Enaltecimiento de la estupidez

Existe una fuerza más enérgica y rotunda que la de los mercados, más poderosa que la que pueda desprenderse del despacho oval de la Casa Blanca, más audaz que cualquier red de narcotraficantes. Hablo de la estupidez humana. Y no lo digo yo. Así lo apuntó, hace 27 años, el historiador italiano Carlo Maria Cipolla en su ensayo satírico Allegro ma non troppo, donde articuló, por primera vez, su famosa teoría de la estupidez humana.

Pocos han estudiado, desde una premisa científica, la influencia de la estupidez en la historia de la humanidad. Pocas conductas humanas han sido tan definitivas como la necedad. A nivel personal y colectivo. Cruzarnos, convivir, socializar con una persona idiota puede tener consecuencias espantosas a muy corto plazo. Ya no les cuento si la estupidez, por esos juegos embaucadores del destino, se acaba combinando con el poder. En esos casos es cuando empezamos a ser conscientes de que el apocalipsis está cerca.

No se puede acabar con la estupidez. No hay vacuna porque no depende del nivel educativo, ni de la clase social, ni del poder adquisitivo, ni de la raza u orientación sexual. El potencial atómico de la imbecilidad salta por encima de todo eso. No hay nada más democrático que la estupidez.

Cipolla destacó cinco leyes fundamentales de la estupidez humana. En todas ellas nuestra disposición a subestimar tenía un peso importante. Menospreciamos la cantidad de estúpidos que hay en circulación y por eso nos llevamos esos disgustos cuando topamos con uno. Aún más cuando esa persona que consideramos inteligente y ejemplar hace algo estúpido. Ahí el enfado se convierte en una decepción insuperable.

Y subestimamos también la capacidad que tiene el tonto para hacer daño. Nos enfrentamos al malvado, conscientes de que su talento para el mal no tiene límites, y descuidamos al imbécil, que suele ser muy activo. De esa manera, mientras trabajamos para combatir el mal –cual superhéroes cotidianos-, ellos (los idiotas) van reinventándose, adaptándose, modificando su inútil virtud para seguir alterando nuestros planes.

Es cierto que Cipolla, como historiador económico que era, planteaba la estupidez en términos mercantiles. De ahí que clasificase la humanidad en cuatro grupos de individuos: los incautos –aquellos que pierden pero hacen ganar a los demás-, los inteligentes –aquellos que ganan y hacen ganar a los demás-, los malvados –ganan a costa de las pérdidas de los demás- y los estúpidos –pierden y hacen perder a los demás-. Pero al margen de los principios económicos, tengo la impresión de que, abandonada toda posibilidad de combatir la estupidez, hemos optado por encumbrarla. Y, sinceramente, no entiendo la estrategia.

Todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos entretenido con la imbecilidad. Nos hemos abandonado a su disfrute cual espectadores de un hipnótico freak show. El payaso tonto ha protagonizado humor desde tiempos remotos pero no me refiero a eso. No hablo del ser humano que interpreta al bobo para nuestra diversión. Escribo del elogio a la estupidez. Siento, desde hace ya bastantes años, que la estupidez humana se ha convertido en un valor en sí misma. Ya me sorprendió, hace más de una década, aquel programa de éxito en Estados Unidos titulado Jackass. Ese programa era un homenaje al imbécil que, en su estupidez congénita, era capaz de autoinflingirse dolor y someterse voluntariamente a situaciones peligrosas para buscar la carcajada. Desde entonces hasta hoy asisto, con cierta incredulidad, a un enaltecimiento de la memez. Youtube está lleno de videos caseros de adolescentes emulando estupideces como la de pegarse cinta americana en los testículos y tirar con fuerza después. La televisión, gran gurú ideológico del siglo XX y XXI, está viviendo una sobredosis de programas que rinden homenaje a la imbecilidad convirtiendo en agraciados con la fama –el premio gordo de esta sociedad- a personas sin más talento que su incultura y su estupidez. Por ejemplo, los fans de ¿Quién quiere casarse con mi hijo? han creado un nuevo concepto –la inteligencia tróspida– para definir a un tipo que a la pregunta “¿eres independiente?” contesta “no, soy dependiente, en una tienda de ropa”.

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Mujeres Hombres y Viceversa, Adán y Eva, Gran Hermano, siguen la misma pauta. Y no me preocupa que existan. De hecho alguna vez los he consumido. Me preocupa que monopolicen el entretenimiento creando una audiencia que acaba ensalzando la tontería con la superioridad del que se burla del bobo que, a su vez, obtiene el dudoso beneficio de la fama. Un remake de aquel ‘ande yo caliente, ríase la gente’. Hace treinta años la buena fama era una consecuencia del talento. Hoy no. Comprendo que es un mercado rentable pero, del mismo modo que no voy al cine a ver Dos tontos muy tontos, tampoco disfruto viéndolos, año tras año, en televisión.

Tampoco se crean que este tipo de programas me quita el sueño. Otra cosa es la peligrosa materialización de la estupidez como doctrina espiritual u opción política –ahí tienen a Sarah Palin en Estados Unidos o Ana Botella en España-. Recuerden al telepredicador Pat Roberson, popular por situarse ideológicamente a la derecha de los Bush, que aseguró que los homosexuales estaban condenados a extinguirse porque como para la reproducción hace falta sexo heterosexual y los gays no pueden reproducirse entre ellos, su mente había llegado a la conclusión de que la homosexualidad estaba abocada a la desaparición.

La diferencia entre la audiencia de la estupidez como entretenimiento y la estupidez como argumento ideológico es que, para el segundo grupo, me temo que resulta muy contagiosa.

  1. Juan

    A veces resulta curioso coincidir con usted. Hace poco leí “La rebelión de las masas” y no sé si es que Ortega se adelantó a su tiempo, o es que vamos a peor. En fin, este fragmento encaja totalmente en su artículo: “En cambio, al hombre mediocre de nuestros días, al nuevo Adán, no se le ocurre dudar de su propia plenitud. Su confianza en sí es, como de Adán, paradisíaca. El hermetismo nato de su alma le impide lo que sería condición previa para descubrir su insuficiencia: compararse con otros seres. Compararse sería salir un rato de sí mismo y trasladarse al prójimo. Pero el alma mediocre es incapaz de transmigraciones -deporte supremo.

    Nos encontramos, pues, con la misma diferencia que eternamente existe entre el tonto y el perspicaz. Éste se sorprende a sí mismo siempre a dos dedos de ser tonto; por ello hace un esfuerzo para escapar a la inminente tontería, y en ese esfuerzo consiste la inteligencia. El tonto, en cambio, no se sospecha a sí mismo: se parece discretísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza Como esos insectos que no hay manera de extraer fuera del orificio en que habitan, no hay modo de desalojar al tonto de su tontería, llevarle de paseo un rato más allá de su ceguera y obligarle a que contraste su torpe visión habitual con otros modos de ver más sutiles. El tonto es vitalicio y sin poros. Por eso decía Anatole France que un necio es mucho más funesto que un malvado. Porque el malvado descansa algunas veces; el necio, jamás.”

  2. Mar

    Jajajajajaja, tan, pero tan bueno, que corro a compartirlo!!

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