos de forma privada, Instagram es la manera más elegante de ligar. Al menos, así me lo vendieron a mí hasta que la realidad se encargó de poner cada cosa en su sitio.

LA INÚTIL GUÍA

Lo primero que debe dejar claro en esa red social, siempre que el ligoteo sea contemplado como una posibilidad, es que usted ‘está por la labor’. Olvídese de comerse un rosco –o un churro- si solo cuelga fotos de gatos, platos de comida, flores, atardeceres y arquitecturas efímeras. De hecho, ese es el mejor camino hacia la invisibilidad. Muéstrese. Abandone el armario del pudor y afronte que tener perfil en una red social es asumir un exhibicionismo y, ya puestos, exhíbase bien.

Aclare su soltería para no alimentar malentendidos. Una buena manera de hacerlo es añadiendo al perfil una cuenta alternativa en Bender, Tinder, Kik, Badoo o Instamessage. El mensaje queda nítido: o bien está soltero/a o estamos ante alguien que no niega la posibilidad del flirteo. Ambos casos nos interesan. Superado ese paso, el cortejo es sencillo. Eso dicen.

Cuando una persona, especialmente un desconocido/a, le da al ‘me gusta’ a muchas de sus fotos, está llamando su atención. Analice el patrón de comportamiento. Si en la mayoría de esas fotos aparece usted, podríamos pensar que el proceso de seducción digital ha comenzado. Si además esos ‘me gusta’ descansan sobre fotos suyas con poca ropa, es muy probable que esa persona esté ligando con usted. Si por el contrario ese individuo/a valora sus fotos en blanco y negro de actrices de Hollywood de los años 50, olvídese. Le gusta el cine, no usted.

El siguiente paso le obliga a acudir al perfil de la otra persona en cuestión. Lo más probable es que se encuentre con una cuenta privada. Los perfiles privados son el mal, la contradicción máxima. Tener una red social misántropa. Es como si se compra unas deportivas blancas y no se las pone por miedo a que se le ensucien. Le recomendaría que si hay perfil privado ignorase a esa persona como represalia a su confuso concepto de la privacidad. Supongamos que confía y decide convertirse en follower del individuo/a anónimo/a. Si le gusta lo que ve en su perfil, enhorabuena; puede pasar a la siguiente fase. Si no es así, tiene dos opciones: el silencio sepulcral, modelo planta rodadora del desierto, o el evidente rechazo que, aunque sea en la era digital y no exista contacto físico, duele igual. Resulta humillante asistir al aumento del número de seguidores, en un dígito, para comprobar, minutos después, la pérdida de lo que se ganó. Recomiendo seguir solo a aquellos que hallan superado los mil seguidores y ya luzcan la inexacta K en su cifra. Esos usuarios no suelen saber el número exacto de seguidores que tienen y uno puede abandonarlos sin remordimientos ni quedar en evidencia.

Pensemos en la persona que le gusta. Busque inmediatamente esas fotos en ropa interior, selfies frente al espejo, la improvisada foto saliendo de la ducha, ese contrapicado en la playa, marcando paquete, forzando escote o resaltando culo. Empiece a pulsar el ‘me gusta’. Sea selectivo/a, eso sí. No por mucho pulsar amanece acompañado/a. Simplemente, responda al interés de la otra persona dejándole meridianamente claro que le gusta verle/a con poca ropa. Puede que esa persona, acto seguido, le empiece a seguir, si es que no lo hacía antes. Deben ‘seguirse’ mutuamente –el argot de la era digital- porque ese paso es obligatorio para adentrarse en la carpeta blanca. O sea, la función de mensaje privado que ofrece Instagram. Cuando un punto rojo se sitúa sobre esa carpeta que aparece en el ángulo superior derecho de su dispositivo móvil, buena suerte. Lo deseable es encontrarse una foto explícita o una invitación a dar un paso más. También puede encontrarse una convocatoria para un mercadillo solidario. En ese caso, elimine a la persona que emplea la carpeta blanca para fines filantrópicos. La carpeta blanca es al arte de la seducción en la era digital lo que era una primera copa en la barra del bar allá por 1982. De hecho, en ese intercambio de mensajes protegido por la intimidad es cuando se deben ustedes intercambiar los móviles y pasar de Instagram a Whatssap. Y de ahí, a la vida real.

Y ahora es cuando les confieso que aunque gran parte de mi vida sea digital, mi gestión de las emociones sigue siendo analógica.

Aún no he logrado descifrar el código de la supuesta seducción en las redes sociales. Nada es directo, excepto en las app claramente sexuales. Sorprende encontrar desconocidos a los que les gustan determinadas fotos, escriben mensajes con iconos que lanzan besos con forma de corazón, guiñan el ojo y sacan la lengua, pero no tienen ningún interés en ligar. Es muy probable que en la primera cita, cuando intente buscar su boca, le suelten que se equivoca, que no buscaban eso, que solo querían conocerle en persona porque les parece alguien muy interesante cuando el código de la amistad, del acercamiento fraternal, es otro muy distinto.

Ahí es donde sospecho que el abismo generacional ahora es digital. Quizá haya una nueva generación que tiene muy asumido el código de la nueva seducción frente a una vieja promoción que todavía manejamos normas analógicas. En la vida real, si alguien te sonríe y te guiña un ojo, eso es una invitación al encuentro sexual. En la red social, es un trámite amistoso, una cortesía sin importancia. Está claro, no me estoy haciendo mayor. Soy mayor. Lo noto cuando me doy cuenta de lo claras que tengo algunas cosas y de la pereza que me provoca la ambigüedad de los demás. Sí, lo confieso, soy analógico emocional.

  1. Ion

    Teniendo en cuenta todo esto Sr. Paco Tomas, Cómo interpretamos un comentario en un blog? podemos decir que Facebook ha muerto como herramienta de ligoteo en los 2010s?

    • Lo importante es tener claro lo que se pretende. En un comentario de blog, de Facebook o de IG. Y luego ser consecuente. Aunque claro, los que interpretamos todo corremos el riesgo de equivocarnos todo el rato

  2. “analógico emocional”… un mal que padecemos muchos que no entendemos cómo es todo este trámite, los que lo hacemos a la antigua…

  3. Jaime Quintero

    “…me doy cuenta de lo claras que tengo algunas cosas y de la pereza que me provoca la ambigüedad de los demás.”, sólo esa frase ya vale todo el artículo. Enhorabuena, es ir leyendo y asintiendo como si hubiera sido yo mismo quien escribía. Un atento saludo (‘atento’ porque es un placer seguirte y ‘atender’ a lo que compartes, y por puro afecto ‘digital’)

  4. Carlos, el de los cafés largos

    Percibo, no sé si acertadamente, cierta pena en la forma en que se considera usted analógico emocional. Yo también lo soy, y espero seguir siéndolo cuando llegue el último día de mi vida. Además, la analogicidad (valga la palabra) es el estado natural de los seres vivos.
    Yo ya no intento ligar a través de Internet, por eso ignoro consejos y consejillos. Lo dejé hace tiempo cuando me di cuenta de lo mucho que se parecía a la materia que excretamos por el ano. Se disparan las expectativas por la sensación de mercado enorme que hay, pero luego uno se da de bruces contra la realidad de los pobrísimos resultados.
    Sí, los Badoos, los Instagram, los Tinder están llenos de pibones. Muñequitas con selfis de perfil proyectando morritos hacia delante y superculo hacia atrás. Princesas Disney con escotes tan apabullantes que si un infortunado cae en ellos tardará horas en llegar al fondo.
    Y sin embargo, siempre me quedo con la sensación de que su único interés son los likes que les permiten engordar el ego. No buscan relaciones, a menos, claro, que quien venga sea el ingeniero jefe de la NASA.
    En lo que a mí respecta, antes muerto que follower de una maciza.
    Y analógico.

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