El destierro

Hace apenas unos días conocí la noticia de un joven de 28 años que estaba dispuesto a recorrer los 1.100 kilómetros que atravesó Rodrigo Díaz de Vivar, o sea El Cid, en el destierro al que le condenó el rey Alfonso VI. Nacho Gutiérrez, que así se llama el joven, se enfrentará a esos kilómetros, que separan Burgos de Valencia, pedaleando, corriendo y nadando con la única intención de alertar sobre el ‘destierro’ al que este país está sometiendo a su generación, obligada a abandonar España por la falta de oportunidades laborales.

Y mientras leía la noticia, y alejándome de las razones que animaban a Nacho, vislumbré el destierro como la materialización de una especie de justicia poética, de orden cósmico; un castigo ejemplar que, si bien es imposible de aplicar en la actualidad, sí debería tener un matiz social en estos tiempos en los que el villano se jacta de su deslealtad. Pienso en el destierro para los Pujol o para los Fabra y sonrío como un Robin Hood justiciero.

El destierro, que era un castigo -y por lo tanto, un arma política- muy común en los orígenes de la Humanidad, se basaba fundamentalmente en lamarta-ferrusola humillación del condenado, obligado a abandonar, en un plazo de tiempo relativamente corto y con lo puesto, sus raíces, su familia, su entorno, su cultura. En la Grecia antigua, ese era el peor castigo que podía recibir un ciudadano, peor incluso que la muerte, ya que para ellos uno era lo que significaba en la sociedad, su identidad venía marcada por su pertenencia al grupo. El destierro suponía arrebatarle su identidad.

En la sociedad actual, al menos en la española, que es la que disfruto y en ocasiones padezco hasta la vergüenza ajena, vivimos una especie de categorización de la delincuencia que nos hace matizar el delito condenado. Somos implacables con los delitos de sangre, como es lógico. En un arrebato de peligrosa visceralidad, la masa es capaz de linchar al violador o al pederasta en un discutible concepto de la justicia. Incluso perseguir al ladrón de un bolso hasta caer extenuados por la carrera. Pero, curiosamente, si ese ladrón roba millones, si es un defraudador, la noción de ‘lo justo’ se sumerge en las profundidades de la conciencia e incluso, me atrevería a decir, empatizamos con el estafador. Sus imágenes en televisión no reflejan a un delincuente, como sí sucede en otros delitos, y cualquiera diría que estamos ante un triunfador. “Y tú, si tuvieras acceso al cajón, ¿no lo harías?”, me han llegado a decir. Pues no, no lo haría y me avergüenza que usted piense así.

No comprendo el orgullo del delincuente. Y no lo tolero. Me ofende ver a Antonio Alemany, el corrupto que escribía discursos a Jaume Matas, entrar en la cárcel sonriendo, como quién celebra la comunión de su hija en el Parque de Atracciones. “Dientes, dientes, que es lo que les jode”, que decía Isabel Pantoja, otra delincuente. Pues sí, me jode. Y me jode que Matas pudiese seguir haciendo su vida de gran cacique en la Colonia de Sant Jordi cuando todo el mundo ya sabía el delito que había cometido. Y me jode ver al ladrón de Bárcenas haciéndonos una peineta a su llegada al aeropuerto, después de pasarse un fin de semana de lujo. Y me jode escuchar a Marta Ferrusola, la mujer y cómplice del confeso defraudador Jordi Pujol, mandar a la mierda a un periodista mientras entra en un taxi como una celebritie escapando de los paparazzis. ¿Con qué autoridad moral se atreven a hablarnos así, a mandarnos a la mierda? Y lo que es peor, ¿por qué se lo consentimos? ¿Por qué ninguno de ellos ha sentido el desprestigio social, el rechazo de una sociedad entera a su conducta? Les prometo que, cegado por la rabia, recuperaría el destierro como castigo a un proceder indigno.

Los Pujol, con toda una fortuna en paraísos fiscales y un fraude tributario en Cataluña superior a 16.000 millones, se sienten en el derecho de poder mandarnos a la mierda. Incluso el ‘molt despreciable’, ex presidente de la Generalitat, decide que acudirá al Parlament a dar explicaciones cuando a él le dé la gana, que será exactamente después del 22 de septiembre. O Carlos Fabra, el ex presidente de la Diputación de Castellón, pidiendo el indulto para, en el peor de los casos, retrasar su ingreso en prisión para cumplir la condena de cuatro años de cárcel por delitos contra la Hacienda Pública, estafando más de 693.000 euros entre 1999 y 2003. Dijo que se acogía a su “derecho constitucional”. ¿Es o no es indigno?

Recuperar el destierro. No geográfico. Ningún país tiene por qué aceptar la basura que nosotros no queremos en el nuestro. Tenemos que crear nuestra propia incineradora de residuos tóxicos. Ya tenemos a la Justicia trabajando en ello. Ahora solo falta asear nuestra propia ética, nuestra escala de valores. Convertir a esas gentes en ‘personas non gratas’, condenarles a un elegante ostracismo social, hacerles el vacío hasta que ellos mismos sientan las dimensiones y consecuencias de su comportamiento. Arrebatarles su identidad, basada en el prestigio social que les proporcionaban los millones robados o estafados, hasta el extremo de que los clientes de un restaurante abandonasen el local cuando ellos entrasen. ¿Recuerdan el final de Las amistades peligrosas? ¿Sería eso posible? En mis sueños, sí.

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