Manga japonesa

No siempre he tenido la manga tan ancha. Supongo que según fui abandonando la adolescencia para entrar en el mundo adulto, ese ecosistema en el que lo más habitual es convivir con personas que habiten en tus antípodas, fui ampliando su holgura. Ahora creo que soy más de manga japonesa. O manga murciélago. En ocasiones, tengo la sensación de que la arrastro, de que en su interior podría guardar todo un equipo de rugby en plena melé. Pero, a su vez, me he dado cuenta de que en la amplitud de mi manga, en mi capacidad de disfrutar de tantas cosas tan diferentes, reside gran parte de mi esporádico bienestar.

Sé que no se trata de selección natural. Sería darle connotaciones biológicas a algo que no lo las tiene pero me llama la atención la manera en la que el ser humano ha logrado convertir algo, objetivamente bueno, como es la diversidad cultural, en un ghetto, en un aspecto diferenciador, en una nueva meta con la que fomentar esa absurda competitividad que acaba convirtiéndote en una ‘it girl’ o un ‘it boy’, esas chicas y chicos que tienen la cualidad de atraer, influir, predominar ante los demás. Aunque claro, ser ‘it girl’ con 46 años no tendría ningún sentido. Me temo que, una vez más, las cosas se ven de manera muy diferente con la edad.

Top-quality-font-b-japanese-b-font-Kimono-Women-long-font-b-sleeve-b-font-kimonoComo le sucedía a Groucho Marx con sus principios, podría enumerar aquí mis preferencias y, si no le gustan, mostrarle otras. Con 20 años me reafirmaba de tal manera en mis parámetros culturales que los terminaba convirtiendo en prejuicios contra todo lo demás. Siouxsie & the Banshees eran buenos y Rocío Jurado, no. Por fortuna para mí, esa estupidez la curé con la edad. Y me sorprende encontrar, especialmente en las redes sociales, personas que aún están convencidas, como si fuesen un ministro de Justicia del antiguo régimen, de que sus gustos y valoraciones son palabra sagrada y el resto, pobres, somos unos ignorantes, manipulables y carecemos del criterio que ellos, por supuesto, sí poseen.

Las redes sociales, en especial Facebook y un poco menos Twitter pero por ahí va, llevan un tiempo convertidos en reservas naturales para el ‘fundamentalismo guay’ que suelta sus opiniones con la soberbia de alguien que se cree en posesión de la verdad absoluta porque escucha mucho Radio 3, por ejemplo. Que lanza sus dogmas como si fuesen ladrillos con los que escalabrar el gusto de los demás. Y no me refiero a opiniones políticas. Puede ser razonable que cuando se hable de política se acabe cometiendo sus propios errores. Me refiero a algo mucho más cotidiano; a charlar sobre una película, una serie de televisión o un personaje mediático. Las redes están llenas de tipos y tipas que alzan su voz contra la prepotencia y el despotismo de Gallardón, Wert o Ana Botella y, acto seguido, emplean esa misma prepotencia y ese mismo despotismo para juzgar mis afinidades y gustos. Si supieran ustedes la cantidad de estupideces, desinformaciones, teorías de la conspiración, lugares comunes de la intransigencia humana, que soy capaz de leer sobre una persona como Alaska, por ejemplo, entenderían de lo que estoy escribiendo. Pero ya comentaré eso en otro artículo que en este estaba hablando de mi manga.

Mi manga japonesa me ayuda a llevarme mejor conmigo mismo. No es que gracias a ella sea feliz; eso sería de idiota; la felicidad son los demás y, partiendo de ese principio, entenderán que hay más posibilidades de que un trozo de basura espacial te rompa la cabeza que lograr vivir en la felicidad plena. Quiero decir que desde que aprendí a disfrutar de lo que no me gusta, a matizar, o directamente a ignorar aquello que no me interesa, estoy más tranquilo. Y repito, no hablo de política. Ahí confieso que pierdo los papeles porque, en ese caso, nos referimos a seres humanos que, aprovechándose de su estatus de poder, condicionan mi vida.

No me gusta Julio Iglesias, ni Bertín Osborne, ni Chayanne pero he llegado a disfrutar como un niño cantando a voz en grito el Quijote de Julio Iglesias, el “buenas noches señora, buenas noches señora, hasta la vista” de Bertín o marcándome una coreografía de escándalo con el Torero de Chayanne. Eso no me hace peor ni mejor, ni me roba criterio frente a aquellos que solo escuchan a Thus Owls, The Horrors o Triángulo de Amor Bizarro. De hecho, yo también soy capaz de disfrutar del A windful of screams de los canadienses, del Who can say de los Horrors y del Estrellas místicas de los Bizarro y no me creo mejor que ellos.

Cada vez me gusta más mi manga japonesa. Combina con todo. Con Nazario y con Ibáñez, con Shakira y con Lorde, con Dani Rovira y con Gerrad Bohl, con los que tienen cuenta de correo en gmail y los que aún conservan la de Hotmail, con los de Mac y los de PC, con los que ya se han leído el libro de Belén Esteban y los que buscan lo último que ha editado Errata Naturae. Es lo que tiene una buena manga.

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