Las razones de la caverna

caverna2

La cosa no es de ahora. Platón, en el 380 antes de Cristo, ya se interesó por esos hombres que, prisioneros de sus propias cadenas, creían que la realidad era esa sombra que la luz de una hoguera proyectaba sobre las paredes rocosas de su caverna. La Historia, con hache mayúscula, nos ha demostrado que el progreso no tiene nada que ver con la evolución de la mente humana. De hecho, las mentalidades suelen ser más conservadoras que las infraestructuras tecnológicas que manejan. El hombre fue capaz de inventar la luz eléctrica, la pila, el smartphone e Internet; supo adaptarse a la incursión social de todos esos avances pero aún conserva prejuicios dignos de la Edad Media. Puede que la caverna dejase de ser un espacio real para convertirse en una metáfora más.

Es posible que la luz de la hoguera sea hoy la contaminación lumínica de una pantalla de plasma. Cambia la forma pero lo sombrío continua en el fondo. Es el mismo cimiento que hacía que aquellos hombres considerasen a las sombras como verdad absoluta ya que, engañados por ellos mismos o por poderes fácticos, no eran capaces de observar la vida real que sucedía a sus espaldas. Así es la caverna: cuando no le gusta la realidad, la prohíbe. Y cuando no puede prohibirla, la ignora.

Hace unos días, un desconocido que escribía en uno de esos medios digitales que han brotado, como amanitas muscaria, al amparo del capital neocon español, se molestó por algo que dije en el programa que dirijo y presento en RNE (Wisteria Lane) y me dedicó un artículo. No me nombraba. Me definía como “editorialista de Radio 5”. Curioso cargo.

Aquella noche traté el tema del primer colegio para alumnos lgtb (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) que tenía previsto abrirse en el Reino Unido. Al desconocido no le preocupó que un grupo de ciudadanos tuviera que crear pequeños oasis en los que hacer valer unos derechos porque en el mundo real esos derechos se vulneren. A él lo que le preocupó fue una frase que pronuncié. Exactamente esta: “Hay que quitar el dinero público a aquellos centros que incumplan o permitan que se incumpla cualquier principio universal o derecho básico de su alumnado”.

El desconocido, al parecer muy ligado a organizaciones religiosas que, aún hoy, monopolizan gran parte del ámbito educativo, entendió en mis palabras que reclamaba expulsar al disidente del espacio público cuando yo, de lo que estaba hablando, es de cómo ellos llevan años tratándonos como disidentes e inculcando la discriminación como parte del debate ideológico. Para él, todas las personas son respetables pero todas las ideas, discutibles. Hasta ahí, podemos estar de acuerdo. Incluso la existencia de Dios es discutible. Pero, dice él (siempre hay un pero), que los Estados, las ciudades, las corporaciones, necesitan regirse por un mínimo de reglas de formulación racional que hay que aceptar nos guste o no. Y añade el ejemplo del semáforo en rojo. El disco rojo significa ‘parar’ y hay que aceptarlo sin matices.

Continua su razonamiento dejando claro que el matrimonio entre personas del mismo sexo es una ‘idea’ discutible, como todas las ideas. Y que mi argumento de retirar el dinero público a aquellos centros concertados que vulneren los derechos humanos de sus alumnos es creer que el Estado soy yo. Vamos, que razono igual que Luis XIV. Y que el dinero público “no son ‘gracias’ que el Estado concede por mor de su liberalidad”. El Estado debe ser garante de un proceso educativo solvente pero (otra vez el pero) esas garantías no tienen por qué incluir la ideología lgtb.

En primer lugar… ¿qué demonios es la ‘ideología lgtb’?

Lo que el desconocido no tiene en cuenta es que hay principios universales que no son ‘ideas’ y que, por lo tanto, no son discutibles. La no discriminación por razón de raza, color, sexo, religión, ideología, también incluye la orientación sexual y la identidad sexual, aunque a él no le guste. Durante muchos siglos, el semáforo ha estado en rojo para gays, lesbianas y transexuales impidiéndoles circular por la vida sin problemas. Pero ahora existe una ley, no una ‘idea’, que dice que el semáforo está en verde para nosotros, aunque su daltonismo lo siga viendo en rojo. Eso no es discutible. Como no entenderíamos que fuese ‘discutible’ la posibilidad de condenar a los católicos a vivir su fe en la clandestinidad o la segregación de alumnos según sus razas. Por supuesto que el dinero público no son “gracias” que el Estado concede según su liberalidad pero resultaría inaceptable que un Estado de Derecho, fiel cumplidor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aportase dinero a una asociación xenófoba o a un centro sanitario que, por principios, no atiende mujeres. ¿Por qué debe ser diferente con la población lgtb?

No olvidemos que la orientación sexual es la primera causa de acoso escolar en secundaria, antes incluso que el aspecto físico. Y ese acoso por ser gay o lesbiana o transexual acaba provocando serios problemas de aceptación en los menores, absentismo escolar y suicidios. Un colegio concertado que discrimina a sus alumnos por su orientación sexual o identidad de género está yendo contra las propias leyes de su Estado, aparte de vulnerar los Derechos Humanos. ¿Es tan ilógico que el Estado le obligue a cumplir la ley o, de lo contrario, le retire el sustento económico? Lo más razonable es que si el desconocido quiere una educación basada en sus prejuicios, respetables y discutibles, se la pague él y haga del colegio un club privado en el que se educa de espaldas a los principios fundamentales de igualdad y respeto. De esa manera yo, como padre, decidiré si quiero que mi hijo se instruya en ese centro donde se mis valores se imponen al valor universal del derecho humano.

El desconocido dice que sus argumentos son bíblicos y filosóficos, literarios e históricos. Sus fuentes son, entre otras, dice él, Platón y Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás, Dante y Petrarca, Erasmo y Vives, Cervantes y Shakespeare, Quevedo y Calderón, Chesterton y Lewis.

Pues los míos son cinematográficos y literarios, históricos e intelectuales. Mis fuentes son Turing y Wilde, Bowie y Reed, Dalí y Warhol, Almodóvar y Pasolini, Lorca y Gil de Biedma, Capote y Spanbauer, Susan Sontag y Emily Dickinson, Justin Fashanu y Harvey Milk, Quentin Crisp y Coccinelle.

Y, curiosamente, coincidimos en Platón y la caverna. El desconocido desde dentro y yo desde fuera.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: