Saber perder

España, como todos los países, es una consecuencia histórica. Como si se tratase de un ADN patrio, vamos acumulando durante siglos una serie de características que terminan por conformar nuestra identidad y que vamos heredando, de generación en generación, sin apenas darnos cuenta. Eso que los libros de texto de antaño definían como ‘España y sus vicisitudes’.

Basta tener perspectiva histórica para darse cuenta de que no hemos sido un país históricamente afortunado. Tal vez ninguno lo sea pero en el caso español pareciera como si se hubiese forjado la historia sobre una concatenación de oportunidades perdidas, como si llevásemos una eternidad bailando el María de Ricky Martin, con un pasito pá’lante y un pasito pá’tras, lo que hace que prácticamente sigamos en el mismo lugar.

Sin pretensiones y sin ninguna vocación de salvapatrias –je déteste-, simplemente plasmando en este artículo las sensaciones que me transmite la observación de un entorno, me atrevería a decir que nuestra manera de afrontar la derrota sigue siendo la misma desde la Armada Invencible hasta hoy. Lo percibí en el mismo instante en el que el árbitro pitó el final del encuentro España-Chile y la selección quedaba eliminada del Mundial. Mi calle, como muchas otras, permaneció en un inquietante silencio durante algunos minutos. Al cabo de un tiempo, los cánticos de ‘yo soy español, español, español’ volvieron a las aceras, como un mantra para la autoestima. A su vez, el hashtag #putosudacas se convertía en trending topic nacional.

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No sabemos perder. Y el argumento está en que tampoco sabemos ganar. La historia no ha sido muy generosa con España y las victorias y, de alguna manera, hemos ido heredando una frustración identitaria que nadie se ha atrevido a curar. Porque aquí, intentar solucionar los problemas que vienen de lejos se entiende como ‘abrir heridas’ y preferimos cerrar en falso, como si los sentimientos desapareciesen con los años. Y cuando llega un éxito, la falta de costumbre hace que lo vivamos con una intensidad, una desproporción, que tiene más que ver con el consumo de una droga que con la naturalidad con la que un país acostumbrado al triunfo gestiona su honor. Y toda droga tiene su bajón y, lo que es peor, su síndrome de abstinencia.

Pasamos de la veneración a la abominación, de la admiración al enjuiciamiento, sin rubor. Las mismas bocas que ayer besaban y gritaban su patriotismo, de repente son capaces de arrancar la piel a mordiscos. Quizá han pasado tantos años que deberíamos empezar a asumir que somos así: algo mezquinos. Yo mismo he descubierto un tanto por ciento de mezquindad en mis reflexiones cuando sentí que España no era un país naturalmente ganador; somos un país que, en el mejor de los casos, sabe aprovechar las flaquezas y derrotas de los demás. No ganamos; aprovechamos que los demás pierden. Mezquino, ¿verdad?

La Roja ahora es La Coja. Los padres se han sentado con sus hijos e hijas, menores que creyeron que la estrella bordada en la camiseta de la selección formaba parte de una costumbre nacional, y les han explicado, con la solemnidad con la que se afronta el tema de los Reyes Magos, que aquello que ellos vivieron como una tradición en realidad fue una excepción.

Ese es el problema del ADN español: hemos infravalorado la derrota y sobrevalorado el éxito. Percibo que se ha levantado una nación sobre conductas más propias de nuevo rico que de un país con proyectos, con valores. La sociedad se ha educado en una competición donde solo hay un objetivo: ganar. Y ese es el error. Si no se educa al niño en valores como el compañerismo, la solidaridad, el esfuerzo personal, la confianza, el respeto, y solo se induce a la competición, al enfrentamiento con los demás, a superar a los demás, a ser mejor que los demás,…ese niño será un adulto al que yo temería.

Solo importa el resultado, el balance de cuentas, no el rendimiento, nuestra actitud, que es donde residen los valores que son los que van a perfilar nuestra personalidad como ciudadanos de un determinado lugar. No sabemos gestionar la derrota. A nadie le gusta enfrentarse al fracaso y lo que hacemos es regodearnos en la culpabilidad para, acto seguido, quitarle importancia a todo con sentido del humor, un arma de doble filo que si bien nos ayuda a sobrevivir también acaba por sedarnos. Del mismo modo administramos la victoria: con total carencia de humildad y elegancia. Pasamos del lamento a acuñar la frase “soy español, ¿a qué quieres que te gane?” sin pestañear. Y se nos olvida que para saber perder hay que saber ganar. Y nosotros ganar, lo que se dice ganar…más bien poco.

NOTA DEL AUTOR: Si quieren leer este artículo con música de fondo, les recomiendo el Loser de Beck. Encaja.

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  1. En tiempos de pujanza económica, no dudo que nos lo tuviéramos un poco creidillo, pero hoy en día pienso que la troika nos ha puesto en nuestro lugar.
    Y sino basta con preguntarle a cualquiera de nuestros jóvenes emigrantes.
    No es raro encontrarse con alemanes en el metro de berlín diciéndote que sería mejor que volvieras a tu país en vez de robarles el trabajo.
    Yo personalmente, y ya en España, he vivido un año con un erasmus alemán que se extrañaba de que, siendo español, me levantara todos los días a las 7 para ir a la universidad.
    Hablo de Alemania, porque es lo que me ha tocado vivir, pero sé que en Inglaterra (quizás excluyendo Londres) y en otros tantos países ocurre igual.
    Tampoco se me olvida que no hace mucho eramos nosotros los que hablábamos así de los que venían.
    Lo que quiero decir es que quizá sigan existiendo vestigios de esa España endiosada de los últimos años (y en el calor de la humillación aún más) pero prefiero ver a un país al que las circunstancias han hecho humilde de nuevo, al que últimamente han y se ha infravalorado.
    Quizás sí hemos vivido centrados en resultados. Quizás hemos sido egoístas. Pero sinceramente espero y quiero creer, que estamos aprendiendo la lección. Y también esta nueva España está en las calles.

  2. Jose C.

    Añadiría al debate lo de intentar hacer las cosas bien. Cuando uno tiene ante si un reto de máxima dificultad ha de dar lo máximo para intentar superarlo. No es el caso de la mentalidad de este país ante las dificultades. Muchas veces nos vale con superar la prueba y “seguir tirando”
    Pocas críticas escuché antes del Mundial sobre la posibilidad de afrontarlo con un equipo que realmente compitiese. Nadie quería ser un aguafiestas y todo el mundo se subió al carro de los papanatas . Ya sabemos que cuando nos ponemos estupendos, no hay país que nos supere en papanatismo.
    Y aquí estamos. No con dos partidos perdidos, sino con dos partidos no competidos, que es lo peor del caso.
    El fútbol nos ha enseñado que no todo vale y que hay que intentar hacer las cosas bien, por lo menos para tener la conciencia tranquila

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