20 años son 20 años

Cantaba Gardel que veinte años no eran nada. Y siempre me ha gustado imaginar que tenía razón. Me complace pensar que el tango y la copla nunca se equivocan; que son cronistas de un tiempo pasado que si bien fue objetivamente peor tampoco es que la actualidad sea un Edén. Sin embargo, cuando miro el cuadro de la Familia Real que ha pintado el gran Antonio López no logro escapar de la evidencia: veinte años son veinte años. Eso es mucho más que nada.

El pintor vivo más cotizado, con el permiso de Barceló, ha tardado veinte años en acabar un cuadro de una Familia Real que ya no es real. Estarán conmigo que ese debe ser el colmo del máximo representante del realismo pictórico. El cuadro tiene ese punto retro, como de filtro walden del Instagram, que lo convierte en un documento histórico vintage aunque esa no fuera la primera intención de Patrimonio Nacional al encargárselo. Nos posicionamos ante el lienzo con la sonrisa nostálgica y vergonzosa del que se siente ridículo al contemplar el peinado o la moda que lucía con determinación hace veinte años. Quizá el tiempo, el mismo que ha tardado el artista en consumar su obra, será el encargado de hacernos valorar en su preciada medida los rayos de sol que entran por el balcón. No olviden que si algo caracteriza a López es su obsesiva minuciosidad, el cuidado exquisito y tozudo por el detalle y la luz, eso que hace que nos situemos ante su obra pictórica con la fascinación de creernos frente a una fotografía. Aún recuerdo El sol del membrillo, la película de Víctor Erice, que muchos rebautizaron como El sol del ladrillo argumentando lo aburrido que resultaba asistir al proceso creativo de un artista tan paciente como Antonio López intentando plasmar, en la quietud de un lienzo, la luz del paso del tiempo.

Presiento que grandes dosis de esa paciencia que mostraba López en la cinta de Erice les ha hecho falta a los señores y señoras de Patrimonio Nacional a medida que pasaban los años y el artista incumplía los plazos de entrega. Supongo que muchos se jubilarían en el camino –aunque pueda parecer que en Patrimonio la edad sea un incentivo-, otros habrán muerto, algunos heredarían el encargo con la esperanza, como los niños de San Ildefonso, de ser ellos los que lograsen cantar el Gordo de la entrega; y es que veinte años son veinte años. Para todos.

Cuando López empezó a pintar el cuadro que conocimos el miércoles pasado, Sarajevo y Ruanda eran un infierno, Luis Roldán se había fugado, ETA asesinaba, Maradona daba positivo en un control antidopaje, nacía Justin Bieber y Juan Pablo II reinauguró la Capilla Sixtina, cuya restauración duró 13 años. Siete años menos que el retrato de la Familia Real. Hoy, nada es como era aunque algunas cosas no hayan cambiado tanto. Los infiernos son otros, el terrorismo y los terroristas son otros –a veces llevan traje y corbata y cotizan en Bolsa-, Justin Bieber es otro infinitamente peor y los chistes de Maradona y la droga se han quedado anticuados. Ni siquiera esa Familia Real del cuadro es la Familia Real.

Los reyes del cuadro ya no lo son, las Infantas están alejadas de todo acto institucional, el Príncipe es ahora Rey. Veinte años dan para mucho. Piensen que todo podría ser peor. Imaginen que al bueno de López le hubiese dado por hacer una versión de La familia de Carlos IV, de Goya, y se plantease incorporar al cuadro a Jaime de Marichalar tras su boda con Elena un año después de comenzado el encargo. O retratar a Iñaki Urdangarín al lado de Cristina, con la que se casó en 1997. Lo mismo, en ese caso, el cuadro aún estaba pintándose porque más difícil que plasmar sobre un lienzo la realidad es corregir un error de la realidad.

Patrimonio Nacional le encargó la obra a López en 1994, año en el que también le abonó los 50 millones de pesetas –porque hace veinte años aún contábamos en pesetas- que costó el cuadro de 3 por 3,4 metros. Y miro el proceso con envidia sana, si es que un sentimiento tan bajo puede ser saludable. No tener prisa. Mimar tu trabajo hasta la desproporción, la exageración, porque está pagado, muy bien pagado, y no tienes que hacer otra cosa que cuidar tu obra, sin interferencias. Lanzo un suspiro despresurizador. En los contratos que yo firmo, no cumplir con los plazos de entrega está penalizado. Y con suerte, me pagan a 60 días de entregado el guion, por ejemplo. Aunque claro, no debería poner mis contratos como ejemplo de nada. Más bien de lo poco que he aprendido en estos veinte años, de la caradura de algunos empresarios, que ha ganado en consistencia y estabilidad en estos veinte años, y de la constatación de que, con el tiempo, de bueno he llegado a ser el más tonto.

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Un Comentario

  1. Extraordinario artículo. Acabas de plasmar lo que llevo varios días comentando en diferentes ambientes.
    No podría estar más de acuerdo. Y el título, perfecto.
    Salud.

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