Un país de cal y arena

Una de las tesis paradójicas que germina en nuestra mente cuando llegan las fiestas navideñas nos empuja a pecar de un exceso de optimismo que, comparado con la inclemencia con la que trabajamos el resto del año, resulta casi ofensivo. En Navidad hay que ser amable, simpático, cariñoso, comprensivo; dos semanas y media de bondad narcótica para luego abrir la compuerta a trescientos cuarenta y nueve días de sinceridad mal entendida. La cursilería lo define como espíritu navideño.

En esa sobredosis de sensibilidad y buenas intenciones acabamos perdiendo el sentido del equilibrio y pecamos de un abuso de ilusión que nos nubla el entendimiento. Para mí que eso fue lo que le sucedió a Felipe VI en su primer mensaje de Navidad.

Puede que yo tenga más de Grinch de lo que pensaba pero seguir destacando nuestra capacidad para superar retos, nuestro coraje y nuestra conciencia nacional se me antoja un discurso muy lógico solo después de una cena copiosa regada con mucho vino. Es cierto que pecar de exceso de optimismo es tan negativo como carecer de él pero empieza a cansarme ese alegato sobre lo espléndidos que somos cuando vivimos en un país que nunca apostó por la excelencia.

Creo que España es un catálogo de oportunidades perdidas. Me atrevería a decir que así es desde la derrota de la Armada Invencible. Somos consecuencia de nuestra historia y mientras que otros países han logrado crearse un currículum y reponerse a sus errores, nosotros los arrastramos durante siglos. Pero lo curioso es que lo negamos. Seguimos presumiendo de lo ejemplares que somos cuando, si algo nos caracteriza, es la ausencia de actitudes ejemplarizantes. Cuanto antes asumamos que todo lo modélico de nuestro discurso forma parte de la utopía que hemos creado sobre nosotros mismos quizá podamos empezar a cambiar nuestra realidad.

La pasada Nochebuena, el Rey dijo, en todas las cadenas, que había visto ilusión en las miradas de la gente. Evidentemente, cuando uno pertenece a algo tan irreal como una Familia Real, la objetividad se difumina. Volvió a pronunciar que somos una nación potente, con empuje, respetada en el mundo, con vocación universal y parte fundamental de un proyecto europeo que nos hace más fuertes y competitivos. Creo que escuchamos eso y nos lo creemos cuando la realidad nos demuestra lo contrario. Que somos la huerta y la ETT de Europa, que los países ricos así lo ven, que los mercados así lo consideran, que la macroeconomía así lo desea; que no podemos competir porque nunca, ningún Gobierno, creyó lo suficiente en nuestro potencial intelectual y solo apoyó nuestro vigor para sembrar unos campos, arar una tierra o levantar un muro.

A eso podemos añadir la ausencia de conciencia nacional. Un americano, vote demócrata o republicano, es ante todo americano. Al igual que un alemán, un francés o un británico, por muy crítico que sea con el poder. En España no hemos sanado la enfermedad contraída hace 75 años. Sólo la victoria de La Roja logró despertar un sentimiento patriótico tan efímero como nuestra identidad. Bastó con ver como España se eliminaba del último Mundial para pasar de la admiración al enjuiciamiento. La Roja pasó a ser La Coja. Así somos, blanco o negro. Ausencia de matices. Cal o arena.

Felipe VI también habló de Cataluña y de lo mucho que nos necesitamos. Dijo: “Nadie, en la España de hoy, es adversario de nadie”. Y yo recordé a aquellas mujeres de la Assemblea Antipatriarcal de Mallorca que, el pasado noviembre, en el Día contra la Violencia de Género, solo leyeron los nombres de las mujeres asesinadas en los països catalans. Y el miércoles mismo asistí, sin abandonar mi estupefacción, a una avalancha de tuits que criticaban con saña el especial de Nochebuena que TVE dedicó a Serrat porque el cantautor interpretaba temas en catalán junto a Estopa y Pablo Alborán. Vale. Esos y esas no son TODA España, pero son España. Y a mí, ya ese pequeño matiz, me avergüenza.

España no se arregla con discursos optimistas. Esta España debe reinventarse históricamente. Y ese cambio solo se ejecutará cuando exista un compromiso de país y de progreso. Desde nuestras instituciones, clases políticas – infectadas de catetos y catetas venidos a más como Sonia Castedo-, hasta nuestras familias. No puedo seguir escuchando el discurso de que “somos grandes e invencibles” cuando no apostamos por la ciencia, ni por la educación en valores, ni por la investigación, ni por el desarrollo, ni por la justicia social. Somos un país que se cuelga la medalla de los logros individuales, alcanzados en muchos casos a espaldas de cualquier tipo de ayuda institucional española, y que ni siquiera valora aquello en lo que somos una verdadera potencia: la cultura. Ese apartado que nos da fama y prestigio internacional y que el Gobierno penaliza con un 21% de IVA. Ni siquiera hemos aprendido a valorar nuestro turismo, destruyendo nuestro entorno natural a base de ladrillos y cemento. Solo sabemos construir. O quizá solo quieren que seamos eso: un país de cal y arena.

 mensaje-de-navidad-felipe-V

 

 

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