Miedo a volar

Alguno de ustedes, fieles transeúntes de esta columna, me ha hecho llegar, en determinadas ocasiones, la opinión que guarda de mí o, para ser más preciso, que mis columnas expresan respecto a mí. Me han dicho que les parezco alguien cabal, coherente, dueño de una inusual sensatez y una honestidad poco común. Yo, aunque nunca me he reconocido en ninguno de esos calificativos, los agradezco con rubor no sin antes avisar de que esta columna de hoy podría, casi con toda seguridad, tirar por la borda todo eso que, alguno de ustedes, opina sobre mí.

Tengo miedo a volar. Es algo irracional, nada sensato y francamente desagradable. Nunca he sufrido ningún incidente serio en un avión, más allá del niño maleducado y los padres pasotas, el interminable retraso o la habitual pérdida del equipaje. He volado desde muy pequeño. Por circunstancias familiares, el trayecto Palma-Madrid acabó siendo algo a lo que acostumbrarse. De hecho, creo que he montado más veces en avión que en bicicleta. Sin embargo un día, sin razón aparente, en la fase de despegue del aeronave, sentí miedo. Un miedo involuntario, agobiante, incómodo. Hasta hoy. No está superado pero sí he logrado domesticarlo. Una imprescindible botella de agua y unos ejercicios de respiración me sirven, de momento, para no montar un Melendi cada vez que me embarco en uno.

No hará falta que les explique lo que sucede en mi organismo cada vez que una noticia como la del vuelo de Germanwings salta a la primera plana de la actualidad. No importa lo mucho que hayamos escuchado eso de que se trata del medio de transporte más seguro. El miedo es irracional y no atiende a explicaciones. La mente de la persona con aerofobia solo encuentra argumentos que justifican su pavor. Para nosotros, por muy cierto que sea que hay más accidentes mortales de coche al año que de avión, el automóvil alberga una posibilidad de supervivencia que el avión no contempla. Es una cuestión de pura estadística. De ahí que los que sobreviven a un accidente aéreo hablen de milagro.

Siempre se emplea esa dicotomía para disuadirnos del temor, como para restarle importancia a nuestro miedo, cuando ni siquiera los medios de comunicación que nos repiten la letanía de la seguridad reaccionan igual ante un accidente de coche que uno de avión. Nadie conoce a las víctimas de los accidentes de coche de una Operación Salida y, sin embargo, todos sabemos si en el avión iban estudiantes de un intercambio académico, una profesora aficionada al Valencia CF, una abuela, su hija y su nieta o un ex empleado de Inditex. El propio tratamiento de la noticia ya nos marca la diferencia, dándole al accidente el lugar que se merece en nuestros miedos.

La falta de control sobre el propio medio de transporte tampoco ayuda a reducir el terror. Nos sentimos más seguros en el coche porque tendemos a pensar que la prudencia y la destreza del conductor al volante, sus reflejos, pueden salvarnos de la tragedia. En el avión, nada está en nuestra mano. Ni siquiera hemos visto al piloto. Los últimos acontecimientos se instalan en nuestra mente abriendo un nuevo desvelo: ahora también tenemos que pensar en la salud psíquica de la persona en la que delegamos nuestra supervivencia. Administramos una especie de fe ante la tripulación que no siempre logra buen resultado.

Y si además, como es el caso, los pilotos afirman que el uso masivo de la tecnología en las cabinas hace que pierdan habilidades de vuelo manual, clave para sobrevivir ante una incidencia en fase de crucero, lo que aún no comprendo es como alguien puede venir a explicarme que el miedo a volar se cura. Es como si alguien me quisiera tranquilizar frente a lo inesperado.

Tengo miedo a volar. Y mi ausencia de lógica me lleva a tener más miedo aún a volar en compañías lowcost. Sé que los aviones son los mismos, sé que se pasan precisos controles de seguridad, sé que los vuelos lowcost accidentados serán inferiores a los de cualquier gran compañía –aunque solo sea por una cuestión cronológica-, pero desconfío. Todo razonamiento desaparece ante el temor. Y mi lógica me pregunta al oído que cómo es posible que un mismo vuelo, de idéntico recorrido, con los mismos aviones, con los precisos controles de seguridad, cueste 346 euros en una gran compañía y 24 euros en una lowcost. Si ambas parten de cumplir los mismos requisitos, ¿cómo es sostenible esa diferencia de costes? Y las respuestas que me doy no querrían ustedes que las escribiese aquí. En cualquier caso, todas pasan por dudar de la seguridad y la preparación de la tripulación lowcost, haciendo una lógica regla de tres entre un salario menor y la cualidad y/o experiencia del trabajador que acepta ese salario, muy por debajo de lo que se paga en el sector por ese mismo empleo. Con esto no quiero apuntar que tenga razón. Solo quiero mostrar que cuando se tiene miedo, uno es capaz de argumentar su pánico e incapaz de acorralar su temor.

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