Queridos vecinos

Escribo este artículo después de cenar en Palma y tras intentar, infructuosamente, tomar una copa en una terraza entre la zona de Sa Llotja y es Passeig del Born. Menos mal que el calor me recuerda que es agosto que si no…lo mismo pensaba que había viajado en el tiempo hasta el futuro febrero.

Contra cualquier introducción a los principios básicos del turismo, Palma de Mallorca debe ser la única ciudad mediterránea que en plena temporada alta cierra sus terrazas a las doce de la noche. En realidad, a las once y media ya te están metiendo prisa para que te acabes la copa o entres a esconderte en el interior del local, como si estuvieses cometiendo un acto ilegal y necesitases el refugio de la clandestinidad, antes de que pase el coche de los ‘sheriffs de Nottingham’ con el ansia de multa apretándoles el bolsillo del pantalón. Y ya no les cuento si eso les sucede cenando, como me ha ocurrido a mí, en el barrio de Santa Catalina. Tuve que coger mi plato y entrar en el restaurante ante la súplica temerosa del camarero, tan aterrado como molesto ante la inminente llegada de la policía municipal. ¿La razón? Los vecinos. A los vecinos les molesta el ruido.

Es el gran conflicto de todas las ciudades: trabajar por la necesaria convivencia entre el ocio nocturno y el descanso de los vecinos. Sin embargo, tengo la impresión de que en este caso hay una especie de discriminación positiva hacia el vecindario. Y esa decisión, en la temporada alta de una ciudad mediterránea eminentemente turística, me resulta, cuanto menos, incomprensible. ¿Se imaginan no poder tomarse una copa en una terraza en Santorini o cenar hasta tarde, bajo la luna, en el barrio del Trastévere, en Roma, porque los vecinos de la zona no quieren? Ya se buscará el ayuntamiento de la localidad la manera de equilibrar esa queja para que no afecte a una de sus principales fuentes de ingresos.

En mi afán por intentar analizarlo todo –manía que no les recomiendo; es agotadora- he llegado a la conclusión de que no es lógico que en una ciudad mediterránea, turística, en plena temporada alta, en un viernes del mes de agosto, una terraza, en un enclave como la Plaça Drassana, empiece a recoger mesas a las 23.30 horas por miedo a la multa municipal. Y soy una persona que siempre ha vivido en el centro de la ciudad. Nadie me obliga a hacerlo; lo elijo yo y, por tanto, asumo sus muchos inconvenientes porque me compensan. Pero debo ser una especie en vías de extinción porque ahora resulta que un vecino que vive en una zona turística de una ciudad turística quiere las mismas comodidades que tienen los vecinos que viven en la anodina periferia o en un pueblo.

Queridos vecinos: ¿les gusta a ustedes cenar fuera de casa? ¿Les gusta tomarse algo en una terraza a la fresca? ¿Lo practican cuando hacen turismo? ¿O es que solo les gustan las terrazas que no están debajo de su casa? Entonces, ¿qué hacemos? ¿Prohibimos las terrazas? ¿De verdad les parece tan ilógico que una terraza pueda permanecer abierta hasta la 1.30 de la madrugada los viernes, sábados y domingos de temporada alta? Solo por poner un ejemplo de negociación.

He estado en pueblos de Zamora, de apenas 500 habitantes, con una media de edad bien alta, que en sus fiestas de verano, y triplicando su población, han soportado conciertos de orquestas verbeneras hasta las seis de la madrugada. Y en Palma, los vecinos del barrio de Santa Catalina, han impedido que, una vez al año, la fiesta del Orgullo LGTB o el Village de la Copa del Rey se celebre en el parque de Sa Faxina porque les molesta el ruido. Será que la gente de pueblo es mucho más civilizada que la de ciudad.

Me molesta el camión de la basura, las procesiones nocturnas de Semana Santa y las celebraciones futbolísticas. Y jamás he presionado, desde ningún colectivo, para evitar su celebración. Eso es convivencia. No es lo mismo sufrir el ruido de un local insonorizado durante todo el año que convivir con celebraciones al aire libre que solo se desarrollan, muy puntualmente, en dos meses del año.

Un rasgo de nuestro patrimonio cultural es la vida al aire libre, la celebración como vehículo de interacción social. Los pueblos de la cuenca mediterránea saben lo que significa eso porque han sido honrados con las virtudes de un clima propicio para ello. Impedir que la gente disfrute de una noche de verano, o dos, o tres –fuente de ingresos a tener en cuenta en esta crisis-, empieza a parecer un despropósito. Habrá que buscar una fórmula para que el preciado descanso de los vecinos aprenda a convivir con la vida nocturna propia de una ciudad mediterránea y turística. Y viceversa. De lo contrario, llegará un día en que alguien que viva en el medio del campo se quejará del canto de los grillos y tendremos que exterminar a los insectos para favorecer un dulce descanso.

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  1. Muy de acuerdo con su reflexión, lo he vivido muy de cerca; como trabajador y como ciudadano. Siempre pienso que hay mucha gente que debería vivir fora vila.. Uy perdón ! Olvidaba que Palma es ciudad.

  2. No podría estar más de acuerdo.
    Yo vivo en una zona turística por excelencia (Torremolinos) y sé exactamente de lo que hablas. Si el paseo marítimo de La Carihuela se quedara desierto a las once y media de la noche en lleno verano correríamos el riesgo que, con el tiempo, llegara a estar desierto el resto de las horas del día. El turismo, que es la fuente de ingresos, directo o indirecto, de la que hemos comido en las zonas costeras desde hace cincuenta años, emigraría a otros lugares más comprensivos, benévolos y solidarios con sus “inquilinos estivales”.
    Saludos.

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