La metamorfosis

RUIZ-GALLARDÓN ANUNCIA QUE DEJA LA POLÍTICA, SU ESCAÑO Y SUS CARGOS EN EL PP

Ya lo explicó Darwin: “No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio”. Y con esa idea en la mente llevo acostándome y levantándome desde hace dos años. Insisto en ella como un candoroso mantra al que se le están agotando las pilas.

Hablamos del cambio como un estímulo necesario y pocos son los que reconocen que se trata de una fuente inagotable de temor. Confieso que siempre me ha dado miedo el cambio pero tampoco soy un paradigma del valor. También me asusta volar, las agujas, la enfermedad, la velocidad, las ratas, la ultraderecha, el submarinismo, las torres de caída y Mariló Montero. El desasosiego me visita siempre que me enfrento al imprevisto. Y eso es un cambio: un salto a lo imprevisible. Especialmente cuando no eres tú el generador de esa ‘mudanza’ sino que son las circunstancias, generadas por las decisiones arbitrarias de otros, las que te empujan a modificar lo que ayer era tu estabilidad.

Temer al cambio es lógico. Es incertidumbre, miedo a perder lo conseguido, al fracaso. Pero está mal visto manifestarlo. Como una hemorroide, hay que sufrirlo en silencio. En la era de los emprendedores, tener miedo es el vestíbulo del Titanic. Pero, por las mismas razones, nuestra capacidad de adaptación es un mérito. Y todos estos lugares comunes de los manuales empresariales acaban calando en la conducta hasta marcarnos el camino. A mí lo único que de verdad me jode de todo esto es que siempre tengan que ser los mismos los que inicien la desconocida vereda del cambio. Si eres licenciado en periodismo y no encuentras trabajo de lo tuyo, recíclate y prueba suerte en el universo del programador de sistemas informáticos. Si llevas toda la vida levantando muros de ladrillo y ahora la construcción está paralizada, inténtalo dando el salto al apasionante mundo del comercial de venta directa. Y en esos momentos en los que los grandes empresarios y los líderes políticos y económicos nos proporcionan esas pautas para sobrellevar mejor la crisis, no puedo evitar que mi subconsciente proclame “recíclate tú”, “cambia tú”, “adáptate tú”.

Daría lo que no tengo por ver a Duran i Lleida buscando fortuna como dependiente de una gran superficie comercial. O al dimitido Gallardón abriendo una tienda de cupcakes. O Fátima Báñez, la ministra de Trabajo que nunca ha tenido que salir a buscar trabajo porque, desde que cumplió los 30, va encadenando trabajos ‘públicos’ gracias al carnet del partido. ¿Por qué no empiezan a reciclarse ellos, a cambiar ellos? Con la razón en la mano, si hay alguien en este país que vive de ‘lo público’ esos son los políticos; ni los directores de cine, ni los marchantes de arte, ni los mineros: los políticos. Y supongo que por esa razón codician mantenerse en el poder, o en el partido del poder, que para el caso es lo mismo, pase lo que pase.

Superar el escenario actual adaptándote al cambio. Esa es la clave para todos menos para ellos. Estoy deseando saber a qué va a dedicarse Gallardón a partir de ahora. ¿Se hará tertuliano de Intereconomía? ¿Probará suerte en la interpretación como ya hizo en la película de Garci? Mucho me temo que no se irá muy lejos del poder. Y lo entiendo. Todos queremos proteger lo que consideramos nuestro. Y como escuché una vez a un psicólogo, eso también incluye nuestra serenidad.

Sigo batallando con las metamorfosis, como si fuese un triste comerciante de telas llamado Gregor Samsa. Procuro adaptarme a los nuevos tiempos -¿qué tiempos no lo son?- de una forma sorprendente. Tanto que asumo los pecados de la sociedad moderna como míos. He recomendado a personas que no discutiesen con sus jefes una deficiencia laboral, una pequeña injusticia, si consideraban que la renovación de su contrato estaba en peligro. Y cuando me escucho, me quiebro por dentro. La metamorfosis duele. No sé si me he explicado bien.

NOTA: El artículo se envió al Diario de Mallorca el jueves por la mañana. Sale publicado hoy domingo. Y fue ayer cuando leí que el señor Gallardón ya tenía trabajo. No ha tenido que reciclarse, ni reinventarse, ni nada de esas cosas que nos recomiendan que hagamos nosotros cuando nos quedamos en paro. Ellos siempre encuentran “de lo suyo”. El señor Gallardón entrará a formar parte del Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid. Unos 5.500 euros netos al mes. Y repito: a mí no me parece mal que Gallardón cobre 8.500 euros brutos al mes; a mí lo que me parece indignante es que haya profesores cobrando 1.000 euros, jóvenes desempeñando trabajos para los que están perfectamente cualificados por 700 euros o periodistas trabajando en la televisión y la radio públicas por 276 euros (brutos) por programa. Llámenlo ‘rencor social’ si quieren pero eso es lo que siento.

Metamorphose

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