Lo de Francia

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Es curioso lo poco que se habla de lo de Francia. Hablamos más del circo de los cubos helados de agua que la gente se vuelca encima o de las razones (¿?) que han empujado a Ana Rosa Quintana a iniciar temporada en Palestina. Pero no percibo el debate sobre un gobierno democrático del primer mundo –perdón por numerar los mundos- que dimite en bloque por las discrepancias con la política de recortes de su jefe del Estado.

Para mí esa dimisión, si bien no me emociona como aquella romántica revolución de los claveles, sí me hace sospechar que quizá no todo esté perdido. Siempre he adivinado en el poderoso la necesidad de dibujar horizontes apocalípticos para, acto seguido, alzarse como única salvación posible. Ellos nos salvan –o fingen hacerlo- pero se cobran el esfuerzo con nuestras entrañas. Y el pueblo, temeroso e iletrado, sacrifica todo lo que fue, todo lo que logró, incluidos sus derechos, en nombre de una ficticia seguridad. Que un ministro francés provoque una crisis de Gobierno con la frase “me voy por la política de austeridad absurda” es algo más que un símbolo; es la imprescindible representación de los ideales por encima de los intereses.

Esta purificación de la clase política que ha protagonizado Arnaud Montebourg, un ministro de Economía –para mayor escarnio-, pone en evidencia lo que llevamos años sospechando: hay dos Europas. No una Europa rica y una Europa pobre, no. Hay una que mira al futuro y para la que el bienestar de sus ciudadanos es una prioridad y otra que mira al bolsillo del poder y para quienes el único bienestar computable es el suyo y el de sus benefactores. Merkel y Rajoy pertenecen a esa segunda Europa. Como líderes de una secta satánica que solo busca adeptos y condena al que cuestiona, enarbolan la bandera de la austeridad como los trasnochados profesores levantaban la regla con la que golpear a sus alumnos. La derecha europea aún piensa que quien bien te quiere, te hará llorar.

Sabemos que para ellos la vida es blanco o negro. Les encanta crear enemigos a los que enfrentarse porque solo esa polarización justifica sus asaltos a los principios fundamentales que vulneran. Pero los matices existen. Y, parece ser, que en economía también.

Ya reconocemos que votar a la derecha es austeridad. Pero no como una salida a la crisis. Ese cuento ya nos lo han leído muchas veces. Ahora comprendemos que la austeridad es una estrategia de negocio. O sea, produce barato para que los que siempre se enriquecieron puedan enriquecerse más. Corporativismo de derechas. Por eso es simplemente contranatura que un obrero vote a la derecha. O que un partido de izquierdas haga la política económica que quiere la derecha. Francois Hollande y Manuel Valls, como los habitantes de la localidad de Santa Mira en el clásico La invasión de los ladrones de ultracuerpos, no son quienes dicen ser.

La reacción de Hollande y de su primer ministro Valls a la expresión de valores e ideales socialdemócratas de sus compañeros de partido dimitidos confirma lo que en España ya sabíamos: la izquierda también sale rana. No importa lo que votes en la elecciones. Después vendrán los poderes económicos y ellos dirán lo que hay que hacer. Y lo harás. Incluso renunciando a tus propios ideales. La seducción del poder. Eso sí que debe ser una droga y no la marihuana.

Una de dos: o la socialdemocracia europea ha perdido su identidad y su evolución comienza a parecerse a la de Brigitte Bardot –pasar de símbolo sexual del siglo XX a definir a Marine Le Pen como la Juana de Arco del siglo XXI- o la única respuesta al poder irracional y codicioso pasa por animar la entrada en la vida política de los ciudadanos, de aquellos partidos y asociaciones nuevas, sin pasado histórico pero con mucho presente en sus ideales, libres de compromisos adquiridos con empresas que marquen las políticas a golpe de talonario y a espaldas de los intereses de la sociedad, para que sean ellos, sin miedo, los que demuestren que otro camino es posible.

No sé si será el destino pero, mientras escribo este artículo, en la televisión están emitiendo la película V de Vendetta. Y escucho al personaje que interpreta Natalie Portman declarar: “Nos dicen que recordemos los ideales, no al hombre, porque un hombre se puede acabar. Pueden detenerle, pueden matarle, pueden olvidarle, pero cuatrocientos años más tarde sus ideales pueden seguir cambiando el mundo”.

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