Libres para emocionarnos

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Fingimos. De una manera u otra, lo hacemos. Algunos para reafirmarse ante los demás. Otros, para sentirse parte de los demás. Optamos por someter nuestras emociones a todo tipo de tratamientos estéticos con el único objetivo de esquematizarlas, hacerlas tan complacientes que apenas seamos capaces de reconocernos en ellas. Renunciamos a la inteligencia emocional a favor de la habilidad social, como si ambas no fuesen perfectamente compatibles.

Ha sido esta semana cuando un bello acontecimiento familiar me ha situado ante esa parte de mí que reprimo inconscientemente. He sido tío. Por primera vez en mi vida. Y me bastó recibir un video de la que ya es mi sobrina, grabado con el móvil, para notar esa emoción primitiva que nos conecta con lo que realmente somos: humanos. Y propulsado por un resorte emocional hice cosas que, desde la sofisticación de la racionalidad, nunca hubiese llevado a cabo. Me atrevería a confesar que ni siquiera lo pretendía veinte minutos antes. Ese concreto instante activó un estado de ánimo puro, sin filtros, sin convencionalismos, que se manifestó en todas mis redes sociales. Ya sé que hay personas que practican ese exhibicionismo con asombrosa continuidad pero yo siempre intento distanciarme un poco del personaje que opina en Twitter, escribe en Facebook o ficciona una vida de estrella mediática en Instagram. Y al relegar cualquier prejuicio hacia mis emociones me sentí momentáneamente libre. Insisto en la importancia del momento porque al rato empecé a preguntarme si aquello que había expresado no era demasiado ñoño, de un exhibicionismo gratuito, nada cool. Y la simple duda me ofendió.

El triunfo está reñido con la emoción. Por eso nos cuesta tanto exteriorizarla. Los deportistas de élite anteponen la concentración a la emoción. Los grandes empresarios anteponen el rendimiento a la emotividad. Dejarnos dominar por las emociones puede estar mejor o peor visto socialmente pero desde el punto de vista empresarial, o en otra actividad relacionada con el poder y la gestión de recursos humanos, es un handicap.

Como gran admirador del término medio, he intentado gestionar mis emociones sin renunciar a mis principios y valores. Aún hoy ignoro si lo he logrado. Porque si dejo que las emociones me dominen soy tan infeliz como si me despertase cada día con la intención de reprimirlas. Les pongo un ejemplo: en una ciudad como Madrid es imposible caminar si te abandonas a tus sentimientos más humanos. La mendicidad, los músicos callejeros (algunos francamente buenos), hasta los simpáticos voluntarios de las ong’s que se sitúan estratégicamente en las vías más concurridas para captar tu atención y tu aportación mensual, hacen que estés cuestionándote la responsabilidad que ejerces con tu tiempo. Si esa emoción controlase tu bolsillo, tú mismo acabarías pidiendo en la calle. Sé que no puedo contribuir económicamente a todos ellos pero no he logrado dejar de sufrir por no poder hacerlo. Intento rechazar con una sonrisa, empatizar, pero eso sirve de poco cuando tu humanidad no va acompañada de dinero. Aún así, prefiero sufrir sabiendo que no puedo ayudar a esas personas que no sentir nada. Esa austeridad emocional también ha regido nuestras vidas durante tiempo.

Cierto es que ahora, con la crisis, si hay algo que no nos avergüenza es la emoción. Será porque la sensación de triunfo ha emigrado a otro lugar. Y aunque arrastremos los malos vicios de su represión, tengo la sensación de que hemos pasado de ocultar las manifestaciones públicas de la emoción, que estaba feo e incomodaba a los demás, a convertirlas en moneda de cambio, en espectáculo, en pasaporte warholiano a la fama.

Las costumbres culturales regulan la expresión de las emociones. Pienso que precisamente ahí radica el éxito de las redes sociales en nuestra cultura. Hemos crecido en una sociedad emocionalmente reprimida. Esa opresión se ha quebrado con la aparición de las redes sociales. Esos lugares abstractos, donde el mundo público y privado se fusionan, se han convertido en espacios en los que manifestar nuestras emociones más íntimas, más verdaderas, salvaguardando nuestros gestos, nuestras lágrimas, nuestra mirada, de la valoración directa de los demás. Escribo que estoy feliz pero no me ves feliz. Así el receptor del estado elabora una imagen mental de esa felicidad más de acorde con la felicidad que él reconoce que con la que siente su amigo virtual. De ese modo se genera la empatía.

Puede que sea cursi, ridículo, un síntoma de falta de autoridad, pero me ha gustado manifestar que algo tan natural como ser tío me ha hecho muy feliz. Las emociones son las que nos hacen sentir humanos y sería una estupidez ocultarlas.

 

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