Para ver, cierra los ojos

El miércoles pasado, mientras me documentaba para ultimar los detalles de una entrevista, me encontré con unas declaraciones del escritor Manuel Vilas de las que me llamó la atención esta frase: “Hemos llamado civilización a la cauterización del erotismo”. Extraída de una entrevista del año pasado en la que el escritor promocionaba su última novela, El luminoso regalo, en la que se adentraba en el universo del sexo, la cita me indujo a pensar en todo lo que ‘cauterizamos’ para poder vivir en comunidad.

Resulta evidente que el sexo forma parte esencial de nuestra vida desde el momento en el que el instinto se convierte en herramienta de poder. Sin embargo, sigue siendo un pudoroso tabú. El sexo es algo íntimo, que forma parte de nuestra vida privada, y cuya única manifestación siempre estará relacionada con una broma, un chiste o, directamente, una fantasmada. Este país, tan proclive a los bandos enfrentados y la polarización de la sociedad, también cree que hay una diferencia ideológica en la verbalización del sexo. Que la derecha se pone nerviosa cuando se habla de cuerpos desnudos y contacto sexual porque la influencia de la iglesia en la percepción de su realidad altera cualquier tentativa de placer. Pero también se presupone que la izquierda es más liberal, más abierta a la experimentación sexual, más desinhibida. Y, en el fondo, en ambos frentes, se ‘domestica’ el deseo sexual para mejorar nuestra imagen de cara a los demás.

Llamamos civilización a un ordenamiento de la sociedad y a la cicatrización (la mayor parte de las veces, en falso) de todas aquellas ideologías, instintos, deseos, culturas que puedan poner en peligro la norma. Del mismo modo que no hablamos de sexo sino que fanfarroneamos o bromeamos, porque eso está socialmente aceptado, hemos sometido todo aquello que da ‘mala imagen’, dejando al poder de turno la decisión de indicar qué ponemos en un lado, y qué al otro, de la balanza.

En estos tiempos hostiles en los que estamos más cerca de Mordor que de Oz, las cosas solo funcionan si son rentables. Todo lo demás, da igual. No importa si Cincuenta sombras de Grey es bueno, lo que importa es que ha vendido 31 millones de copias en todo el mundo. La maquinaria exige una productividad y una rentabilidad casi inmediata y en ese mecanismo de civilización parece que nos hemos asentado.

He empezado hablando de sexo pero siento que la imaginación, la misma que valoramos y aplaudimos en un niño, también se domestica para poder vivir en comunidad. Peter Pan está bien tal y como fue concebido, como una lectura, pero no como una opción de vida. La entrada en la madurez supone, para esta civilización, el abandono de la fantasía, de la ficción, de la utopía, para adentrarse en la responsabilidad, la disciplina y la sensatez. Incluso si haces una ostentación de tu capacidad de jugar, de fabular, si no cortas el cordón umbilical con todo aquello que la civilización entiende como ‘infantil’, inmediatamente pasas a ser un freaky. Hemos llegado a regularizar la creatividad por horarios y exigencias de mercado. En esas parcelas laborales en las que se contrata la inventiva de una persona, se exige que se imagine rápido, efectivo y barato. Como si la imaginación fuese una de esas pastillitas blancas para encender la barbacoa. Será el signo de los tiempos. Unos tiempos que entierran la imaginación y el hueco que queda lo ocupa lo absurdo, una producción de nuestros “sistemas científicos racionales”.

Así lo cree el director de animación checo Jan Svankmajer, a quien por cierto el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) dedica una muy recomendable exposición junto a los también imprescindibles Ladislas Starewitch y los hermanos Quay, cuando acuña la frase “para ver, cierra los ojos”.

Svankmajer asegura que “si no empezamos otra vez a contar cuentos e historias de fantasmas antes de irnos a dormir por la noche y a rememorar nuestros sueños después de levantarnos por la mañana, nada podemos esperar de nuestra civilización occidental”. Por eso creo que voy a seguir soñando un rato más.

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Un Comentario

  1. Juan

    Está claro que todo lo que se escapa de la “norma” o lo “normal” es rechazado inmediatamente. Desde que era un niño me he sentido un “bicho raro”, pero lo peor de todo es que cada vez, conforme voy haciéndome más viejo, voy perdiendo esa cualidad que me hace ser “diferente”. Quizá eso es lo que se pretende, que dejemos el individualismo para formar parte de “la sociedad”, que según parece es lo que mejor se manipula.
    Un saludo Paco, muchas gracias por tus artículos.

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