Traducción simultánea

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Profundizar en el conocimiento de los mecanismos que el ser humano maneja para consumar el acto de la comunicación es algo que lleva interesando a los científicos desde hace más de un siglo. Fue en 1938 cuando el sociólogo Herbert Blumer introdujo en el estudio de la psicología social una corriente de pensamiento que definió como interaccionismo simbólico. Con ella enmarcó la relación entre los individuos y los símbolos, a los que dotamos de un significado que acaba siendo determinante en nuestra convivencia. Interactuamos condicionados por los significados que hemos adjudicado a los símbolos. De esa manera, su significado, acordado, es el que permite que dos personas que no hablan el mismo idioma puedan llegar a comunicarse. Aunque no todos los gestos significan lo mismo en diferentes lugares del mundo. Por ejemplo, levantar el pulgar del puño, que para nosotros es un OK, hay lugares en los que simplemente significa ‘uno’. O el gesto de mover el dedo índice para que una persona se acerque a nosotros podría llevarnos a la cárcel en Filipinas ya que allí es un gesto solo apto para perros.

Esta burda manera de resumir una teoría sociológica de primera magnitud me sirve para imaginar lo feliz que se sentiría el señor Blumer y toda la escuela de Chicago si hubiesen tenido la oportunidad de habitar en la sociedad más simbólica del mundo: la de la era digital.

Tengo la sensación de pasarme el día entero interpretando mensajes, descodificando la realidad con unas herramientas que alteran la objetividad y acaban dotando al símbolo de un significado que dice más de mí mismo que del signo en sí. La interpretación es subjetiva y, en la era de las redes sociales, adquiere un rango máximo que hace que vivamos constantemente confundidos.

No solo es interpretar las palabras, aparcar las susceptibilidades, sino hacer lo propio con gestos, mensajes de whatssap o iconos. He llegado a desarrollar un talento sorprendente para decir que algo me maravilla con solo dos emoticonos. He incluso he conducido conversaciones hacia una básica lujuria con el uso de los emoji de una berenjena y tres gotas de agua. Pero aún no he aprendido a no dudar de los silencios, a no malinterpretar las esperas, las renuncias en una conversación escrita en whatssap sin poner en evidencia mis inseguridades.

En ese ‘interaccionismo simbólico’, las personas hemos seleccionado, organizado, reproducido y transformado los significados en los procesos interpretativos en función de nuestras expectativas y propósitos. Sabemos que el mayor enemigo de las relaciones, los vínculos, las citas, son las expectativas pero no podemos renunciar a ellas. Sean muchas o pocas, ingenuas o maliciosas, siempre nos enfrentamos al descubrimiento del otro con perspectivas. Porque hasta pensar que vas a tener un simple encuentro sexual sin más implicaciones ya es una expectativa.

¿Nunca habéis mantenido una conversación por whatssap con alguien que os gusta y, de repente, habéis sentido que las respuestas a vuestros mensajes son lentas? Estamos pendientes de la pantalla dándole un valor de comunicación oral cuando no lo es. Si intuimos que la otra persona, al otro lado, no parece dedicarle la misma intensidad a la comunicación, nos desilusionamos. Interpretamos esos espacios de tiempo entre mensaje y mensaje como una falta de interés.

En esa cadena de silencios, desdoblamos nuestra personalidad para preguntarnos qué haríamos nosotros en esa situación. La única intención es reafirmarnos en una respuesta, aunque sepamos que nunca será favorecedora con nosotros ni del todo justa con nuestro interlocutor. Y de la misma manera actuamos cuando recibimos un saludo inesperado. Le damos un valor emocional a esa actuación cuando tal vez no lo tenga. Lo hacemos, simplemente, porque lo deseamos.

Recuerdo que una vez leí un reportaje sobre una web estadounidense en la que se analizan los mensajes de whatssap y los sms, y el uso del emoticono en ellos, para que no exista confusión respecto a su intencionalidad.

Para mí, que aún me cuesta entender el uso que hacen algunos de frases clásicas como “te echo de menos” o “a ver si quedamos”, considero que adentrarse en los nuevos códigos de la comunicación no verbal no es algo que me tranquilice. Tal vez lo más prudente sea dejar de interpretar. O exigirle a la vida que venga con traducción simultánea. Puede que fuese menos animada pero también perderíamos mucho menos el tiempo.

Un Comentario

  1. Totalmente… y ya por no decirte que vivas esperando un me gusta en instagram y te conformes con eso, pensando que la otra persona te echa de menos con ese simple gesto, y en realidad le da mecánicamente como un robot… Ay! y pq es tan dificil dejar de interpretar?

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