Mi mundo en desaparición

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Ha sido pura casualidad. Si la semana pasada apuntaba en esta columna la enorme sensación de vacío que provoca sentir que no eres dueño de tu tiempo y debes rescatar todo aquello que fuiste de entre los restos de un cambio innecesario, esta semana me he enfrentado a un asunto de esos que animan cualquier muro de cualquier red social.

Cort estaba estudiando retirar la concesión a la hamburguesería Alaska, el histórico kiosco de la plaza del Mercat en Palma. El lugar, abierto desde 1936, es uno de esos rincones peculiares que añaden carácter a la ciudad, que aparecen en todas las guías turísticas y que se ha convertido en parte del paisaje urbano, contribuyendo a crear una identidad. Es curioso que esta columna se titule “Mi mundo en desaparición”, como la canción de Fangoria, dúo compuesto por Nacho Canut y, precisamente, Alaska. Cosas del destino, supongo.

La intención de la teniente de alcalde de Funció Pública i Govern Interior, Irene San Gil, era ‘mejorar’ la céntrica plaza palmesana, ‘darle más valor’. Comprenderán ustedes que esas palabras asusten cuando las pronuncia un consistorio responsable de auténticos despropósitos como el derribo del Pont des Tren –para luego crear una réplica modelo Port Aventura- o los contenedores de recogida neumática de basuras que nunca funcionaron. Ante la reacción ciudadana, San Gil ha dicho que el kiosco no va a cerrar pero también ha dejado entrever que nada volverá a ser como antes. Aquí los únicos que no cambian son ellos. Si tuviésemos que actuar de la misma manera para ‘sanear’ y ‘darle más valor’ a la clase política en este país, se pueden imaginar como acabaría todo.

Podría pensar, y disculpen mi suspicacia, que cuando un ayuntamiento filtra la noticia de que está ‘estudiando’ la posibilidad de renovar una concesión, en el fondo está lanzando una advertencia. Cuidadito conmigo que lo mismo mañana me levanto con ardor de estómago y… Una actitud más cercana al caciquismo que a una gestión razonable. Pero, liberado de mis prejuicios, me enfrento de nuevo a ese mundo en desaparición que lamentaba la semana pasada. No me gustan las ciudades históricas que pierden su identidad en pos de un desproporcionado y antiestético concepto del progreso. No hablo de decadencia, aunque ciudades envejecidas como Lisboa o La Habana hayan sabido sacarle rédito turístico a una belleza detenida en el tiempo; hablo del sometimiento de las ciudades a los intereses de constructores, empresarios y políticos, absolutamente ajenos al deseo de los ciudadanos. La ciudad como una inversión en un decorado, no como un lugar en el que habitar y convivir.

Sin ninguna perspectiva de futuro, los gestores de la ciudad son incapaces de ver que la esencia de una cultura mediterránea es algo más que sus monumentos. Son sus costumbres, sus tradiciones, su ocio. Este verano ya me sorprendió que en Palma, ciudad eminentemente turística, no se pudiese tomar una copa en una terraza de la Plaça Drassana porque a las doce de la noche te puede caer una multa. O tener que pasar con tu cena al interior de un restaurante de la calle Fábrica porque la policía municipal puede llegar en cualquier momento. Al parecer, molestas a los vecinos. Algo que, ya les digo yo, ni se les ocurriría plantear a los ayuntamientos de Santorini o Roma para limitar la afluencia de turistas a su archipiélago o impedir la tradicional visita a las terrazas del barrio del Trastévere. Ni siquiera en Eivissa se les ha pasado esa idea por la cabeza.

Por eso cuando leí la noticia del posible cierre del kiosco Alaska volví a sentir esa rabia que me produce la ceguera de aquellos que no comprenden que somos mucho más que un número en el DNI y un horario de entrada en el trabajo. Porque no es razonable, y me atrevería a apuntar que muy poco inteligente, convertir las ciudades en parques temáticos con horario de cierre, en espacios sometidos a una dudosa sofisticación que tiene mucho de pose y poco de verdad. Estamos asumiendo que el tiempo pase por nuestra existencia como una apisonadora en lugar de procurar la convivencia entre pasado y futuro, entre esas palabras tan tópicas en las revistas de decoración pero que aquí adquieren un significado real: tradición y modernidad.

No es un problema exclusivo de Palma. En absoluto. En Madrid, los teatros alquilan sus nombres a las marcas y el Palacio de la Música, en plena Gran Vía, aquel que un día adquirió Caja Madrid para convertirlo en un auditórium, cada vez está más cerca de acoger otra tienda de una gran marca de ropa. Hasta el metro de Sol hoy es Vodafone Sol. Apenas quedan mercados tradicionales. Todos se han reconvertido en una especie de gastrobares de exquisitas paradas donde lo extraño es poder comprar un kilo de manzanas a un precio razonable. Eso sí, ostras con champagne, eso sí puedes. Y no lo critico. Lo que me entristece es que no hayamos sido capaces de permitir la convivencia entre lo tradicional de aquellos lugares de nuestra infancia y la reinvención de nuevos espacios. Por eso me gustaría poder seguir paseando por Palma, llegar hasta la plaza del Mercat y ver la barra y la terraza del Alaska llena de gente. Me niego a creer que un lugar que ha sobrevivido a una Guerra Civil, a una dictadura y a una transición democrática no va a ser capaz de resistir el empecinamiento del político de turno.

Foto 23-11-14 16 02 27Con mis amigas Sofía, Pili y Mónica en el Alaska. Verano 2014. Foto: Raul.

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