AMARO & GABBANA

dolceYo también soy de los que piensan que a los modistos italianos Dolce & Gabbana les sucede como a sus creaciones, que se han quedado obsoletos. Me encontré con sus declaraciones anti progreso y anti ciencia en una red social y confieso que no les di mayor importancia. No era la primera vez que Domenico Dolce y Stefano Gabbana filtraban en una entrevista sus caducas teorías sobre la reproducción asistida y las adopciones entre parejas del mismo sexo. Tiendo a diferenciar entre las opiniones de un modisto, un fontanero, una modelo o una charcutera de las opiniones de aquellos que legislan, que gobiernan, y que con sus prejuicios limitan mis derechos. Para mí, lo de Dolce & Gabbana no pasaba de tontería hasta que la bola de nieve comenzó a crecer y crecer.

El dolce se volvió amaro cuando la derecha italiana los convirtió en mártires de sus opiniones y empezó a hablar de “talibanismo gay”, comparando a las voces que se habían alzado contra los diseñadores con el nazismo y el comunismo. Y comprendí que estábamos, de nuevo, ante el mismo debate que lleva meses presidiendo nuestras tertulias: manifestar, sin miedo, una opinión contraria a la nuestra también es libertad.

Me resultaría sencillo arremeter sin piedad contra unos señores tan antipáticos como Dolce & Gabbana. Sus creaciones dejaron de interesarme cuando llegaron a los armarios de los futbolistas. Y de eso hace ya tiempo. Pero nos equivocamos si pensamos que esa es la estrategia. Es evidente que llamar “sintéticos” a los niños fruto de una reproducción asistida es, como mínimo, de muy mal gusto. Defender, en pleno siglo XXI, que un niño debe tener un padre y una madre es de una estrechez mental asombrosa, un ejercicio de negacionismo disparatado. Y argumentar que la familia tradicional es la única institución válida es, precisamente, ponerle fecha de caducidad.

Podemos tachar sus declaraciones de irresponsables, carcas, ofensivas, y todos los calificativos que seamos capaces de recordar. Opinaron libremente y nosotros rebatimos sus opiniones con la misma autonomía. Hasta ahí, todo perfecto. Pero en este caso sí hay una característica especial que me inquieta: la reacción al hecho de que los autores de la polémica declaración sean homosexuales.

No suscribo ni una sola de las opiniones de Dolce & Gabbana pero tampoco entiendo que sean más graves por el hecho de que ellos sean homosexuales. La orientación sexual no es un rasgo especial que nos haga estériles a la estupidez. Conozco gays orgullosos de su ignorancia, antipáticos, violentos,… El hecho de disfrutar de una relación afectivo sexual con otra persona de tu mismo sexo no te hace mejor o peor, ni siquiera más solidario y comprometido. Defender la orientación sexual de una persona, su convivencia en libertad y sin coacciones, es un derecho fundamental y no tiene nada que ver con nuestra propia orientación sexual. No hace falta ser negro para estar en contra del racismo. Pero eso no significa que no puedan existir negros racistas. Como existen mujeres machistas.

La homofobia gay no me resulta una conducta más o menos inexplicable que cualquier otra incoherencia, teniendo en cuenta que esa escala de valores es estrictamente personal. Dolce & Gabbana pueden estar muy equivocados, desde mi punto de vista, pero no más que un obrero –o un gay- votando al PP, un rojo de misa diaria o una mujer votando en contra del aborto. Y no por ello se me ocurriría boicotearles. Todas esas contradicciones que se salen de la norma forman parte de esa pluralidad que tanto defendemos.

Sé que las celebrities son un buen dinamizador de la opinión pública, para bien y para mal, y que la campaña de boicot a los diseñadores italianos partió de gente como Elton John, Courtney Love, Ricky Martin o Sharon Stone. Pero me incomoda que amparados en una cierta libertad impetuosa hablemos de boicotear a dos señores porque sus opiniones no nos gustan y nos parecen absurdas e irresponsables. Siempre he defendido la libertad de expresión por encima de todas las cosas y comprendo que las opiniones tienen consecuencias que debo asumir, aceptando las responsabilidades que se deriven de las mismas. Pero me temo que en este caso falla la proporcionalidad. No es lógico que a una opinión se la combata con una campaña mundial de boicot. Flaco favor le hace esa reacción a la defensa incondicional de los derechos humanos. De hecho, creo que dice más de los que boicotean que de los boicoteados. Puede que esto sea tan solo un ejemplo más de lo polarizada que sigue esta sociedad y, tal vez, debería preocuparnos más qué o quienes están interesados en hacer de la convivencia un territorio hostil que las opiniones medievales de dos señores que diseñan los que posiblemente sean los jeans más feos de Europa.

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