Nunca fui juancarlista

Supongo que la actualidad manda. En tantos años de profesión debería saberlo. Manda de tal manera que no importa el interés que tengas en hablar de los cada vez más datos sobre la corrupción del PP que llegan a la mesa del juez Ruz ni la relevancia que le des al hecho de que haya repuntado la varicela en España por culpa de los recortes. Ahora hay que mojarse, te apetezca o no, te preocupe el tema o no: eres monárquico o eres republicano. Decide. Y es tal la presión de unos y otros que estoy por declararme anarquista y que me dejen en paz.

Del mismo modo que me confunde –y aún me cuesta comprenderlo- que haya personas que lo mismo votan a un partido de izquierdas que de derechas, me supera la eterna exposición de argumentos con los que monárquicos y republicanos pretenden convencer a los indecisos. Que si estabilidad, que si representación internacional, que si mediador en otros países con monarquía, mientras que los otros hablan de la falta de control, de la inmunidad y del coste. Soy tan ingenuo que creo que uno es monárquico o republicano por principios, más allá de las ventajas o inconvenientes de uno u otro sistema, del mismo modo que intuyo al ser humano con una ideología, un punto de vista propio sobre la realidad, y se escapa a mi entendimiento esa facilidad para cambiar de perspectiva cada cuatro años.

Con esto quiero decir que mi ideología, recapitulación de mis años vividos, de lo aprendido y padecido, de mi forma de ver la realidad y la sociedad en la que habito, está más próxima a un sistema político en el que elijo a mi representante que a uno sustentado en razonamientos propios de un cuento de los hermanos Grimm. Pero eso tampoco me hace ver nuestra monarquía parlamentaria como la causante de todos nuestros males. Es algo prescindible, sí; pero mantenerlo tampoco altera sustancialmente el funcionamiento del país. De hecho, ahora mismo, me preocupa más la calidad de nuestra clase política que la sucesión al trono de Felipe VI.

juan_carlos_sNunca fui juancarlista. Nunca albergué esa especie de ‘afinidad monárquica’ que acaban desarrollando todos los periodistas que han trabajado en Mallorca al tener que convivir durante tantos veranos con la Familia Real y sus invitados. No me ata un vínculo tan estrecho como para afirmar, con esa ligereza con la que parece hacerlo todo el mundo, que el monarca es campechano, cualidad que me importa más bien poco. De hecho, creo que con la edad se le avinagró el carácter. Y cada vez que un comentarista o tertuliano dice que el príncipe Felipe está muy preparado y capacitado para asumir esa responsabilidad, muere un koala.

Empieza a aburrirme esa asociación de ideas que siempre vincula monarquía y democracia. No voy a criticar que se pueda vivir toda la vida de un one hit wonder -soy fan de Deee-Lite– pero repetir hasta la saciedad que somos libres gracias al rey Juan Carlos me cansa más que un programa de bromas con cámara oculta. No siento la monarquía como un logro del pueblo español, ni creo que, como afirman muchos, sea la única institución que dota de estabilidad a un país ya que su máximo representante carece de ideología. El Rey, aunque algunos quieran verlo como una entidad casi divina, es humano y tiene ideología. Otra cosa es que no deba manifestarla, pero la tiene. De hecho, siempre he escuchado que se ha llevado mucho mejor con los presidentes de izquierdas que con los de derechas, aunque eso signifique tanto como lo de ser campechano.

Pero lo mismo me sucede con alguno de los argumentos que escucho últimamente a favor de la república. Desde la ignorancia de aquellos que creen que es una postura progresista –si supieran la cantidad de personas de derechas que desean el cambio de sistema político…- hasta las tablas de Excel con las que se pretende demostrar que nuestra Casa Real sale más cara que una presidencia de la república, cuando seguramente no es así. En especial si esa presidencia no asume también funciones ejecutivas, como sucede en Francia. Una presidencia de la república meramente institucional me parece un adorno y, para eso, me quedo con el adorno original.

Pero si hay algo que en estos tiempos me llega a crispar es ese grito que habla de elección democrática, del pueblo soberano y del derecho a decidir. En estos tiempos en los que exigimos responsabilidad y autocrítica a los dirigentes, vamos a hacer lo propio desde la de ciudadanía. Reclamar el derecho a decidir con unos niveles de abstención electoral que superan el 50 por ciento me pone de muy mala leche. El voto no ha empezado a ser un derecho el pasado lunes, con la abdicación del Rey. Ya lo era desde el primer día en el que se instauró la democracia en España. Y no dejo de encontrarme gente que no ha ido a votar y lo confiesa sin pudor. En una sociedad que aún no se ha dado cuenta de la importancia del voto, de que las cosas se pueden cambiar desde las urnas (Podemos), reclamar el derecho a decidir me parece una actitud caprichosa y poco responsable. De hecho me atrevería a decir que llevamos muchos años pudiendo decidir si queremos monarquía o república. Hay partidos, en el arco ideológico español, que llevan el cambio de sistema político en sus señas de identidad y en sus programas. Comprendo la oportunidad que nos brinda la actualidad pero quizá si supiésemos gestionar un poco mejor nuestro derecho al voto, habría muchas cosas que ya tendríamos superadas desde hace tiempo.

Ocho párrafos. No está mal para no querer hablar del tema…

 

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Un Comentario

  1. andy

    Sr. Vera no se sienta obligado a escribir un artículo porque la «actualidad manda», hágalo porque quiere hacerlo. Saludos.

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