Magaluf Caníbal

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Como si fuesen humanos, los veranos siguen pautas de conducta. Una especie de guía de comportamiento estacional que relaciona los calores propios del mes con la vida en comunidad. De esa manera, todos los veranos tienen su canción, su bronceador de moda, sus verbenas populares, su campaña contra los rayos ultravioleta, sus operaciones salida y sus consejos para proteger la vivienda de los amantes de lo ajeno. Y así, un año tras otro, la historia se repite. Con nuevos protagonistas pero insistiendo en el mismo guion.

Por eso no deja de llamarme la atención el interés que algunos han mostrado en descubrir al mundo, un verano más, la parte ‘lúdica’ de Magaluf y, por supuesto, la necesidad de relacionarlo con una ‘nueva’ droga. Y todo bien agitado en la coctelera de la desinformación acaba creando un espejismo mental al que podríamos llamar “Magaluf caníbal”. El espejismo resulta más grande a medida que el informado se aleja del epicentro de la noticia. Vamos, que lo que opina de Magaluf una señora de Cuenca no se aleja mucho de lo que ella entiende por Sodoma y Gomorra. Creo que ni lo que sucede en Magaluf dista de lo que pasa en cualquier zona de ocio enfocada al turismo juvenil, ni la droga de la que se habla es caníbal.

Desde finales de los 80, Magaluf ha sido un espacio de recreo para el turismo joven británico que no se caracteriza especialmente por su mesura. Vean Little Britain y vayan haciéndose una idea de que Vicky Pollard veranearía en Magaluf. Es cierto que ese modelo turístico no apareció espontáneamente en la costa mallorquina. Tour operadores, empresarios turísticos, hoteleros de la zona, dueños de apartamentos, apostaron por ese turismo que les llenaba las arcas sin preocuparse de las consecuencias, una reacción bastante común en la isla, donde parece que un fajo de billetes es suficiente para vender el alma al mejor diablo y estar orgulloso de ello. Pero también es cierto que lo que sucede en Magaluf es muy parecido a lo que sucede en Lloret de Mar, en Salou, en Ibiza o en Gandía. Lo que se ha dado en llamar ‘turismo de borrachera’ –los propios tour operadores lo venden como un destino de desenfreno, sexo y alcohol- es simplemente un reflejo más de una realidad cada vez más consolidada y fomentada por los Gobiernos: convertirnos en el sector servicios de Europa. Los países del norte, y por imitación el resto, llevan décadas soñando con convertir a España en la despensa de su cocina y en el espacio de recreo de sus ciudadanos. Y tenemos un Gobierno en nuestro país que, por fin, accede a esa propuesta en nombre de una intolerable competitividad.

No creo que lo que sucede en Magaluf sea un caso aislado pero sí pienso que es un modelo turístico fomentado desde la propia isla. Por eso, y porque soy muy mal pensado, intuyo que detrás de la nueva campaña de demonización de Magaluf –mamading incluido- hay otros intereses especulativos que tal vez algún día lleguemos a conocer. Puede que alguien crea que hay mucha diferencia entre el desenfreno de los jóvenes británicos y el divertimento de los millonarios rusos. Imaginando de dónde pueden proceder esas grandes fortunas rusas, sospecho que hay más puntos en común de los que percibimos a primera vista. Eso sí, los millonarios rusos no hacen balconing. En eso son más inteligentes.

De la misma manera rechazo el tratamiento que se ha hecho de la supuesta ‘droga caníbal’. Hablando con el doctor Fernando Caudevilla, uno de los profesionales médicos que más y mejor habla de las drogas en España, me aclaró que no existe un solo caso de ataques caníbales documentados en toda la literatura científica mundial. Esa ‘nueva’ droga, que se comercializa en Internet como ‘sales de baño’, es MDPV (metilendioxipirovalerona), un estimulante que se estudió en los años 60 como antidepresivo pero fue desechado por sus efectos adversos que, desde luego, no incluían el canibalismo. El caso de Rudy Eugene, que fue abatido a tiros por la policía, hace dos años en Miami, cuando se abalanzó a morder a un indigente, demostró, tras los análisis toxicológicos, que no había restos de MDPV. En la serie más amplia documentada de intoxicaciones por MDPV no se hace referencia a episodios de agresividad, violencia o “ataques caníbales” inducidos por esta sustancia. Sí se destaca que el 46% de los usuarios tenían antecedentes de problemas de salud mental.

No existe ningún fármaco cuyo efecto sea el canibalismo. Esas reacciones tienen más que ver con las características de los individuos, potenciadas, eso sí, por el consumo de esa droga. Todas las drogas estimulantes pueden inducir, en sobredosis o en personas predispuestas, episodios de agresividad o violencia. Conviene destacar que la droga más asociada a este tipo de problemas es el alcohol. Pero, ¿quién quiere poner freno a ese negocio?

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