La culpa es de Twitter

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Como la enigmática caja negra que Frank Cotton adquiere al comienzo de Hellraiser, me enfrento a las declaraciones de algunos políticos con la sensación de que, solo por leerlas, voy a entrar en una espiral de dolor, temor y garfios que acabará por mutilar toda esperanza de cambio.

La historia nos ha enseñado que cuando un político emplea el verbo ‘controlar’, debemos echarnos a temblar. Si además ese político está en activo y tiene responsabilidad en un Gobierno, nos vemos en la obligación de desconfiar, echar un paso hacia atrás y observarle con cierto recelo. Especialmente si habla de ‘controlar’ la libertad de expresión, en alguna de sus formas y manifestaciones. También es cierto que si ese político es el señor José Ramón Bauzá, presidente del Govern Balear, o Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, uno podría restarle importancia a la declaración recordando simplemente la categoría de su oratoria durante sus mandatos. Pero no. No debemos subestimarlos porque en ese momento empezamos a perder lo único que nos queda: la dignidad.

Ver a los líderes del PP salir, como un desfile de las fuerzas armadas, para culpabilizar a las redes sociales del asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, a manos de otra afiliada del Partido Popular, es lo más parecido a la irrupción de los cenobitas en la mente torturada de un sadomasoquista. Es tal el despropósito que uno no sabe si escandalizarse, descojonarse, romper a llorar o pedir auxilio.

Menos mal que a medida que se van conociendo más datos del vínculo que unía a Isabel Carrasco con su asesina y la cómplice, la teoría de ‘es que nos tenéis manía porque somos del PP’ se desmonta como un castillo de naipes. Pero escuchar a todo un ministro del Interior de un país (supuestamente) desarrollado y (supuestamente) democrático, al señor Jorge Fernández Díaz, decir que “hay que limpiar las redes de indeseables” es terrorífico.

Un asesinato siempre es una acción despreciable que muestra la parte más mezquina, resentida e indigna del ser humano. Nadie puede afirmar lo contrario; ni siquiera aquellos fanfarrones a los que se les calienta la boca y se les incendian los dedos expresando sus opiniones en las redes sociales sin un mínimo de respeto y reflexión. Pero también es cierto que la muerte de una persona no convierte en buena a esa persona. La sabiduría popular, esa que en España catalogamos en el cajón de los refranes, afirma cosas que curiosamente hacen dimitir a concejalas socialistas. No porque no sea verdad sino por lo inoportuno del comentario.

Que Isabel Carrasco era una cacique lo sabía todo el mundo, incluido el propio PP. Relacionada con varios casos de corrupción, manejaba la Diputación como su feudo particular. Utilizaba la publicidad institucional a su antojo, quitándosela a aquellos medios de comunicación que se atrevían a cuestionar su gestión, y era de esa clase de políticos que acumulaba en su persona trece cargos, con sus trece sueldos y dietas, en la era en la que, usted y yo, habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Pero eso no justifica nada. Nadie tiene derecho a arrebatarle la vida a otra persona, por muy mala que sea. Pero es igual de indigno culpabilizar a los escraches, al clima de hartazgo social, a los comentarios en Twitter, del asesinato de una persona. Es perverso y es mentira. Este crimen, que me recuerda más a un ajuste de cuentas entre dos delincuentes de poca monta que a un acto de violencia digno de tres días de luto y el suspenso temporal de la campaña electoral, está más relacionado con la España negra que con los comentarios, inoportunos o no, desproporcionados o no, que un individuo cuelgue en una red social. Seamos serios, por favor.

El ministro Fernández Díaz dijo que había que limpiar las redes de indeseables. En mi búsqueda de respuestas me pregunto si esa ‘limpieza’ incluye también a los perfiles homófobos que todas las semanas acosan e insultan a gays, lesbianas y transexuales de este país o solo se refiere el ministro a aquellos que critiquen a su partido. Lo digo porque yo mismo, el pasado sábado, recibí este tuit: “Puto maricón hijo de la gran puta mereces la muerte”. A día de hoy, ni el ministro, ni la policía, ni el departamento de delitos telemáticos de la Guardia Civil ha reaccionado.

Bauzá lamentó el ambiente de agresividad que se ha creado contra los que se dedican a la política. Y ni un gramo de autocrítica. Si usted tiene una mala imagen de los políticos, hágaselo mirar. La culpa es suya. No tiene nada que ver el despilfarro de dinero público, ni la reforma laboral que ha aumentado el número de parados y creado precariedad laboral, ni los desahucios, ni los recortes en Sanidad, Educación y Servicios Sociales,…; no, tiene que ver con nosotros, turba ingrata y asalvajada que hay que atar bien corta no sea que les dé por escribir un tuit. La culpa es nuestra, que no sabemos perder. Tengo la impresión de que antes veré a un hombre gestar un bebé en su vientre que a un político asumiendo su responsabilidad.

  1. Teresa

    Gracias, Paco Tomás, por tu inteligencia, sentido del humor y por tu analisis filósifico; te queremos.

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