El optimismo descompensado

No hay nada como abrir un periódico, enfrentarse a un boletín informativo o encender la televisión en hora punta para tomarse el pulso a uno mismo y saber si se tiene descompensado el optimismo. Llevo media vida haciendo equilibrios entre un optimismo que me impongo y un pesimismo que me brota de manera natural. He aprendido que una actitud vital desmoralizante es una contradicción, un lastre; que la ilusión es combustible y creo que me enfrento a la cotidianidad, que es una manera de tratar a la vida con confianza, con cierta simpatía. Sin embargo, asumo que la realidad es una estrategia incontrolable que, como las aguas impredecibles de un río, puede que te arrastre hasta la extenuación. Ya en la adolescencia, periodo vital y optimista donde los haya, prefería las películas que acababan mal porque me parecían más reales. Por suerte, con la madurez, he llegado a entender que el final feliz es un bálsamo necesario.

1232357751_1Como sucede con el azúcar, uno debe mantener los niveles de optimismo en sangre dentro de unos parámetros normales. Supongo que cuando la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría declaró, el martes pasado, que la recuperación económica era un hecho porque ahora se veía más alegría en las calles, estaba sufriendo una subida de optimismo. Si en su partido existiese un mínimo de sentido común –que es todo lo contrario al sentido electoral- la tendrían que haber hospitalizado de inmediato. Cualquier enfermo del ánimo sabe que cuando se te dispara el optimismo hay que restablecer, lo antes posible, los niveles de sensatez en sangre. De lo contrario, el paciente podría sufrir una retinopatía que finalizase en una pérdida progresiva de la visión. ¿Queremos una vicepresidenta que no vea la realidad? ¿Una vicepresidenta que solo vea a un palmo de su nariz y confunda su entorno privilegiado con la realidad? Yo no. Pero viendo los resultados de las encuestas, la inmensa mayoría de ciudadanos de este país, sí. Unos porque, como la vicepresidenta, tienen el optimismo descompensado, y otros, los abstencionistas, esos que no van a votar porque “todos son iguales”, supongo que porque ya padecen la sequedad y la fatiga propia de un pesimismo desequilibrado.

Hay estudios clínicos que demuestran que las personas con un alto nivel de expectativas tienen una enorme capacidad para motivarse a sí mismas. Podría ser pura inteligencia emocional. Supongo que para la vicepresidenta, la motivación no es una dinámica desconocida. Volver a ganar unas elecciones, seguir manteniendo la sartén por el mango, no es poca motivación. Y en esa sobreestimulación, ella se vino arriba e ignoró la precariedad laboral, los recortes (el gasto oncológico de las familias más pobres se multiplicó por tres con la reforma sanitaria), la falta de presupuesto para servicios sociales (esos que trabajan más cerca de los infelices para intentar mejorar su calidad de vida), los desahucios (que los medios no hablen de ellos no significa que hayan dejado de producirse) y las promesas incumplidas.

Con esa alarmante descompensación del optimismo, Soraya provocó que se le disparase también eso que yo llamo ‘el síndrome de Cuba’ y que consiste en ver felicidad donde no la hay. Recuerdo que antes de viajar a Cuba todo el mundo me contaba que, pese a las carencias y la falta de libertad que sufría la población, la gente era feliz. Y les prometo que toda la leyenda romántica se truncó al llegar allí. Me encontré con miradas tristes, gestos cansados, resignación, en un entorno de sol y guaguancó que más bien era un mecanismo de supervivencia que una declaración de felicidad. Esa misma ceguera nubló la razón de la vicepresidenta.

Ella ve alegría y no analiza que nuestro ánimo se ve afectado por la variable del fútbol, esa droga legal que ayer convirtió a Madrid en una gran rave con barra libre, o del buen tiempo, que nos empuja a las calles, a las terrazas, aunque sigamos sintiéndonos igual que hace tres meses.

Por favor, ayuden a Soraya Sáenz de Santamaría antes de que sea demasiado tarde. Primero, porque puede acabar desatando un brote de optimismo ingenuo que, y transcribo literalmente de un manual de psicología, le empuje a “desconocer total o parcialmente la realidad, causar los problemas que no ve, querer solucionar los que no existen, comunicar lo que no interesa, ocultar lo que salta a la vista, repetir lo que reiteradamente incumple y extrañarse de que los demás no compartan sus ‘evidencias’”. Y segundo, porque es altamente contagioso. González Pons ha dicho que España es “la Alemania del sur”. En serio, ¿han visto 28 días después? Pues eso.

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  1. Fátima

    Esto… la foto……

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