Los niños de la tele

Voy a escribir una de esas columnas que, cuando la relea, caerá sobre mis cervicales casi medio siglo de supervivencia. No pretendo comparar épocas porque eso sería tan absurdo como enfrentar la música electrónica a una sonata de Bach. Pero es cierto que la valoración social que le damos a la infancia en estos agitados tiempos es tan engañosa que acaba por molestarme.

Posiblemente no existe infancia buena. Todos la magnificamos desde la edad adulta pero cuando éramos pequeños, aquel camino se nos hacía eterno, lleno de obstáculos insalvables, cumpliendo con un catálogo de prohibiciones y apenas cuatro virtudes. Somos la generación de la EGB, la que creció delante de Un globo, dos globos, tres globos, La cometa blanca y acabó en La bola de cristal; la que vio nacer y disolverse al dúo Enrique y Ana, la que sabe qué es un juego de agua Geyper, las huchas Congost y los Airgamboys. Pero también la que recibía cachetes en casa que hacían las veces de la supernanny actual y no pasaba nada. De hecho, aquí estamos. Y no somos una mala generación.

Teníamos claro nuestro lugar: la mesa de los niños. Esa mesa ruidosa donde nuestros padres nos dejaban comportarnos como sucedáneos de adulto en todas las bodas y celebraciones familiares. Esa mesa que, cuando empezaba a salirte el antiestético bigote de la adolescencia, era una maldita humillación. Interiorizábamos que el universo de los adultos era algo muy serio y que cuando los mayores hablaban, nosotros guardábamos silencio. Ellos tenían su mundo y nosotros, los niños, el nuestro. Nos vigilábamos pero no nos mezclábamos.

Por eso me pregunto, ¿en qué momento cambió todo? ¿Cuándo fue que los mundos se mezclaron tanto hasta el momento de convertirlo todo en una asepsia aburrida? O peor aún, en una falsa edad adulta. Asumo que hoy los niños de once años le darían lecciones al crío que, con su edad, un día fui. Es cierto que la infancia se acorta pero, ¿por qué hemos dejado que suceda así?

No entiendo la razón por la cual las cadenas de televisión han decidido que me interesa ver en prime time, o sea, en horario adulto, a unos niños que cantan, a unos niños redichos entrevistando a un famoso o a unos niños que cocinan pollo a la pepitoria. No comprendo las razones que han llevado a los directores de ficción a llenar sus parrillas de series “para toda la familia” cuando jamás me han interesado las tramas infantiles de ninguna de ellas. Con Tito y Piraña cerré el cupo. Puede que crear contenidos que unan a toda la familia delante de la televisión sea una estrategia muy rentable. No lo discuto. Pero intelectualmente, es un inhibidor.

Resulta que las televisiones deben respetar un horario infantil que hace que programas como Sálvame sean un contenido incómodo. Sin embargo, ellas mismas, apuestan por contenidos protagonizados por niños para un horario adulto. Me recuerda a los ‘textiles’ que cada vez ocupan más espacio en las playas nudistas y acaban relegando a los amantes del despelote a tres metros cuadrados alejados de las miradas impertinentes.

No me interesa Masterchef junior, ni Pequeños Gigantes, ni La Voz Kids, ni ninguno de esos programas cuando llego de trabajar y me siento delante de la tele. Los niños y sus peripecias no me entretienen, a no ser que se trate de Eric Cartman, Stan Marsh y el resto de la pandilla de Southpark. ¿Por qué incumplir un horario infantil para luego emitir programas protagonizados por niños en la franja adulta? Eso sin contar las horas a las que suelen acabar esos programas. No sé, voy a soltar una frase viejuna pero, yo, a esa edad, en época de colegio, a las once estaba en la cama.

Y huyendo de los contenidos infantiles tropecé con la noticia de que Kristina Pimenova, una top model infantil de nueve años, no había podido desfilar en la pasarela 080 de Barcelona por problemas burocráticos. Leí con asombro cómo la redactora explicaba que la niña al menos posó para la prensa pero se había negado a contestar cualquier pregunta. ¿Perdona? ¿A alguien le interesa la opinión de una niña de nueve años sobre los problemas burocráticos españoles? Tal vez deberíamos empezar a asumir que son niños, aunque la nueva pedagogía nos recomiende tratarlos como adultos.

No sé, tal vez esté solo en esta lucha. Tan solo que he acabado suscribiéndome a un canal de pago en el que poder ver contenidos en los que se me respete como parte de una audiencia que no ve la tele en familia, que no tiene el más mínimo interés en ver a un niño imitando a Bisbal y que, en la mayoría de las ocasiones, busca un entretenimiento con aristas, por definirlo de alguna manera. O sea, que otra vez soy minoría.

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  1. Menos mal que aquí sí se puede escribir tranquilamente. Estoy contigo en que la mayoría de espacios infantiles son una mierda porque solo son talent shows y al final es un coñazo porque parece que los niños solo puedan salir en la tele como monitos de feria. Por otro lado, está claro que hay mucha presión pero creo que depende de lo que tengan en casa y yo no soy muy partidaria de sobreproteger a los críos porque los conviertes en inútiles. Lo de la niña modelo me parece tan fuerte… No sé si sabrás que su madre la ha sacado del colegio porque “no sirve de nada”. En fin. Muy buen artículo y deseando leer el próximo, Feliz domingo guapo

  2. Yo creo que es por el hecho de ver monitos de feria, a la gente le flipa

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