El respeto

No se aprende a vivir en sociedad. Se procura, que ya es mucho, y vamos haciendo encaje de bolillos con los principios básicos de la convivencia para intentar sobrevivir en esta jungla sin perder la dignidad. Por eso me ofendo cuando una determinada conducta ajena provoca en mí una reacción, incluso un pensamiento, en el que no me reconozco. Es como si todo mi esfuerzo por convertirme en un ser sociable, reflexivo, coherente, se evaporase con mi sudor.

Rechazo cualquier tipo de fanatismo, detesto la obcecación que niega las infinitas posibilidades del diálogo; pero, ante todo, desprecio que alguien que jamás se ha esforzado por respetar a los demás me empuje, con sus actuaciones y declaraciones, hacia un territorio de sombras donde él, con seguridad, sabrá moverse mucho mejor que yo.

No sé si recuerdan las declaraciones del cineasta Pedro Almodóvar cuando le preguntaron, en el programa Hoy por Hoy de la cadena SER, por el escándalo de las preferentes. Desde una encomiable empatía, Almodóvar dijo: “Si yo hubiera sido un hombre analfabeto, gallego,…voy y espero al señor Blesa o al señor Rato y le corto el gañote”. De repente, el sentido común, la afinidad con el que sufre, se vuelve contra el bueno. Como en un capítulo de Juego de Tronos, los malos consiguen liar la madeja para poner contra las cuerdas al hombre honesto. Resultaba tan obvia la manipulación de esas palabras que obligar a Almodóvar a pedir perdón me ofendió aún más. Basta un mínimo de comprensión oral, de comprensión lectora, para entender que ni Almodóvar estaba pidiendo el linchamiento de Blesa y Rato ni calificaba de analfabeto al pueblo gallego.

El lado oscuro de esta sociedad en permanente construcción ha convertido la corrección política en un concepto con el que humillarnos. Ellos, que nunca creyeron en esa corrección, que se burlaban de ella a mandíbula batiente, ahora emplean ese argumento para distraer la atención y culpabilizar al que pasaba por ahí.

Pedro-Almodóvar

En esa lucha interna habito desde hace más de un año. Creo que el respeto es la base de cualquier tipo de relación. Desde la más íntima hasta la que vincula al político con su electorado. Dirijo y presento un programa en RNE donde, con seguridad, una de las palabras que más veces pronuncio es esa: respeto. Pero, de la misma manera, asumo que el respeto es un reconocimiento, una aceptación, una valoración de las cualidades y derechos del prójimo. Si bien defiendo la pluralidad y la manifestación libre de unas opiniones instaladas en mis antípodas ideológicas, no puedo respetar cualquier forma de pensamiento o conducta que alimente la discriminación, que macere un discurso de odio dañino para cualquier sociedad justa. El respeto hay que merecerlo desde el más humano de los puntos de vista.

No puedo respetar las opiniones de un neonazi, ni las del obispo de Alcalá de Henares, Reig Pla, en su cruzada contra el colectivo lgtb; ni las de la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, que prefiere contratar mujeres que no vayan a tener hijos. Porque en esas opiniones subyace un discurso que, objetivamente, no contribuye a crear una sociedad mejor, más justa y plural. Al contrario, son palabras cargadas de rencor, discriminación y crueldad. ¿Son libres para expresar su opinión? Sí, pero no me exijan respeto a esas declaraciones y mucho menos en nombre de un principio democrático del que ellos se burlan.

En ocasiones, cuando me enfrento a un votante del PP o de CiU que, a día de hoy, conociendo lo que conocemos -y, lo que es peor, lo que no sabemos-, me dice con orgullo que va a volver a votar a esos partidos, noto que una parte de mí, quizá la más irracional, le pierde el respeto. Y me rebelo contra esa sensación para no ser deslegitimado precisamente por aquellos que jamás me respetaron. Valoro tanto la capacidad crítica de un país que su ausencia me indigna. Me preocupa la calidad de una ciudadanía que permite que hoy un partido sumergido en tantos casos de corrupción que ya resultan inabordables (Palma Arena, Caso Noos, Gürtel, Fabra, Bárcenas, Operación Púnica, Caja Madrid,…) siga encabezando las listas en intención de voto. Me pregunto qué valores alimentan esas decisiones, cuánta corrupción es capaz de soportar un votante. Y no encuentro respuesta.

Es posible que, como le sucedió a Almodóvar, el antidemocrático acabe siendo yo por exponer en voz alta las dudas que me suscita un votante que, ante semejante desvergüenza, no se replantea su voto. Puede que hasta tenga que matizar mis palabras y si la cosa se complica, pedir perdón. Porque en nombre de los derechos, principios y libertades que han articulado nuestro discurso durante décadas, ahora son ellos los que levantan una pared que les salve de la quema.

  1. Juan

    Esto de lo políticamente correcto nos lleva a esconder lo que es “feo” y a matar al mensajero.

  2. Christian

    Totalmente de acuerdo!

  3. Cipriano

    magnífica reflexión, comparto en twitter, porque creo que con más lectura y menos fundamentalismo quizás fuera posible ese tan preciado respeto. Un abrazo

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