El rostro de Uma

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Era todo maquillaje, como ya adelantó el artista Juan Palomares. Pero lo interesante no es el final de la historia. Como en Lost, lo que llama mi atención es el camino recorrido.

Sucumbí, como todos. Y no me siento peor persona por haberlo hecho. Unas bichas como Louella Parsons o Hedda Hopper ya crearon, el siglo pasado, un nuevo código en la industria del entretenimiento: el chisme. No es un tipo de periodismo que me interese pero es posible que me entretenga. Y lo digo yo, que no soy un consumidor activo de los productos de Mediaset, por poner un ejemplo, pero puedo comprender las razones por las que enganchan a sus audiencias. Ese género mediático nos ofrece divorcios, peleas, enamoramientos, encuentros sexuales, ensalzamientos y humillaciones prácticamente a diario y sin rastro alguno de pudor. Saben que la información no es lo importante; lo que interesa es provocar reacciones en el público. Que los espectadores, o los lectores, empaticen o no con un personaje, conmoverlos, emocionarlos o irritarlos, es el objetivo. Porque esas emociones son básicas, elementales, no requieren de ningún tipo de sofisticación ni preparación intelectual. Son tan comunes que resultan universales y eso, en cifras, es muy rentable. No lo estoy elogiando. Simplemente estoy expresando una realidad que puede explicar el revuelo que despertó la dichosa foto.

Ahora que todos han visto y comentado la foto de Uma Thurman en la que no parece la misma Uma Thurman que recordábamos de películas como Kill Bill, ahora que sabemos que no se había sometido a ningún tipo de operación de estética que hubiese modificado su rostro hasta dotarle de una nueva fisonomía y expresividad, ahora que los defensores y los detractores de la decisión de la actriz se muestran orgullosos o avergonzados de sus reacciones, voy yo y suelto que en el supuesto de que hubiese comentado que no me gustaba la nueva imagen de la señorita Thurman, eso no me convierte en responsable de la tiranía de Hollywood. Hasta ahí podríamos llegar. Del mismo modo que por decir que no me gusta la última de Manuel Gómez Pereira no soy responsable de la crisis del cine español.

Lo primero que hice al ver la foto fue sorprenderme. No puedo evitar una primera reacción de sorpresa que no contiene ningún tipo de valoración. Es la sorpresa ante lo inesperado lo que me hace reaccionar así. Y cuando ya superé ese primer sobresalto, valoré. Como lo hemos hecho todos. Siempre. No tiene nada que ver la popularidad del individuo en cuestión. Evaluamos decisiones políticas, actitudes de compañeros de trabajo y hasta la estética de vecinos con simplemente haber compartido con ellos un rato en el ascensor. Somos seres sociales. Es lógico. Lo único preocupante es la intencionalidad de esas valoraciones. Si lo que queremos es hacer daño, ahí es cuando cambia esa actitud y se transforma en algo nocivo.

Sinceramente, no creo que cuando alguien expone en una red social que no le gusta el maquillaje –o la operación, en el supuesto de que hubiese sido así- de una determinada actriz esté cosificando a la mujer o perpetuando los peores valores de esta sociedad. Es una opinión. Como la que hacemos sobre la última colección de H&M, sobre la adaptación al cine de Cincuenta sombras de Grey o sobre las parejas de los amigos. Valoramos. Eso no significa criticar. Entre tener un punto de vista, un juicio a secas sobre algo o alguien, y dedicarte a despellejar a esa persona van varias lecciones de educación.

Otra cosa es si debatimos sobre el trato que la mujer tiene en la industria del espectáculo. Ese es otro tema. Infinitamente más interesante que el de la cara de Uma Thurman. Incluso hablar de las víctimas de la sociedad de la imagen, que son muchas y la mayoría no gozan de los privilegios que tiene una actriz de Hollywood. O un actor, que supongo que no hará falta que les recuerde ahora a Mickey Rourke.

A mi me gustó la ‘nueva’ Uma que nunca lo fue. Como me gusta la nueva Renée Zellweger. Pero también podría ser que no me gustase, según mis cánones estéticos particulares, y no por ello estaría fomentando un sistema discriminatorio. Ni siquiera estoy coartando la libertad de esa mujer a readaptar su aspecto físico como quiera.

El debate no es cirugía estética sí, cirugía estética no. Ese debate lo superé hace mucho tiempo y ganó el deseo de satisfacción personal de cada cual. Ni siquiera compro ya el discurso de la arruga como un síntoma del envejecimiento en dignidad. La dignidad no se lleva en la piel. La dignidad tiene más que ver con el uso que haces de tu libertad, con los principios que han guiado tu vida y tus relaciones con los demás, que con la marca de tus zapatos, el color de tus complementos o el número de arrugas que tengas en tu rostro.

De hecho, no creo que haya debate. La fama es un amplificador. Entiendo que la señal pueda resultar ensordecedora pero no hay ninguna diferencia entre las razones que empujan a una actriz famosa a retocarse y los motivos que incitan a una joven de cualquier barrio de España a someterse a una cirugía estética. Incluso las razones que hacen que un hombre de 50 años intente marcar abdominales. Si realmente nos ofendiese el sistema deberíamos denunciar su dictadura sobre una sesión de fotos de Jon Kortajarena o un editorial de moda protagonizado por Blanca Suárez.

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