Como abejas en invierno

Nunca he sido temerario. La naturaleza no me ha dotado del radiante encanto de la osadía, como al pequeño Nicolás. Si peco de algo es de prudente. Pero ya sabemos que, como cantaba el gran Carlos Berlanga, “ser prudente de más es tan malo como no serlo”.

slide_375778_4399150_compressedEl éxito de la tomadura de pelo de Francisco Nicolás reside precisamente en su entorno. Durante mucho tiempo, la estética de la derecha nos ha indicado seguridad, confianza, clase, prestigio, estatus. Al menos así era hasta la estafa de las preferentes y la aparición de las tarjetas black. Ahora, un traje no es indicio de nada y mucho menos de honradez. Pero es cierto que ningún alto empresario hubiese creído a un chaval de veinte años con barba, pendiente y una camisa de cuadros sobre vaquero. De hecho, nadie de ese entorno en el que articulaba sus hilos el pequeño Nicolás hubiese perdido un segundo de su tiempo en escuchar a una persona con una estética como la de Pablo Iglesias o Alberto Garzón. Ahí radica su supuesta credibilidad: en el ambiente en el que se movía. Basta echarle un vistazo a un congreso de las Nuevas Generaciones del PP para comprobar que el perfil estético –incluso físico- del pequeño Nicolás es tan habitual que más de uno creería estar acorralado en una pesadilla replicante. Eso sin olvidar que las altas esferas políticas y empresariales de este país están llenas de instintos muy similares al del personaje del que hablamos y que, sin embargo, el sistema aplaude como adalides de la gestión. Vamos, que del pequeño Nicolás a Blesa o Rato hay simplemente unos cuantos años más.

Otra cosa sería despojar de su estética a todos estos personajes y soltarlos en pelota picada en un despacho, a modo Adán y Eva, ese despropósito televisivo de Cuatro que ha permitido ver desnudos masculinos frontales en prime time. No hay mal que por bien no venga. Tal vez en pelotas, sin ningún rastro decorativo que marginase la sensatez y estimulase los prejuicios, al pequeño Nicolás le hubiesen dado la misma verosimilitud que a cualquier personaje ficticio tipo Calamardo, Pocoyó o Ana Mato. De hecho, en pelotas, es probable que el pequeño Nicolás hubiese salido del despacho entre burlas y alguna que otra colleja, cosa que, todo sea dicho, con Alberto Garzón no hubiese pasado. Al menos, no en mi imaginación.

¿Alguna vez se han topado con una abeja en los meses de frío? El insecto es incapaz de regular su propia temperatura corporal y, aislado de su colmena, adopta los grados del lugar en el que se encuentra. Para las abejas, el calor estimula y el frío paraliza. Apenas pueden volar, se quedan atontadas, actúan de un modo torpe, pegándose a tu ropa, como si buscasen una calidez que el clima les niega. Así me siento en esta edad de hielo. Me muevo torpe, confuso, aturdido como una abeja en invierno. Son tiempos de fakes, de falsas personalidades y personalidades falsas, de confusiones, de rumores, de pies de plomo. Tiempos sometidos a la rapidez, al impulso, sin un atisbo de reflexión, sin posibilidad de análisis, no por falta de intención sino por impedimento de la circunstancia. Tiempos a los que les falta tiempo.

Me asaltan las informaciones, los escándalos, los datos enfrentados, los ‘me gusta’ de mis redes sociales, los comentarios a mis estados,… Y todo va tan rápido que en ocasiones me he sorprendido a mí mismo valorando positivamente una mala noticia porque ni siquiera me había detenido un minuto a leer el texto que ilustraba la foto. La realidad es una autopista por la que circulamos sin ningún límite de velocidad y lo que ayer nos parecía lógico se transforma en censurable a medida que vamos asimilando más información que, a su vez, refleja más la intención partidista del medio de comunicación que un interés por procesar unos datos con el objetivo de proporcionar un conocimiento explícito de la situación.

Empiezo a dudar de que exista mente humana capaz de relativizar, analizar, reconducir un discurso sensato entre tanta miseria. De la gestión del Ébola a la apropiación política de la curación de Teresa Romero en boca de aquellos que acusaban a los profesionales de la sanidad pública de manifestarse por sus privilegios. De la familia Pujol a los consejeros delegados bien retribuidos que deciden que seamos nosotros los que paguemos sus caprichos. La cara nueva de Renée Zellweger y la cara dura del pequeño Nicolás. Estoy demasiado aturdido para ordenar mis pensamientos. Tal vez dedique lo que queda de semana a batir mis alas. A ver si así entro en calor de una maldita vez.

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