El lugar del otro

En un Madrid engalanado para los actos de la coronación de Felipe VI, recibí la llamada de un amigo. Entre bromas, acosados por una programación televisiva que no ofrecía escapatoria, asombrados ante el poco eco que –a nuestro entender- había tenido la derrota de la ‘armada invencible’ en el Mundial de Brasil, mi amigo acabó confesando sentir una cierta tristeza imaginándose a la infanta Cristina sola en Suiza, viendo los actos de coronación de su hermano a través de la tele.

Yo, que he desarrollado una capacidad inmensa para la empatía, intenté ponerme en el lugar del otro. Escuché a mi amigo describir las imágenes que asaltaban su mente. Él se imaginaba a la infanta Cristina sentada delante de la tele, viendo con tremenda nostalgia como el resto de su familia estaba celebrando un acontecimiento relevante para ellos. Y ella no estaba. Con esa contundencia sobria, rigurosa en las palabras que emplea la Casa Real, ya se le había informado. “Lo siento Alteza, no cuento con usted”. Esas palabras fueron las que excluyeron definitivamente a la hermana del nuevo Rey de todos los actos institucionales de la coronación. Y mi amigo sentía como el peso de esa frase debió caer sobre el ánimo de Cristina. Y la presintió repudiada, apartada, como la protagonista de un culebrón venezolano en los que el verdadero amor siempre se paga caro.

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Hice un ejercicio para reflexionar sobre el peso de esas palabras en la autoestima de una persona. “Lo siento Alteza, no cuento con usted”. Cuentan que ella no lo encajó mal, que entendió esa decisión. No así su esposo, Iñaki Urdangarin, que no comprendía como la Casa Real le daba también la espalda a la hermana del Rey cuando él ya estaba pagando con el ostracismo su implicación en el caso Noos. Pero es que lo de Urdangarin es harina de otro costal.

Busqué en mi memoria una frase similar a esa que pronunció el entonces jefe de la Casa Real, Rafael Spottorno; una frase concisa que, sin perder la elegancia y la compostura, apuñalase las vísceras del amor propio. Vamos, que me esforcé por generar empatía. Y pensé en lo mucho que me afecta cada vez que entro en mi perfil de la red social Tinder y veo mi foto, como epicentro de un radio de búsqueda kilometral, presidir la oración “no hay nadie nuevo cerca de ti”. Y aún así, pensé que lo mío era, como en la canción de Hidrogenesse, más triste que lo de ella.

No soy como el presentador Carlos Sobera que, en una entrevista en televisión, dijo que le caía bien Urdangarin. “Le hemos convertido en el ‘puching ball’ nacional cuando él solo ha hecho lo que muchos hacen”, apuntó. Sobera había logrado llegar a ver arrepentimiento en el marido de la Infanta, ver al hombre que hay detrás. A mí eso no me pasa. Y miren que me jode, con lo que siempre he presumido de mi capacidad de empatizar con el más débil pero es que a esa familia no la puedo meter en esa categoría.

Comprendo que el verdadero mérito de la empatía está en saber penetrar en la piel del otro, incluso cuando su comportamiento nos resulta censurable. Empatizar no es sinónimo de tener simpatía por alguien. Simplemente es comprender al otro, fijarse en su lenguaje no verbal, para así recoger más y mejor información, identificar las necesidades del otro y comprender puntos de vista diferentes al mío.

Aún así, no lo he logrado. Me cuesta empatizar con las personas ambiciosas. No hablo de la ambición como motivación, incentivo o afán de superación. Hablo de ese lado oscuro que, como si estuviésemos representando Macbeth, nos empuja a querer más, a codiciar sin importar los medios para satisfacer ese deseo. No es nada nuevo. Es Macbeth. Diferentes actores y actrices, pero la misma obra.

Además, para empatizar necesito conocer, saber. Como miembro de la Casa Real en el exilio institucional, apenas sabemos nada de la vida de la infanta Cristina. Sus inquietudes, sus gustos, sus anhelos, sus filias y fobias son secretas; si acaso han servido para algún párrafo amable en alguna columna escrita por un cronista de la Corte. No concede entrevistas, ha crecido y vivido sumergida en esa cápsula aislante que es una Casa Real, institución que en España se acorazó ante la información y la trasparencia para fortalecerla de cara a la transición democrática. Ahora tenemos información externa bastante concluyente. Y la información interna sigue llegando a cuentagotas. La Casa Real prefiere apartar a la Infanta de la institución antes que filtrar cualquier tipo de información que pudiese humanizarla. Se intentó cuando salió a la luz que ella había hecho todo eso ‘por amor’. Y aunque creo que todos hemos hecho absolutas locuras por amor, sigo pensando que crear toda una trama de sociedades para realizar facturaciones triangulares y eludir el pago de impuestos no es amor. Es…otra cosa.

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