Omnipotentes

Con la edad, que no siempre va ligada a la experiencia, uno aprende a convivir con sus imperfecciones que, sin ser agresivas, aportan más conocimiento de nosotros mismos que muchas virtudes.

No soy perfecto. Esta declaración que puede llegar a sonarles vanidosa es, cada vez, más aconsejable recordársela a uno mismo antes de sucumbir a la tentación de juzgar a los demás. Por eso cuando aparecen individuos a los que intuyo cierto halo de omnipotencia, mi primera reacción es la prudencia. Me sitúo ante ellos con cautela, con la precaución lógica que se anticipa al que presume que todo lo sabe, al que se siente capacitado para dar lecciones sobre cualquier asunto, al que convierte su palabra en fundamento monoteísta.

Me he pasado una semana lamentándome del daño que hace a la profesión periodística que alguien como Sergio Martín, director del Canal 24 Horas y buen profesional –al menos en los años en los que tuve la suerte de compartir radio con él-, felicite a Pablo Iglesias, líder de Podemos, por la liberación de etarras. Eso nunca debe hacerlo un periodista que presume de independencia, ética y profesionalidad. Porque Pablo Iglesias no es Otegui y esa opinión fusionada con el titular cruza peligrosamente las líneas que separan la información de la manipulación. Pero no quiero juzgar sin datos ni pruebas. Sé que en los directos a veces se escapan frases que jamás deberían ser pronunciadas, que en la refriega dialéctica de los debates y las entrevistas a varios frentes nos puede traicionar el subconsciente y acabar diciendo barbaridades como esa. Quiero pensar, y les aseguro que entre mis supuestas imperfecciones no está la ingenuidad, que fue un lapsus, un error del que se crece en la batalla, un arrebato de megalomanía que salió rana. Prefiero pensar eso que creer que Sergio Martín es la voz de su amo. Pero es inevitable que me sitúe ante él, de ahora en adelante, con prudencia.

Y como el destino es así de traicionero, días después veo una entrevista que hace Pablo Iglesias al periodista Iñaki Gabilondo en La Tuerka, su canal de televisión on line. Pese a que me resulta contranatura que el político entreviste al periodista inmediatamente entiendo que Gabilondo se presenta como una institución y que lo que propone Iglesias es más un masaje tailandés entre dos personas que se admiran por diferentes razones. Sabía que Iglesias no iba a entrar con rotundidad en el giro editorial de El País, ni en la gestión económica de Cebrián, ni siquiera le iba a preguntar a Iñaki Gabilondo las razones que le hicieron posicionarse a favor del ERE en su empresa. Lo acepto. Yo hago muchas entrevistas tailandesas y no por eso son peores entrevistas.

Y, de repente, me encuentro con un secretario general de un partido político, con inquietudes de gobernar este país, que se atreve a decir que Gabilondo es un periodista de casta “pero de casta de la buena, que jamás ha mirado un papel para hacer una entrevista”. Alarma. ¿Pablo Iglesias nos va a dar lecciones de periodismo? Tomo distancia y aguardo. Prácticamente al final de la conversación, salta la clave. Iglesias presume de las entrevistas de cabeza, sin papeles, para justificar las grietas de un discurso que quedaron en evidencia tras la entrevista que Ana Pastor le hizo en El Objetivo. La culpa no la tiene él, su discurso es impermeable a la duda; el pecado reside en la periodista que resulta que le arrebataba el contacto visual, como si fuese un hipnotizador de feria, porque consultaba sus papeles durante la entrevista.

Repito, no es mi intención juzgar pero sí es mi obligación dudar. La fe ciega no es buena compañera. Sí, Pablo Iglesias, va a darnos lecciones de periodismo. Porque no entiendo sus declaraciones como una preferencia, como quien afirma optar por el azul frente al verde, porque no es un cantante, un actor, un científico o un bombero. Escuchar a un señor que pretende ser presidente del Gobierno valorar qué periodismo es bueno, qué tipo de entrevista valora, qué tipo de profesional le interesa resulta, cuanto menos, alarmante.

Acto seguido, cuando hago visible mi opinión al respecto, vuelvo a comprobar, con estupor, que esa nula capacidad crítica que llevo años reprochándole al electorado del PP comienza a padecerla el simpatizante de Podemos. Nula disposición a la autocrítica. Sabemos que si esa declaración fuese de Cospedal, afirmando que Curri Valenzuela sabe hacer entrevistas y Gabilondo no, nos la hubiésemos comido por los pies. Pero lo dice Iglesias y todo es justificable, razonable, matizable. Hasta el punto en el que alguien en Twitter me aseguró que yo pecaba de corporativista y eso me convertiría, directamente, en ‘casta’. ¡Manda cojones!

En este país confuso, criticar a Podemos es fomentar la decadencia moral de nuestras instituciones, es visibilizarse como ‘facha’, es pretender dejar las cosas como están, es intoxicación de fuerzas oscuras que quieren cubrir el mal funcionamiento institucional. Y miro a mi alrededor tan sorprendido como preocupado. Me puede ilusionar Podemos como a cualquiera que desea un cambio en este país pero no me tranquiliza pensar que detrás existe una masa incapaz de reconocer errores, una masa que emplea el ‘y ellos peor’ para no tener que afrontar sus imperfecciones. No todo son las ideas y los programas, también lo son las personas. El programa electoral del PP era un cuento de hadas en manos de mentirosos. Confieso que me hubiese encantado ver a esa masa crítica movilizarse para hacerle llegar a Pablo Iglesias que si bien su voto no está en juego sí es importante que rompa esa especie de omnipotencia con la que nos da lecciones de periodismo. Y no es la primera vez. Ya recriminó a una periodista por preguntarle sobre el caso de Tania Sánchez y el supuesto contrato público a su hermano. Acusó a la periodista de hacer una pregunta machista. O sea, ¿le puedo preguntar por Ana Mato, por Ana Botella, pero por Tania Sánchez no? No sé qué me preocupa más, si Iglesias dándome lecciones de periodismo o unos simpatizantes incapaces –voluntaria o involuntariamente- de recriminar esa actitud en su adalid.

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Un Comentario

  1. El problema de autocrítica no está sólo en los políticos, está en la población.
    Evidentemente el que hace unos meses votaba y se creía al PP o a quien sea, sigue siendo poco crítico, vote a quien vote ahora.

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