“Aquí le ayudamos a alcanzar sus sueños”

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“Aquí le ayudamos a alcanzar sus sueños”. Con ese lema se publicita el colegio católico Gimnasio Castillo Campestre de Bogotá. Finge ser un lugar en el que, como relata la letra de Somewhere over the rainbow –y nunca una comparación fue tan dolorosa-, los sueños que te atreves a soñar se hacen realidad.

Sergio Urrego era alumno de ese centro. Tenía 16 años y estudiaba bachillerato. El pasado 4 de agosto, Sergio se suicidaba tras sufrir el acoso de la directora del colegio, y algunos profesores, por ser homosexual.

Todo comenzó cuando un profesor confiscó el teléfono móvil del alumno y descubrió en él una foto del joven besándose con su pareja, un compañero del centro llamado Danilo. El profesor informó a la dirección, administrada por la señora Amanda Azucena Castillo, que les impuso una falta grave. La psicóloga del colegio reunió a la joven pareja, junto a un grupo de profesores, para interrogarlos sobre su relación y comunicarles que hasta que sus padres no acudiesen al centro para ser informados, ellos no podrían regresar a clase. Sergio se lo contó a sus padres, que en ningún momento juzgaron a su hijo y le ofrecieron todo su apoyo, mientras que Danilo, que hizo lo propio, recibió la ira y la indignación por respuesta hasta el extremo de que sus padres le sacasen del centro.

Lo que no esperaba la directora del Gimnasio Castillo Campestre es que los padres de Sergio fueran tan respetuosos con la orientación sexual de su hijo. Por eso, a partir de ese momento, comenzó una oscura campaña de acoso moral contra el menor al que definía como “anarquista, homosexual y ateo”. A la discriminación a la que le sometía el centro se añadió la obligación de presentar un certificado de seguimiento psicológico para que Sergio pudiese regresar a clase. Y como en los terrenos yermos de humanidad solo crece rencor y venganza, los padres de Danilo, para salvaguardar el ‘honor’ de su hijo, optaron por denunciar a Sergio por acoso sexual. Cuando los padres de Sergio decidieron cambiarle de colegio, el daño ya estaba hecho.

El 4 de agosto, Sergio Urrego dejaba varias notas escritas y se lanzaba desde la terraza de un centro comercial.

Cuatro días después se celebró el funeral. A todos los compañeros que acudieron la directora les castigó con recuperar las horas perdidas asistiendo a clase un sábado. Hace apenas unas semanas, cuando los padres de Sergio han puesto el asunto en manos de la Justicia, esperando dirimir responsabilidades, el centro ha lamentado oficialmente la muerte de su alumno. Hasta ese momento no lo había hecho.

No crean que esta historia es exclusiva de Colombia. No pequen de esa estúpida superioridad occidental que nos hace creer que este tipo de cosas solo suceden en lo que nos hemos atrevido a llamar ‘tercer mundo’. En España, el último informe sobre acoso escolar homofóbico entre jóvenes de 12 a 25 años, recoge que el 43% de quienes lo sufren se plantea el suicidio. Y aunque ese acoso proviene, en un 90%, de compañeros varones existe un alarmante 11% que apunta a profesorado y directivos de los centros educativos.

Esta semana ha comenzado el curso escolar en toda España. Aquí no vale la estrategia del avestruz. Hay que afrontar el acoso mirándolo a los ojos. Una sociedad que ignora la humillación, la impotencia, la tristeza, la soledad, el aislamiento, la vulnerabilidad de sus adolescentes y jóvenes LGTB, es una sociedad perversa.

En una de las notas que dejó Sergio Urrego antes de su muerte podía leerse: “Hoy espero que lean las palabras de un muerto que siempre estuvo muerto. Que, caminando al lado de hombres y mujeres imbéciles que aparentaban vitalidad, deseaba suicidarse. Me lamento de no haber leído tantos libros como hubiese deseado, de no haber escuchado tanta música como otros y otras, de no haber observado tantas pinturas, fotografías, dibujos, ilustraciones y trazos como hubiese querido pero supongo que ya puedo observar a la infinita nada”. Que un chaval piense en la muerte como salida a la incomprensión que genera su orientación sexual es responsabilidad nuestra como parte activa de esta sociedad. Necesitamos educación en la diversidad y en valores, no exclusivamente en valores cristianos, que parece que esos son los únicos que existen. Y si sus prejuicios se lo impiden, deje paso a quienes están dispuestos a hacer de este mundo un lugar desde el que poder alcanzar nuestros sueños.

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