Lavarse las manos

Cuenta la historia, al menos la sagrada, que en el siglo II ya existía esa medida de gracia que le permitía al poderoso, en este caso un prefecto romano, indultar a un preso con el único criterio de su omnipotencia. Parece increíble que, muchos siglos después, ese anacrónico privilegio de los gobernantes no solo persista sino que se haya convertido en un deshonroso uso del perdón.

Esta semana, hace miles de años, Poncio Pilatos se convertía en el símbolo de la sumisión a los bajos intereses de la política condenando a Cristo y liberando a Barrabás. El acto de lavarse las manos pasó a la historia como la representación de la dejación absoluta de responsabilidad, del desentendimiento por la injusticia. Con apenas una diferencia de días, pero con la distancia de siglos, nuestro Gobierno, en especial el departamento dirigido por el señor Ruiz-Gallardón, ministro de Justicia (Divina) y un caballero de serios principios religiosos, indultó a un individuo, director de una sucursal del Banco de Santander, condenado por robar 30.000 euros de la cuenta de un cliente. Nunca dejará de sorprenderme la comodidad con la que la derecha coloca sus principios y valores en su organigrama cerebral, colocándolos según sus intereses y conveniencias, como si fuesen piezas de un Tetris.

Francisco Segundo, que fue director de una sucursal bancaria en una localidad de Valladolid, había sido condenado a dos años, cuatro meses y quince días de prisión por un delito continuado de falsedad de documento mercantil y apropiación indebida del dinero de un cliente. Ya sé que es un simple director de sucursal y no estamos hablando de Emilio Botín pero, tal y como están las cosas, ¿no debería el Gobierno, aunque solo fuese por imagen, dejando a un lado la decencia, pensarse muy mucho a quienes otorgan un indulto?

No dejo de pensar en la campaña que el gobierno de Rajoy inició, y que aún sigue coleando, cuando el Tribunal de Estrasburgo le pegó un tirón de orejas a la justicia española y tumbaba la doctrina Parot, que no era otra cosa que un pretexto judicial para hacer frente a una nueva dejación de responsabilidad por parte de la clase dirigente. De repente, la cárcel se iba a quedar sin presos porque todos los etarras, psicópatas y delincuentes iban a volver a las calles para poner en peligro nuestra seguridad. Luego ellos, haciendo uso de una medida de gracia heredada del absolutismo, liberan delincuentes a discreción.

El BOE publicaba, el pasado día 12 de abril, 21 indultos más. Se dice pronto. Obama, por ejemplo, desde su llegada a la presidencia de los Estados Unidos hasta el año pasado solo indultó a 22 personas. Hasta 2012, el número de presos indultados por los gobiernos del PSOE y el PP se acercaba a los 16.000. Seguramente hoy ya habremos superado esa cifra. Con la derogación de la doctrina Parot habrían quedado en libertad, tras cumplir las condenas máximas que imponía nuestro Código Penal, apenas dos centenares. Solo el gobierno de Rajoy, a finales de 2012, había indultado, en tan solo once meses de mandato, a 468 delincuentes, entre ellos los mossos d’esquadra condenados por torturas, los militares que falsearon la identidad de 30 de los fallecidos en el accidente del Yak 42, al ex alcalde de Abdalajís (Málaga) y sus ediles condenados por prevaricación urbanística y a los dos altos cargos de CiU condenados por el caso Treball, entre muchos otros. Y sin dar explicaciones. Nada les obliga a hacerlo. Aunque la ley inicial que regula el indulto data de 1870, fue la reforma de Felipe González, en 1988, la que eliminó toda obligación del Ejecutivo de tener que explicar su decisión.

El indulto debería estar reservado a una serie de delitos, sometido al control judicial –ya que nuestros políticos no han demostrado tener la madurez ética para gestionarlo-, sujeto a transparencia, y verdaderamente excepcional, de manera que solo pudiese concederse un número limitado al año.

Resulta escandaloso que los diferentes gobiernos sigan haciendo un uso caprichoso de una medida excepcional, que atenten de esa manera contra la división de poderes y la independencia de la Justicia, cada vez más en entredicho por culpa de su nefasta influencia.

Que Gallardón tiene el perfil psicológico de emperadores romanos de la talla de Calígula o Nerón es algo que ya a nadie se le escapa. Ni siquiera a los de su propio partido. Por eso no es de extrañar que el mismo tipo que, por sus creencias personales, lleva adelante una reforma del aborto que vuelve a humillar a la mujer y a enfrentar a un país por un derecho que ya estaba regulado y superado, se sienta conducido por la mano de Dios cuando puede decidir, como un pantocrátor, quién es libre y quién no. Al no tener que dar explicaciones a la opinión pública, ese indulto se convierte en una lavada de manos, o lo que es lo mismo, en un ejercicio de vileza y desinterés ante la injusticia.

 

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Un Comentario

  1. Juan

    Yo creo en el perdón, en el arrepentimiento, en la reinserción social (aunque esto es otro tema), y sí, creo en el indulto, pero mi credo flaquea si quien se atribuye el poder de otorgarlo se lava las manos en lodo para ocultar el pecado que “perdona”, todo ello por supuesto sin sentirse obligado de dar explicación alguna (ni siquiera moralmente, a pesar de alardear de moral en cada una de sus intervenciones).
    De todas formas, ¿no crees que no se trata tanto de a cuántos se indultan, si son muchos o pocos, sino más bien de a quienes se indulta? ¿Y por qué no es merecedor de indulto el pobre desgraciado que roba un pedazo de pan para darle de comer a sus hijos? ¿Es que si robas porque no tienes es malo y debes pagar por ello, pero si robas para tener más no es tan grave?
    Si esto es justicia, que venga “Dios” y lo vea.
    Un abrazo Paco.

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