No olvidar a Muhammad

No es una superproducción. No está en juego el Oscar a la mejor interpretación ni el reconocimiento del público a los efectos especiales. Es la realidad; la más sangrienta y cruel que un ser humano pudiese imaginar.

Era el segundo día de la segunda Intifada. Jamal al-Durrah y su hijo de doce años, Muhammad, salieron a comprar. De repente se vieron atrapados en medio de un fuego cruzado entre soldados israelíes y fuerzas de seguridad palestinas. Padre e hijo se refugiaron detrás de un bloque de hormigón. Jamal levantaba un brazo, suplicando un alto el fuego, mientras con el otro intentaba proteger a su hijo. Muhammad lloraba aterrorizado abrazado a su padre. Tras una ráfaga de disparos, el cuerpo sin vida del niño yacía sobre las piernas extenuadas de su padre.

Eso sucedió en Gaza, en septiembre del año 2000. Un reportero de France 2 grabó esas imágenes que conmovieron a todo el mundo. Sé que luego se generó toda una teoría de la conspiración, alimentada por ambos bandos, que convertían esas imágenes en símbolo de una lucha –para unos- y en símbolo de una manipulación –para otros-, pero no es el cruce de acusaciones lo que me interesa.

Siempre que se genera un conflicto armado, siempre que se habla de víctimas, me asalta una reflexión que me hace dudar. Mi organismo no tolera la violencia, no soporto ver las imágenes de la barbarie humana y sus consecuencias. Pero aún me irrita más tener que soportar a aquellos que me acusan de mirar hacia otro lado, de lo cómodo que es ignorar que hay víctimas para continuar con mi ‘cómoda’ vida, de contribuir a una estúpida catalogación de muertos de primera y de segunda.

Supongo que desde aquellas imágenes de Omaira Sánchez, aquella niña atrapada entre los restos de la tragedia del volcán Nevado del Ruiz, en Colombia, en 1985, mi mente se bloqueó ante la exhibición del sufrimiento humano. Aquella agonía, retransmitida durante tres días a todo un país, quedó enquistada en mi memoria y me situó en un lugar siempre conflictivo ante el sufrimiento, ante el dolor. Y cuando las imágenes tienen que ver con la crueldad humana, mi sensación aumenta.

Las imágenes de los cuatro niños palestinos asesinados por Israel cuando estaban jugando al fútbol en una playa de la Franja de Gaza me volvieron a provocar ese efecto. Contemplar a los niños huyendo, asistir al impacto del misil, ver sus cuerpos descuartizados en todos los informativos, portales de internet y redes sociales se tornó insoportable. Sé que muchas personas estaban de acuerdo con esa emisión de imágenes porque, según ellos, dotaban de visibilidad al conflicto y ponían rostro a unas víctimas que, de otra manera, pasarían desapercibidas para una comunidad internacional que lleva décadas sedada. Eso me provoca rechazo. Para algunos, las imágenes de los niños descuartizados tirados en la playa eran tremendas pero necesarias para concienciar sobre la barbarie que el gobierno israelí lleva años ejerciendo en Gaza. Para mí, una sociedad que necesita ese tipo de imágenes para concienciarse es una sociedad enferma.

¿De verdad tengo que aceptar que es necesario asistir a la indignidad humana para despertar conciencias dormidas? No lo creo. Y puede que esté equivocado. No lo sé. Ese es mi conflicto personal. No estoy cuestionando el trabajo de los reporteros de guerra, ni siquiera la grabación de las imágenes más crudas que, en muchos casos, han servido para juzgar y condenar por crímenes de guerra a los asesinos. Las imágenes dan un plus de veracidad a las palabras. Pero también creo que nuestra sociedad no es la de hace cuarenta años. Hemos tenido un acceso al horror, una relación con el crimen y la muerte, como parte del espectáculo violento, que ha terminado por anestesiar a la población que ya ve los crímenes de una guerra ilícita e inaceptable como quien ve una película de acción: su compromiso dura lo que dura el metraje.

La muerte de Muhammad, a la que también asistimos en nombre de la visibilidad del conflicto y la concienciación de la comunidad internacional, ya se había difuminado en la memoria. Muy pocos se acordaban de Muhammad cuando justificaban la exhibición de esas imágenes. Catorce años han pasado desde entonces y nada ha cambiado en la Franja de Gaza. Posiblemente el infierno aún sea peor ahora que entonces. Creer que a nadie le importaría lo que sucede allí si no existiesen esas imágenes es reconocer que somos una sociedad despreciable. Me basta con leer la noticia para sufrir, para implicarme, no necesito los cuerpos descuartizados para comprender. Y no acepto que rechazar la sobreexposición de esas imágenes signifique que asumo la existencia de unos muertos de primera y de segunda. Las víctimas del avión que fue derribado en Ucrania no son menos víctimas por no ver sus cuerpos despedazados. Aunque comprendo que hay situaciones que dotan a la muerte de una crueldad e injusticia atroces, para mí es igual de infame que unos niños mueran asesinados en una playa de Gaza o que unos inmigrantes fallezcan en una patera intentando acceder a una vida mejor. No puedo jerarquizar la muerte porque eso me convertiría en alguien ruin y no lo soy.

El conflicto no necesita más vídeos de seres humanos descuartizados. Necesita una comunidad internacional valiente, responsable, justa y decente. Las imágenes que me ofenden son observadas por los dirigentes internacionales con una condescendencia humillante. Resulta tremendo ver lo implacables que son lanzando mensajes de austeridad y control de déficit y lo distraídos que parecen cuando se trata de la vulneración de los derechos humanos y los acuerdos internacionales. Un cambio en la prioridades: eso es lo que tenemos que reivindicar.

Más de 1400 personas han muerto ya en Gaza. En ocasiones pienso que si necesita ver los cuerpos de todos ellos en un video, entonces usted no es la persona adecuada para poner fin a esta barbarie.

 

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  1. skimo

    totalmente de acuerdo, yo tampoco lo necesito para empatizar.
    y me gustaría no tener que verlas obligatoriamente en twitter, poder elegir. mucha gente avisa de que la foto o el video es duro, pero otros no lo hacen, supongo que para dar la visibilidad de la que vd habla. para mí es insoportable.

  2. Juan

    Esta entrada me ha recordado la tesis de Nietsche, si mal no recuerdo, que una sociedad decadente necesita cada vez mayores, más intensos, impulsos a los que reaccionar, no es capaz de sentir nada.

    Cuado wikileaks era el pan de cada día, se mostró cómo un misil caía justo delante de un señor que pasaba por ahí. No se veía nada más que polvo pero la frialdad que se mostraba en ese video me marcó. Puede que a la gente en el fondo nos atraiga el morbo.

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